LA VIOLENCIA ESTÁ EN NOSOTROS

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La violencia y la impotencia de la "juri-jurisprudencia" para enfrentar sus enigmas.

Tribuna libre

Por Oscar Portela

Entre las condenas del código de Hamurabi desde la arcaica Babilonia a las penalizaciones más sofisticadas – ejemplo inyección letal para pena de muerte en los Estados Unidos- existe solo un problema de "mise en escena" que separa el aparente acto de crueldad de la puesta en escena de muerte, minimizando lo que constituye la devolución de la reparación o condonación del acto de trasgresión social, (muerte, violación o robo) tras la apariencia de la ausencia del dolor físico y las torturas infligidas, de acuerdo a la perdida sufrida por el conjunto de la comunidad de acuerdo a la gravedad del daño cometido: sería imposible enumerar los actos de castigo y tortura ensayadas por la diversas culturas de acuerdo a la reparación exigida por el conjunto normativo de esta o aquella comunidad y la naturaleza de la penalización determinada por las mismas.

Es común hoy en la jerga del periodismo irreflexivo oír hablar de nuevas formas de pacto social, o mejor aún parodiando a Rosseau de nuevas formas de Contrato Social. En realidad las "comunidades" pueden aún prescindir de la conformación de un Estado y es el Estado el que necesita de pactos sociales o contratos sociales que se dan en el marco de una jurisprudencia determinada, para así evitar la disolución de todo acuerdo de partes.

¿Como se da el Estado a si mismo una memoria que regule las relaciones sociales cuando de constituir una maquinaria socio-deseante se trata? Ya no se trata de "una comunidad arcaica, segura en sus "creencias", con sus jerarquías simbólicas y no maquinicas, sino de un aparato que debe funcionar según las leyes de las operaciones entre el crédito y las acreencias para lo cual el Estado debe poner a funcionar una memoria colectiva.

El Estado como maquinaria opresiva crea el contrato social en base al crédito y la deuda como formas de someter al animal hombre gregarizandolo mediante el cumplimiento de cualquier interdicto que sea cometido por este, elevando la deuda y el castigo según los perjuicios cometidos contra la sociedad.

Todo Contrato Social nace pues de un acto de violencia de un aparato estatal que teóricamente consolida un Estado de Derecho.

En la practica veremos como la historia, considerada linealmente y según los preceptos éticos y morales de una comunidad dada según tiempo y ámbitos culturales, se desmorona cuando el hombre fijado como animal de razón por la filosofía griega, constantemente reconstruye la interna conexión entre profano y lo sagrado, con la finalidad de responder a su naturaleza más honda en la cual la crueldad cumple una función simbólica constitutiva y la misma relación Dioses y Hombres (sacrificios incluidos ) a tenor de una visión asincrónica de lo histórico pone al hombre de la hipersofisticada razón consumada en técnica a un paso de lo "subhumano" y no de lo inhumano, como querrían los defensores de un nuevo Contrato Social.

PENALIZACIÓN Y VIOLENCIA

El Estado de Derecho es una excepción nacido de la violencia impuesta al animal hombre: Jacques Derrida a escrito paginas definitivas sobre esto resucitando en "Fuerza de Ley" la tesis benjaminiana de que la Ley es impuesta a la sociedad siempre como acto de violencia.

Pero esta misma preceptiva filosófica fue la desarrollada por Nietszche en su "Genealogía de la Moral", considerado por Deleuze como el más importante ensayo sobre antropología social del siglo XX.

La moderna tesis de Giorgio Agambent de que la suspensión del estado de derecho como forma de mantener la misma esencia del derecho, es pues, si no inútil, estéril desde el punto de vista conceptual y formal porque ya toda "ley" constituye en si un acto de violencia. Solo así se explica que el más arcaico de los mitos- el de "justicia" como devolutiva del bien escamoteado- siga constituyendo la misma sustancia de todos los códigos penales del mundo.

Pues bien : si los largos procesos de tabuisación son los soportes que evitaron por largo tiempo las trasgresiones la ley, los castigos por transgredir o profanar la ley, sea esta de naturaleza divina o meramente humana por más terribles que hayan sido se han mostrado a lo largo de la historia – pena de muerte bajo torturas terribles , quema, empalamiento y hasta emparedamiento de un ser humano vivo- estériles para evitar los actos de violencia que llevan consigo el propio holocausto de la persona cuando de motivos políticos se trata: (el terrorismo moderno, los antiguos martirologios religiosos), motivos de fe, profanación o simplemente de transgresiones a veces sicopáticas del orden establecido.

TOTEMISMO Y VIOLENCIA

Cualquier objeto que cause a la vez o retrotraiga a una escena primitiva de violencia debe ser considerada, propia del totemismo: el tótem no es solo un "objeto" creado para trazar la complicada cuadricula de aquello que no debe ser trasgredido.

El tótem es esencialmente una fuerza primitiva encarnada a la que se debe adorar porque resulta propicio a los deseos compulsivos del hombre atado a la fuerza de ley.

En "El señor de las Moscas" el genio poético de Goldwin nos permite reconstruir sin graves estudios etnológicos un periplo en el que se nos muestra como el "hombre"-ese animal no fijado- (Nietszhe) , se halla hoy en púberes a poca distancia de la crueldad carnívora y violenta del hombre primitivo.

Arrojados por el hundimiento de un lujoso buque a una isla desierta y abandonados a las fuerzas degradantes de la naturaleza un grupo de estudiantes londinenses reconstruyen un orden social donde va a imponerse la fuerza y la irracionalidad , sobre la fragilidad física y especulativa de quienes niegan a volver a la magia de la adoración totémica (la cabeza de un jabalí cazado como en tiempos primordiales) : la muerte y segregación del más débil son las consecuencias de pocas semanas a la intemperie en las cuales los paradigmas culturales de los estudiantes ingleses quedan barridos por la fuerza de las cosas.

Se trata por supuesto de un alegato sobre el mal y la barbarie que dormitan en el hombre pero el o los totemismos, arcaicos o hipermodernos, un Dios del candomblé o una computadora son adorados del mismo modo fetichista y utilizados para transgredir todo orden social basado en la fuerza de ley.

Recordemos el imperio de las motocicletas en la década del 50 y hoy la vuelta a los tatuajes, (aros, ajorcas en narices y orejas etc., etc.) formas totémicas de retorno a la pulsiones y re-territorialiación de cuerpo y deseo (ambos manipulados por el mercado de un mundo que a pesar de todo constituye un mapa o un engrama donde la fuerza de ley se impone también -paradojalmente- fracasan, y en la cual los arcaísmos y la hipe racionalidad , conforman un tejido en el cual se recicla la necesidad tanto de la violencia sin razón – la trasgresión pura – o el automatismos de robots miméticos tan ingenuos como mortales.