FULGOR POLÍTICO

Sin citar nombres. No es necesario identificar. En el círculo político buscar cerebros supone una lamentable pérdida de tiempo. No porque no los haya, sí porque cualquier brote de inteligencia asociada a la honestidad supone un serio peligro para la lucrativa participación de los politicastros. Algo tan conocido por la mayoría ciudadana queda matemáticamente eclipsado, sencillamente porque en las mentes retorcidas queda implícita una ecuación que no necesita ser desarrollada. Donde dos por dos son seis y me llevo cuatro, las mentes rudimentarias asumen el resultado precisamente por estar habituadas al engaño y, ¿cómo no?, a las argucias que ellas mismas estarían dispuestas a practicar sin apoyo algebraico. ¿Entonces? El demonio tiene la culpa; pero el diablo no es un ser independiente de la persona, sino la parte dual del propio ser al servicio de los de siempre. Tal fundamento es inservible para quienes nos negamos a reconocer que los políticos del presente proceden de la misma manera como lo haríamos quienes, además, los favorecemos con nuestro voto.

Hay ocasiones en que surgen ideas peregrinas que nos obligan a profundizar en hechos que saltan a la vista. En nuestra sacrosanta Iglesia la jerarquía es tan escueta como eficaz: obispo, arzobispo, cardenal y papa; lo demás: diácono, presbítero y sus derivados tienen escaso o nulo poder eclesiástico. Es de esta manera como la devoción responde a los intereses de la Santa Sede. En política no cuenta semejante estructura. En primer lugar, porque la fe de las masas no está educada para servirse de la unidad, tal como sucede en las religiones con la divinidad. En el mundo del trabajo no existe el bloque comprometido con su propia defensa. El cometido sindical, lo estamos viendo, sigue mediatizado por los dictados estatales que, desde el socialismo al uso hasta el neoliberalismo dominante, responden a la voluntad de los poderes facticos. Queda, pues, como defensa a ultranza lo que, solo con mentarlo, podría causar problemas a su divulgador. La senda a transitar la conocemos de sobra: obediencia a la Constitución amañada en los tensos debates parlamentarios… No merece la pena dar continuación a un discurso tan conocido como obviado por la desidia, falta de empatía y egoísmo del pueblo; el nuestro, favorecedor de minorías y falto del ímpetu obrero para dar fin a una política que tan solo con nombrarla asquea. No solo el engaño político ofende a quienes nos atrevemos a pensar. Después de habernos maltratado la dignidad, queda la algarabía en la balconada del consistorio o en la sede del partido para festejar el triunfo de la mentira. Es decir, para mofarse hasta de los propios adictos a la formación ganadora. Tanta alegría, ¿por qué? ¿Por haberle hecho a España un gran servicio? ¿A España?

Después del triunfo, días de descanso para sintetizar en sueños los valores personales derivados del servicio a la nación; y el cálculo económico con fines de… “justicia distributiva”, dicen los ganadores, al tiempo que la banca comenzará a idear nuevas normas e insólitos ajustes. Ante semejante ofensa a la razón, nos queda la posibilidad de hurgar en la sinonimia con el fin de hallar la palabra adecuada, ¡y agresiva! para calificar a tantísimo… ¡Eso mismo! Y, al menos, que el vocablo asesino nos sirva de incentivo para buscar en el dicterio la manera de desahogar la irá acumulada durante lustros. ¿Acaso no es motivo de mortificación que determinados partidos políticos busquen alianzas con otros de su misma especie, pero singularizados por su extremismo destructivo? ¿Tan imbéciles nos hacen como para no advertir que, muy por encima de la España que pregonan con símbolos y representaciones sensoriales, flotan a la deriva la miseria y el dolor de millones de seres humanos? ¿Podemos admitir que partidos políticos de sano ideario contribuyan a sostener guerras ideadas por los poderosos caníbales del dinero, siempre dispuestos a devorar vidas pensantes con tal de acumular riquezas? ¿Qué significado tiene la democracia? ¿Qué nos cuenta el socialismo de chicha y nabo? ¿Qué nos dice la dirigencia de partidos emergentes y de izquierdas, condenados al suplicio de la aniquilación por el don de mando y el deseo de poder? ¿Y qué la derecha protestona?

Pregunta tras pregunta, el espeso silencio de la injusticia nos alerta sobre los enigmas de la quisicosa; y otra vez el eterno inicio de lo mismo: la nueva legislatura, la promesa incumplida; la niña bonita, mandona por excelencia, encumbrada por mor del voto fácil; y un cúmulo de malevolentes propósitos con la finalidad de perpetuar el asentamiento definitivo en la pobre España que año tras año, desde sus orígenes, ha ido cimentando los pilares de la mentira como producto de inequívoca eficacia para las fuerzas opresoras.