Harto del brujuleo político, el reposo mental me sitúa en el límite de la excelencia; allí donde el silencio fecunda el átomo sensorial. Con tan solo un destello de mística quietud y la valiosa ayuda del silencio, el inicio del vacío acomoda mis ansias de inmaterialidad en el punto exacto donde la existencia cobra una nueva dimensión.
La vida ordinaria, común en nuestra sociedad, enriquece su diario fluir con el impulso material. Alimentación, trabajo, sexualidad y motivaciones egocéntricas completan el curso de las innumerables existencias inteligentes. Lo lleva a cabo en ciclos acomodados a sus diferentes etapas. Este poderoso impulso tiene su fundamento, o al menos así lo creemos quienes le prestamos atención a la entidad viviente, en el comportamiento atómico de su compleja configuración. Si toda actividad cósmica está basada en el poder de un corpúsculo de tan insignificantes dimensiones, no resulta difícil comprender que la desnudez intelectiva de millones de humanos impida entender la composición de la vida. Materia y espíritu son esencias complementarias e imprescindibles para hacer posible el sabor de todo cuanto es: el amor, la amistad, el sentimiento… ¿Podemos entender la profunda sensación del beso amoroso como naturaleza física y nada más? La emoción experimentada, ¿tiene que ver únicamente con los procesos cerebrales, el poder hormonal y el comportamiento fisicoquímico? Si la vida es dual, como tantas veces lo hemos pregonado: salud y enfermedad, mujer y hombre, alto y bajo, ¿por qué no también materia y espíritu? Tal vez la mecánica cuántica o diferentes estudios avanzados puedan darnos más de una sorpresa.
Acostumbrados como estamos a rendirle pleitesía a la Física, cuanto hacemos los inconformistas por escapar de la tiranía científica queda supeditado a la especulación y, algo más allá del tráfico mental, a los espacios discursivos de la metafísica. No obstante, nos queda la innegable evidencia del salto a estados de conciencia alterada o cambio temporal en el patrón general de la experiencia subjetiva. Nada podemos hacer contrario a la investigación acreditada por las matemáticas; sí, en cambio, haciendo caso omiso a las leyes doctorales, nada ni nadie nos podrá impedir la posible experiencia mística, la meditación y búsqueda de estados inmateriales, y por encima, muy por encima de leyes y sentencias eruditas, el encuentro con realidades tan incomprensibles como innegables.
Pecaríamos de necedad si supeditásemos nuestras ambiciones espirituales a los dictámenes especializados. En primer lugar, porque es sabido que la ciencia fundamenta sus estudios en la materia, dejando la inmaterialidad al examen filosófico. Con la densidad se pueden obtener resultados, cuantificar, y repetir ensayos hasta obtener soluciones invariables; con el espíritu, ¡no!
Si reconocemos que desde la infancia hemos estado adoctrinados no solo en los fundamentos religiosos, sino también en hábitos ideológicos y otras dependencias, con un poco de sentido común y valiosas reflexiones sería factible desasirse de opresivas ligaduras; porque tenemos amaestrado el sentimiento de libertad de tal manera, que nada más allá de la lógica materialista tiene sentido en la complejidad neuronal. No obstante, a través de la profunda reflexión y el ejercicio contemplativo se puede hallar la liberación, en principio primaria, de las presiones psicológicas ligadas al automatismo. De este modo, lo decimos por propia experiencia, la poderosa subordinación a la materia iría cediendo paulatinamente su fuerza, hasta lograr el equilibrio entre los componentes esenciales de la existencia humana: psique y soma.
En la práctica diaria, cuando el hombre y la mujer han superado el temor al cambio experiencial o nuevo comportamiento ante la realidad circundante, una sensación de gozo domina en su entorno. Ya los problemas familiares, económicos y de cualquier índole quedan mermados, al tiempo que la estabilidad emotiva y racional se fortalecen; pero no a cambio de nada, sino como resultado de un serio ejercicio en busca de los valores objetivos. Es entonces cuando la subjetividad pierde parte o la totalidad de sus impulsos primarios y nace la dicha –que no felicidad– de sentirnos vivos.