No me lo puedo creer, pero la realidad deja en entredicho el valor de mis creencias sobre la ecuanimidad. Todos los humanos estamos dotados de conciencia –propiedad arquetípica indestructible–, de la que nos valemos con fines evolutivos. También, en no pocos casos, convencidos de nuestra propia verdad, buscamos la certeza incuestionable. Sin embargo, no solemos percatarnos de que el hecho en sí de creernos a salvo de falsas interpretaciones, en ocasiones nos conduce al error. Esta reflexión puede ser válida para evitar el autoengaño. Al filo de dicho razonamiento, más de un político en activo, e igualmente el vocacional, fijan su creencia partiendo de un convencimiento más sentimental que racional. Porque, ¿cómo anular la fuerza portentosa de la certidumbre romántica, pasional y afectiva cuando nos hallamos ante la faz de otra verdad, distinta y firme? ¿Puede el racionalismo anular el sentimiento o siquiera reducirlo en evitación de choques anímicos o psicológicos? Ante este dilema y los consabidos problemas generadores de naufragio intelectivo, ¿merece la pena sincerarse al reconocer ante sí mismo y en público los motivos de un cambio ideológico?
He sido y soy hombre de izquierdas por convicción bien meditada. No obstante, mi ideología no parte de un punto formal, juicioso y sosegado. Cuando Franco –o sus adictos– condenaron a mi padre a presidio, mi infantil rebeldía jamás me permitió apoyar a la Derecha ni tan siquiera admitir sus virtudes, que también las tiene, sino con saña, maldecir, vituperar y lanzar escupitajos a la faz de los poderes fácticos. Hoy ya, cuando la anulación de mi libido ha concedido el paso a la meditación (la normal de cada humano y la otra, más o menos trascendente según casos), se me han abierto de par en par las puertas de la reflexión; y ya no tengo temor a la crítica. Me siento insensible ante el peligro del concepto, tan en boga, de ridículo. De esta manera voy alcanzando cotas de espiritualidad bien entendida; no de la religiosa, que respeto, sino la que acompaña al átomo. A ver si logro explicarme. Me refiero a la parte, llamémosle etérea, que colma la función primordial de la materia: la vida. Es decir, la fracción complementaria que acompaña a la existencia racional: bien, mal, alto, bajo, guapa, fea, etc. No obstante, por mi posible progreso alcanzado, todavía no he sido capaz de merecer la liberación de unas tendencias progresistas bien ancladas en la rada sentimental. ¿Puedo, pues, considerarme imparcial? Decididamente, no; pero lo intento por dignidad; pese a interpretaciones de toda índole y total convencimiento de que mi confesión pública puede servirles a otras personas para aclararse ante sí mismas y a la vez ser brote de una nueva verdad. Porque si admitimos que no existen verdades absolutas, deberíamos prestar atención cuando defendemos con énfasis la propia certidumbre, no pocas veces axiomática.
Algún amigo pensador me ha dicho: “Profundiza, no te quedes en la periferia”. ¿Es necesario profundizar sobre cuestiones políticas cuando saltan a la vista los despropósitos cometidos por unos y otros u otras? Profundizar, ¿sobre qué? ¿Acerca de los intereses personales de la política rastrera? ¿He de silenciar mi indignación cuando cierto partido…? Prefiero callar porque, pese a mi ingenua sinceridad, sé que el fanatismo de quienes siguen asidos a su verdad y nada más que a su verdad, no ha de entender las inquietudes de quienes deseamos el progreso político. Aunque dicho avance suponga en el criterio ajeno una utopía.
Palabras como “comunista”, “terrorista”; o “fundamentalista” en la correspondiente acepción; frases similares a “alterador del orden público”, “extremista de izquierdas” (nunca de derechas, ¡vaya por Dios!) y otras lindezas, se activan a menudo con fines moralmente incomprensibles. Sobre todo, y de manera especial, para poder justificar ante sí mismos y ante los demás una intención cuya resonancia verbal infunde respeto e incluso cierto temor a bastantes personas timoratas.
Lo malo de todo este embrollo no es el resultado inmediato derivado de la falacia política, avalada por seguidores incondicionales de, en muchas ocasiones, predisposiciones perversas. Se trata de algo mucho más serio: el encadenamiento de mentiras, de intereses espurios, estrategias condenables y otras heces, salpica el sentido evolutivo de la existencia. El ser humano, habituado a una conducta por desgracia equivocada, se convierte en portador y transmisor de usos y costumbres beneficiosas para quienes, desde el poder cuasi omnímodo, dominan, esclavizan y perpetúan la miseria en el peonaje humano.
Soy de izquierdas, mas no me preocuparía en absoluto vestir de azul si tal color tomase del tono rojo sus virtudes. No sucederá, y menos cuando me queda poco tiempo para despedirme, con profunda tristeza, de la vida miserable de miles de millones de seres humanos sojuzgados por el egoísmo de unos pocos.
Podríamos extendernos mucho más en cuanto a las apreciaciones políticas que a diario escuchamos en la radio, la televisión e incluso en los bares, es cierto; pero malgastar el tiempo en tratar de convencer a los dogmáticos, bien aferrados a sus ideas; a quienes jamás han reconocido las faltas graves cometidas por la dirigencia de éste o de otro partido político, supone un derroche de energía y buena fe en favor de la incredulidad. Mejor es mantener en silencio la propia convicción: la que espera del tiempo no una verdad de Perogrullo, sino el fundamento de la certidumbre, siempre a la espera de la imposible verdad absoluta.