Nadie en su sano juicio puede negarle a la mujer sus derechos en concordancia con los del hombre. Supondría un atropello tratar de obstaculizar la defensa de sus demandas por justicia, humanismo y razones democráticas. Tampoco impide el razonamiento de sus exigencias, no siempre fundamentadas en el proceso histórico que, desde el Neolítico hasta el presente, ha ido sumando variadas circunstancias a favor de su oponente, el varón. Desde que la pareja hombre-mujer optó por asentar sus dominios en la tierra virgen por medio de la agricultura, y en el mar y espacios acuáticos con el auxilio de la pesca, el sentido de la propiedad tomó cuerpo en el ámbito familiar. Fue entonces cuando hubo necesidad de simplificar la convivencia de lo que con posterioridad se denominaría matrimonio. De ahí surgió la urgencia defensiva de los bienes domésticos. La propia naturaleza humana determinó quién habría de salvaguardar la hacienda. ¿Estaba la mujer facultada para, garrote en mano, expulsar a los extraños de la tierra conquistada? ¿El hombre, encargado de cuidar del hogar? ¿Era factible que la fémina defendiera el predio y a su vez amamantara a su descendencia? Es en esta circunstancia cuando el sentido común organizó la familia y daría comienzo la desigualdad y la ordenación de la sociedad: jefe de familia, brujo, regente del clan…, en una estructura cuya fundamentación siempre ha beneficiado al varón. No obstante, debe hacerse excepción de los pocos casos en que por conveniencias tribuales se originó el matriarcado, llegándose a establecer la poliandria. En realidad, unas escasas excepciones motivadas por la ausencia del hombre, debida de manera generalizada al ejercicio de la pesca y otras circunstancias similares. Parecerá extraño que hubiera sido posible la evidencia referida a la poliandria, donde al parecer todavía se practica en Gabón y, de manera fraternal, en el Ártico. Asimismo, la ejercieron los guanches antes de la posesión española de las islas en el siglo XV.
En síntesis, baste con aceptar que en el curso de la historia ha sido y es el hombre el elemento familiar y, por ende, dominante en el ámbito social. Eso sí, siempre apoyado por el sacerdocio religioso, desde el chamán hasta la estructura precisa de los diferentes credos.
Partiendo de este punto referencial, y dados los serios inconvenientes con que la mujer se ha encontrado y en los que aún tropieza, ¿nos parece inteligente la postura política femenina en defensa de sus legítimos intereses? ¿Se puede conseguir todo de golpe, dados los serios inconvenientes estructurales de la sociedad actual? ¿Es factible poner orden en la justicia humana cuando aún hoy se lapida a la mujer y se la humilla con los más viles procedimientos? Luchar por los derechos de las damas, ¡claro que sí!; pero con orden y concierto. Evitando las provocaciones. Dignificando su defensa en las manifestaciones, no con pancartas obscenas, imágenes impudentes y gritos destemplados, sino con la inteligencia propia de su género.
Obsesionada la dirigencia femenina por mantenerse firme durante su mandato, y posiblemente guiada por el instinto del gato ladrón de consolidar su poder político, le importa un pito la reacción jurídica, el enfado social y los dimes y diretes de la oposición, de la calle y de los múltiples intereses en activo. Sería conveniente recomendarles a las señoras diputadas de cualquier partido defender los valores de la mujer por encima de consignas, de mandatos y de amenazas de superior rango. Sabemos que no es factible destruir muros de contención, que en realidad no existe la democracia y menos todavía la vergüenza política; pero señoras, por favor, sean ustedes consecuentes, y si lo que desean es emanciparse de la tiranía machista, muerdan con la boca cerrada y la inteligencia abierta. ¡Ya está bien de milongas!
Quizá me exceda en mis apreciaciones, o tal vez me quede corto al hacer uso de la prudencia. Lo cierto es, desde mi particular criterio, que todavía no se ha esquematizado la lucha femenina en pro de sus justas exigencias. Milenios de dominio masculino no es un asunto baladí, ni se puede justipreciar sin un previo estudio, pero en profundidad, de las posibilidades de acierto en la planificación de la defensa de la mujer. La lucha femenina debe gozar de prestigio mucho más que de los logros políticos, cuya diversificación ideológica tropieza y volverá a colisionar con intereses espurios, conductas egocentristas y un poder político sustentado mayoritariamente por hombres.
La mujer posee un medio casi infalible para dominar al macho y exigirle el debido respeto a su causa: la cama; pero prefiere el goce, el favor masculino, y a ser posible la protección por par te de su pareja. También la ostentación, la jactancia y la vanagloria. La vanagloria de la guapa, dispuesta a disfrutar de la pasarela y el tronío. En cuanto a las feas, que se adornen con plumeros. Es decir; en el fondo, insolidaridad y una falta de empatía que jamás podrá sustituirse valiéndose de manifestaciones callejeras e inútiles pancartas diseñadas al tuntún.
La religión es otro asunto de vital importancia. ¿Por qué la mujer creyente no se opone al sacerdocio masculino en exclusiva? ¡Cuánto más ganaría su causa por la libertad! Aunque fuese a palos; ya está bien de servidores de Dios en la Tierra, más obedientes al poder que a los Evangelios. También las sacerdotisas serian capaces de obrar milagros. Sobre todo, enseñándoles a los políticos a rezar con una soga al cuello.
Con lo expresado hasta el momento es suficiente para que las feministas no copien los hábitos masculinos. Si no son capaces de retorcerles los dídimos a los chulapones, mal se les ha de presentar la lucha por su emancipación. Amén.