CONCEPTO CALLEJERO DE LA POLÍTICA

En calidad de hombre de la calle, la política que hoy percibo, siento e interpreto me dice bien poco en favor de los líderes que la conforman. Menos me sirve para la normal educación doctrinal que necesitamos las mujeres y hombres del asfalto, precisa para que cualquier nación, en su conjunto, pueda contemplar sin ambigüedades ni serios equívocos los problemas de Estado. Esta afirmación tiene su peso, entre otras razones de fondo, por el hecho incuestionable del comportamiento político de unos líderes y lideresas que, por el bien de España (es lo que manifiestan a toda hora), están arruinando el escaso crédito de nuestra nación. Falsedades, calumnias, ofensas personales y todo un largo desvarío jalonan la actividad gubernamental de una dirigencia tan caduca como nefasta. Todo ello, con el apoyo de correligionarios conducidos por la deriva del más vivo apasionamiento, en muchas ocasiones rozando el ridículo; y no solo de fieles devotos al partido, sino igualmente de acólitos dependientes de ciertos guías encumbrados, que desde las altas esferas del poder seducen a la masa de votantes sin formación política ni social. En este breve esbozo radica la fuerza de mi indignación y la de más de un votante.

Al hilo de lo antedicho, debemos tener en consideración la actividad informativa de los mass media que, desde la prensa, radio y televisión desvirtúan la realidad al practicar un periodismo falso, en no pocas ocasiones contradiciéndose entre sí. Personas cultas y otras medianamente ilustradas son capaces de emplear procedimientos reveladores de su mala fe, unos inventándose bulos canalizados a través del teléfono móvil o de internet y otros, cabecillas de las redes sociales, sometiendo a los incautos al pernicioso poder de las hablillas. Sin el mínimo pudor. Valiéndose de la escasa formación de quienes, siendo algo menos que analfabetos, se atreven a escribir, sin firmar, pretendidos manifiestos que pueden calar en las mentes obnubiladas. Visto el panorama político de esta manera, tan certera como real, ¿qué se puede pensar del devenir social como derivación del votante infecto por la malicia ciudadana, como asimismo por la desvergüenza gubernativa? En el fondo del problema enraíza la incultura política, los intereses periodísticos y el egoísmo de quienes, desde el Parlamento, en ocasiones a voz en grito, postulan por una España libre que en realidad va desangrándose día a día.

Si nos referimos a lo que en el presente estamos viendo con los ojos de ver, lo expuesto en este pretendido y breve análisis no necesita de ningún aval para confirmar los hechos. Políticos que incumplen sus promesas; otros tantos, capaces de sofisticadas explicaciones que ni ellos mismos entienden; insultos, calumnias, humillaciones al contrario y demás despropósitos, no solo confunden al votante, sino que le inoculan corrientes sentimentales posteriormente convertidas en acciones impropias de personas civilizadas. Después de la contienda electoral, si te he visto no me acuerdo y vuelta a empezar. Comienzo que secundarán el hombre y la mujer del asfalto con su apoyo involuntario a la mentira. Involuntario, repetimos, porque la acción personal no tiene asiento en la reflexión, sino en el instintivo empuje sentimental, totalmente al margen del raciocinio.

Es en las tertulias de los bares, principalmente en los desayunos, donde hemos advertido las discursivas controversias políticas, identificando a los contendientes en debates sin sentido, sin racionalizar el porqué de los hechos; tan solo esgrimiendo vaguedades, normas obsoletas y cantos de sirena. En definitiva, lo que los políticos, los mass media y el costumbrismo popular demandan. Sin embargo, alguna escuela habría podido surgir, no para orientar el voto, sino, con fines didácticos, para iniciar una enseñanza capaz de alertar al mundo del trabajo sobre los engaños esparcidos por doquier, siempre contrarios a los intereses laborales. Dicho taller nunca floreció a lo largo de mis años como activista sindical. Me explico.

Desde los sindicatos pudo, y aún es tiempo de ello, haberse propagado la idea de los manejos políticos, atentatorios contra los intereses laborales y, por extensión, contrarios a la vida pública en general. El porqué de semejante actitud puedo imaginarlo, pero sería especulativo verter mi opinión sobre el papel en renglones cargados de mis verdades. No obstante, queda dicho; porque el voto no es algo baladí, ni debe tomarse a la ligera; de él depende en gran medida el curso temporal de una nación, la nuestra, por ejemplo, dañada seriamente por la incultura popular, la desidia de los pensadores y la mala fe de los políticos sin conciencia, mucho más atentos a sus propios intereses que a los de España.

No quisiera concluir estas líneas sin mentar a más de uno y de cientos de intelectuales que a través de las redes sociales envenenan el ambiente político con fines innobles. Estimo lícito, cómo no, que cada persona defienda su ideología por medio del voto; pero que siembren de mentiras y miserables bulos el ambiente político, lo considero una cobardía. Porque ponen su intelecto al servicio de la falacia, contando de antemano con la previsible incultura del hombre y la mujer del asfalto, auténticos artífices del progreso de la nación. Sin menospreciar a otros tantos eruditos que laboran en favor de nuestro país, obviando el uso de la bandera de España para enfundar su digna anatomía.