Violencia en Argentina (XLVIII):
Ni olvido ni perdón: Justicia
Los disturbios en Plaza de Mayo el 24/03/06, cuando se conmemoraban los 30 años del golpe militar que derrocó a María Estela Martínez de Perón, dan cuenta de nuestra cultura política y cívica en general. Han pasado tres décadas pero todavía hay quienes siguen estigmatizando cuando la realidad nos enseña que todos los sectores mayoritarios apoyaron al golpe, porque en 1976 era la única “garantía” de orden para el país.
Ese apoyo irrestricto de la Iglesia, los partidos políticos y la sociedad, junto con el periodismo, es lo que posibilitó su “éxito”. Connotados intelectuales presuntamente progresistas, o que luego, con los años, criticarían a los militares del proceso, colaboraron festivamente con Videla y sus secuaces. Clarín y La Nación hablaban de otras cosas. Sólo La Prensa y The Buenos Aires Herald asumieron el compromiso, dentro de los estrechos márgenes con que contaban, para denunciar la barbarie desde sus editoriales.
Borges y Sabato almorzaron con Videla y luego comentaron lo educado que era. Borges, no obstante, esgrimía la elipsis: en 1977 se dio el lujo de dar unas conferencias sobre el Infierno del Dante en la Divina Comedia (cfr. Rafael Bielsa, Diario Perfil, suplemento El Observador, 26/03/06, p. 14-15). Además, supo señalar con su habitual ironía que gracias a los militares los escritores estaban obligados a trabajar las metáforas y las imágenes de una forma más provechosa, pues tenían que decir de otra manera lo que no podían decir abiertamente. Sabato en cambio adujo que «la inmensa mayoría de los argentinos rogaba por favor que las Fuerzas Armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos» (cfr. El 24 de marzo, www.ambitoweb.com, 27/03/06). Luego procuró limpiar su imagen presidiendo la Conadep.
Si bien a un escritor hay que valorarlo por lo que publica antes que por lo que habla, no deja de ser un yerro grosero haber avalado la ignominia. Otros intelectuales ni siquiera se animaron a integrar la Conadep y hoy carecen de base moral para impugnar lo que en su momento consolidaron con viva voz o servil silencio.
Avales escritos
La Unión Cívica Radical también dio su apoyo: «El 24 de marzo de 1976 cayó un gobierno votado por siete millones de argentinos. La ineptitud presidencial y la falta de respuestas estabilizadoras y legítimas por parte del entorno en medio de una realidad económica de improvisación inocultable y de una indisciplina social anarquizada, más la presencia de organizaciones para la subversión y la violencia que angustiaron al pueblo, abrieron el camino para que las Fuerzas Armadas ocuparan el poder… Como saldo quedó el pueblo solidarizado en sus bases y las Fuerzas Armadas con la suma de responsabilidades» (cfr. www.ambitoweb.com, p. cit.). Firmaron esta declaración Ricardo Balbín, Raúl Alfonsín, Arturo Illia, Juan Carlos Pugliese, Fernando de la Rúa, Eduardo Angeloz, Facundo Suárez, Carlos Perette, Antonio Tróccoli, Luis León, Fernando García Puente, Juan Trilla y otros.
Muchos de estos nombres, como los de los peronistas que firmaron los decretos 261, 2770, 2771 y 2772 en 1975, siguen ocupando espacios de poder en la política argentina. A treinta años de estos apoyos escritos ni radicales ni peronistas han tenido la decencia de reconocer que con su rúbrica estaban apuntalando el régimen militar que asolaría al país durante años. Ese silencio destemplado es lo que debe quebrarse: los partidos políticos siguen reclamando autocríticas a las demás instituciones que apoyaron el régimen, pero son incapaces de hacerlo consigo mismos. ¿Cuántos años más deberán pasar para que el peronismo y el radicalismo, junto con el socialismo y el comunismo, reconozcan que no sólo apuntalaron sino que, además, desearon que el golpe se realizara para tratar de ordenar lo que ellos mismos eran incapaces de ordenar?
Esta anuencia consta en el aporte de afiliados para ocupar las intendencias durante el proceso. «Sobre 1697 municipios censados en todo el país, sólo 170 intendentes pertenecían a las Fuerzas Armadas, 878 eran miembros de partidos políticos, y el resto, independientes. Hacia fines de 1978 la Unión Cívica Radical tenía 310 intendentes; el justicialismo, 169; los demócrata progresistas, 109; los frondicistas, 94; la Fuerza Federalista Popular de Manrique, 78; los partidos conservadores, 72; neoperonistas, 23; demócrata cristianos, 16, y el Partido Intransigente de Oscar Alende, 4 intendentes» (cfr. Jorge Lanata, La grieta. Diario Perfil, 26/03/06, p. 18). ¿Siendo intendentes no sabían lo que ocurría? Detrás de cada intendente que colaboró con el proceso hubo familias y vecinos que callaron. ¿Pueden alegar desconocimiento sin ruborizarse? Muchos colaboraron convencidos de que actuaban como correspondía, pero otros en su momento callaron y luego, una vez instaurada la democracia, pasaron a ocupar el lugar de los críticos de un régimen que ellos mismos consintieron desde sus puestos de trabajo.
Esa hipocresía es la que nos denigra ante el mundo y la que impide que, puertas adentro, se terminen las animosidades. Sin autocrítica no puede haber justicia. Sin un reconocimiento de lo que cada implicado hizo durante el proceso no puede construirse el país. Los roces del viernes pasado en Plaza de Mayo dan cuenta de que aún perdura la angustia y la bronca por actos irresueltos. Y la única manera de comenzar a resolverlos es desde el sinceramiento genuino.
El primer atisbo de una autocrítica oficialista surgió en el artículo que el Presidente Kirchner publicó en la última edición de la revista Noticias, justamente el 24/03/06: «Lamentablemente las desapariciones y las torturas en nuestro país empezaron en plena etapa democrática; también en eso debemos ser justos, que esto cultivó, que pasó después por una clase política que había estado vulnerable, que permitió y creyó que los males del país estaban en otro lado y no donde realmente estaban» («Por lo menos en el sur la vida se podía salvar», p. 30).
Hipocresías varias
En el capítulo anterior, 24 de marzo de 1976 (Castellanos, 25/03/06), hacía notar que una dictadura no se sostiene sólo con las armas y la violencia, sino con la anuencia de la sociedad, la palabra de intelectuales y periodistas, y el aval, explícito o implícito, de las instituciones de la democracia.
En una nota realizada a Robert Cox, quien entre 1968 y 1979 fue director de The Buenos Aires Herald, desde cuyas páginas en inglés denunció las atrocidades que estaban ocurriendo en el país (por lo que fue amenazado y tuvo que emigrar en 1979), Cox hace notar que «lo que la gente no recuerda del golpe es que la mayoría de los argentinos estaba, no sólo esperándolo sino queriéndolo» (cfr. «Hebe no es inteligente». Entrevista de Darío Gallo, revista Noticias, 24/03/06, p. 28). En la misma nota Cox, quien iba semanalmente a Plaza de Mayo para apoyar a las madres, asegura que nunca vio allí a Hebe de Bonafini, y que la primera vez que la vio fue en 1980 en un programa televisivo en Nueva York. El dato no es menor. ¿Acaso Bonafini construyó su imagen con posterioridad al golpe, ya en democracia?
Cox también menciona a los periodistas que bastardearon su oficio para involucrarse en la política, sean los que apoyaron abiertamente el golpe, como Bernardo Neustadt y Escribano (este último acaba de jubilarse en La Nación), o los que se ubicaron en la “antípoda”, como Horacio Verbitsky (que fue jefe de Montoneros junto con Miguel Bonasso y Rodolfo Walsh). Menciona también a Joaquín Morales Sola y Mariano Grondona. El primero, según Cox, no hizo autocrítica alguna, y el segundo «hizo algo, más o menos…». Para Cox, «lo más importante es que el periodismo sea un adversario de los gobiernos. Si no, los gobiernos quieren controlar todo» (nota cit., p. 29).
Esa independencia es esencial, pues acerca al periodismo a esa esquiva objetividad que busca alcanzar todo aquel que informa con honestidad. Pero buena parte del periodismo se plegó canallescamente al poder del proceso y lo avaló desde su silencio.
¡Autocríticas ya!
El tibio reconocimiento de Kirchner puede transformarse en un punto de inflexión para que el peronismo asuma y reconozca públicamente sus errores. Sin entrar en el humor negro, la tarea, en general, es relativamente sencilla, pues al peronismo lo acompañaron la mayoría de los partidos políticos. No se trata de que un solo partido asuma las culpas, sino de que todos hagan su blanqueo. Treinta años es una buena cifra como para sepultar el pasado desde el reconocimiento de lo ocurrido. Sólo así se podrá mirar al mañana sin ataduras. La responsabilidad que le cabe a los partidos políticos en estos momentos es tan esencial como la que le cupo hace treinta años. Ningún partido puede ser creíble si está ocultando hipócritamente su papel durante la dictadura que hoy critica. Y cuanto más demore en hacer una autocrítica seguiremos arrastrando problemas hacia el futuro. Todos los responsables de la barbarie, civiles y militares, deben ser juzgados. Una sociedad se edifica desde la justicia, no desde el olvido o el perdón.
Lo que debería estar en el centro del debate es que dadas ciertas circunstancias de caos civil la sociedad se inclinó por la “solución mágica” del golpe militar. Oriana Fallaci lo dijo con claridad: los argentinos tienen un enano fascista adentro. Ese enano fascista es quien desde el primer golpe de 1930 consuela al argentino medio. Lo que no se alcanzó mediante la política, muchos desearon alcanzarlo mediante las armas. Esa es la concepción errada que han sustentado los grupos violentos en el país, de uno y otro sector. Y la sociedad, acomodaticia, amparó al más fuerte: el ejército. Hace notar Edgardo De Luca que esa idiosincrasia no garantiza el fin de los golpes: «El subdesarrollo y la decadencia nunca enmiendan ni reparan, en especial cuando la dimensión civil tiene estatura pigmea y resignación avasallada, de vasallo…» (cfr. 1976: golpe de Estado y sociedad. Castellanos, 22/03/76).
Es bueno asumir, finalmente, que los torturadores de la dictadura no fueron extranjeros, sino argentinos. Al igual que la guerrilla, Montoneros, ERP y otras subversiones similares. La vergüenza es nuestra, como los desaparecidos, los vuelos de la muerte, los atentados y aquellos que ordenaron sabiendo que había gente ansiosa por obedecer.
© Carlos O. Antognazzi
Escritor.
Santo Tomé, marzo de 2006.
Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, República Argentina) el 31/03/2006. Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2006.