Mi primera hija nació en París, sigue en Francia y habla varios idiomas, en lugar de emperrarse solo en el catalán, que le habían enseñado sus abuelos antes de irse de este mundo. Mi segunda hija nació en Londres, donde cursó sus estudios y vivió hasta la mayoría de edad; era imposible discernir cuál era su lengua materna: el inglés o el francés, heredado de su madre. La última hija nació en Washington y, que yo recuerde, nunca consideró un problema aprender inglés. Es cierto que franceses y españoles sabían bastantes menos idiomas que ciudadanos de otros países vecinos, como los nórdicos.
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