“Una tarde”
(Libro de Sigüenza, 1917)
Dibujo a plumilla de Manuel García Pérez, Garpe
Una tarde en que el marbrillaba de pureza, quietud, luz y alegría,y en la que las gaviotasparecían mirarse en la cuajadasláminas marinasdonde el sol se filtraba,Sigüenza, en compañía de un amigo,pasea la ribera,el muelle de Levantehasta el faro,y mira la ciudad mediterránea,recortado el castillo en el azulimposible del cielo.A lo lejos, Tabarca,blanca y plana, desnuda,se muestra misteriosacual sirena de humo;a la izquierda, la playa,tostada como una trilla inmensa,se envuelve en el aromade salitre y de brea.Caminan lentamente por la vieja escollera,caminan en silencio.El mar les brinda, limpio,su mundo fascinante:los erizos,descansando esponjados en las rocas;los cangrejos oscurosque aligeran su pasoy se esconden ladinosen los huecos de sombra;y las gruesas doradasdormidas en las algasen dulce balanceo,mostrando al paseanteel tornasol volublede sus tersas escamas.Es una tarde inmensa,transparente, suave…;perfecta en su belleza y en su calma.De pronto, un alboroto de chavales,que corren juguetones con un perrito blanco,interesa a Sigüenza.El perrito, con ganas de bullicio,salta y brinca para lamer las manosque le ofrecen comida:restos de las meriendas,sabroso companajeque restriegan, alegres, los muchachossobre el húmedo hocico.Es un cuadro agradable.Sigüenza se sonríe, y se alejapensando en la belleza del momento,en el aroma en calma del ambiente.Todo ayuda, se dice,a la buena alegría de la tarde.Un poco ya alejados,los muchachos descienden a las rocas.Una soga se estira de sus manos al agua,y en el aire suave se perfila,mezclado con las voces,el lastimero llanto del perrito.Corren los dos amigos a ver la travesura.Los chicos tendidos en las piedras,volcados sobre el agua,van espiando el fondo.Ya no se oyen gañidos.Sigüenza se estremecey en su voz se inquieta la pregunta:—¿Qué hicisteis con el perro¿se escapó de vosotros?—No siñor, No siñor,aún llega usted a verlo.Acércase Sigüenzapara observar la lucha del perrito,al que le habían atado,al cuello y los brazuelos, una piedratan gruesa como fardo.Volteaba su cuerpo,y espantaba los ojos,más negros que su angustia,sin poder comprenderqué era lo que ocurría,y esperando la ayudade las manos que antes lo acariciaban.„ŸPero, ¿por qué lo hicisteis?„Ÿles increpa Sigüenza.„ŸHa sido sin querer,sólo que estaba el agua tan tranquilaque hemos querido ver como se ahogaba.Sigüenza mira entonces el color de la tarde;un aroma de pazque se ha perdido oscuroen el fondo del agua.Rafaela Lillo