IMÁGENES DE UN MUNDO MIRONIANO
La relación de la obra de Gabriel Miró con el cine se puede calificar de efímera. Tres obras del escritor alicantino han sido llevadas a la pantalla, Las cerezas del cementerio, Nuestro Padre San Daniel y El obispo leproso. Estas dos últimas han sido
emitidas en una única serie de televisión. Además, uno de los capítulos del espacio televisivo Los libros, estuvo dedicado a la novela El obispo leproso.
LAS CEREZAS DEL CEMENTERIO

Fotograma de la película Las cerezas del cementerio
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Sin duda, al presidente del Festival de cine de Alfaz del Pi, Juan Luis Iborra, director de la película, le debió resultar complicado plasmar la realidad de la época en la cual se desarrolla la novela, ya que a la complicidad que cualquier adaptación de un libro conlleva, se añade que en Las cerezas del cementerio, sólo encontramos una referencia histórica concreta, a saber, la alusión a la Buena Prensa, que es el nombre que se le daba a las instituciones de prensa de carácter católico, las cuales trataban de promocionar la consolidación de las buenas costumbres, con sus textos y con los eventos que organizaban. Este detalle, de suma importancia, lo descubrí con la lectura de una nota aclaratoria de Miguel Ángel Lozano Marco, en su edición de Las cerezas del cementerio, y es un hecho que añade dificultad a la labor del cineasta alicantino. Sin embargo, el resultado de la adaptación escénica es muy positivo, y las imágenes nos llevan, nos inducen, a la recreación en las estampas de aquellos tiempos.
La cinta fue producida por Coral Valencia y está fechada en el año dos mil cuatro. Se emitió en Televisión Española el uno de enero del año dos mil cinco. Fue financiada por la Generalitat Valenciana. Además, colaboró en la puesta en marcha del proyecto, la Obra Social de la Caja de Ahorros del Mediterráneo.
El film fue estrenado en el cine ABC Park de Valencia y se emitió en Televisión Española en forma de miniserie de dos capítulos de una hora de duración cada uno. Se rodó en Rocafort, Alcira, Polop, El Puig, Bétera, Picaña, los Jardines de Monforte, la playa de la Malvarrosa, la iglesia de Campanar, el Museo del Ferrocarril, el Salón de Cristales del Ayuntamiento de Valencia, la Estación de Algodor, en Toledo, el hotel Ritz y el Casino de Madrid. La mayor parte de los escenarios son levantinos, aunque no se trata de lugares alicantinos.
El film fue interpretado en sus principales papeles por: Concha Velasco, en el papel de Beatriz, Félix Gómez, que encarna a Félix Valdivia, Xavier Elorriaga, Álvaro de Luna, Juli Mira, Rebeca Valls, Empar Ferrer y Magüi Mira. La mayoría de los actores son de procedencia valenciana.

La actriz Concha Velasco .
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Existen unas marcadas diferencias entre el libro y la película, que pueden llegar a disgustar al espectador que antes haya sido lector. Estos detalles, algunos de mucha importancia, pueden resultar rayanos en lo exagerado. El mayor de los ejemplos es que, parte de la acción, en la película, se desarrolla en un tren, y en la novela, en un barco. Es tarea ardua intentar comprender los motivos que empujaron a Juan Luis Iborra a cambiar de un modo tan contundente el lugar donde tienen cita unos acontecimientos que, sin duda alguna, son relevantes para la comprensión de la trama, desde la perspectiva de la introducción de los personajes, así como del estilo literario de Gabriel Miró, con su frecuente descripción emocional de los paisajes.
Al visionar la cinta, se añora la riqueza de léxico de los diálogos mironianos, aunque he de reseñar que en el guión cinematográfico se escucha una frase en la voz de Beatriz que puede llegar a resumir, si cabe, la relación de Gabriel Miró con las emociones, con las sensaciones. Me refiero al momento en el que Beatriz le dice a Félix: -No les hagas caso. Es hermoso dejarse llevar por la emoción. Pienso que el novelista, en este caso, ha conquistado las raíces internas del guionista, que transmite, a su vez, en el film, sus propias percepciones, adquiridas al leer la novela.
El libro se presenta repleto de pequeñas y grandes transgresiones. La más significativa de estas pequeñas hazañas reivindicativas de los personajes es la ingestión de las cerezas del camino del cementerio por parte de Beatriz y de su hija, Julia. Iborra destaca la importancia de este pasaje y lo enmarca en una larga secuencia.
Al comienzo de la cinta, ya se muestra una situación propensa a la infidelidad posterior cometida por Beatriz. Se trata de la confesión que le hace ésta a su hermana, en la que se refleja la gran insatisfacción matrimonial que siente la protagonista. También, desde el principio, se muestra a Félix Valdivia, que es todo amor, como un joven alocado, de carácter voluble y débil, proclive a vivir una pasión romántica y fugaz.
Una escena de gran belleza vital es aquella en la que Beatriz lee la carta que, con anterioridad, ha escrito a su hermana, mientras Félix, al fondo, cava en el jardín. El espectador se ve envuelto en el amor de los protagonistas, desde fuera, como si descubriera unos sentimientos que ni los mismos amantes conocen.
La luna, presente en la obra de forma reiterada, también ocupa su lugar en la cinta, en una preciosa secuencia en la cual Félix contempla absorto el blanco satélite, ensombrecido por alguna nube pasajera y nocturna.
El paralelismo evidente entre Félix Valdivia y su padrino, Guillermo Valdivia, tantas veces observado en la novela, Juan Luis Iborra lo retrata de forma magistral, en varias ocasiones a lo largo de la película. Es encomiable la escena del baile de disfraces del Casino, en la cual Iborra utiliza una técnica infalible para poner de manifiesto la similitud de los dos Valdivia. Me refiero al doble papel, ya que Félix Gómez interpreta los dos personajes. Así, podemos ver a Guillermo Valdivia con el mismo aspecto físico que su sobrino, nacido varios años después.
Como nota curiosa, quiero añadir que la dirección de Lamberth, Beatriz y Julia es: calle Gabriel Miró, nº 10. Otro dato reseñable es que Iborra no olvida nombrar a José Martínez Ruiz, Azorín, en uno de los diálogos.
Juan Luis Iborra ha dicho de la novela: “Las cerezas del cementerio refleja la pasión y el conocimiento de Gabriel Miró por los personajes femeninos enmarcados en una gran historia de amor de dos personajes avanzados en su tiempo y oprimidos por los corsés de una época”.
NUESTRO PADRE SAN DANIEL Y EL OBISPO LEPROSO
Con el título de El obispo leproso, se emitió la serie de televisión dirigida por José María Gutiérrez González, y que engloba dos obras de Gabriel Miró, Nuestro Padre San Daniel y El obispo leproso, denominadas las novelas de Oleza.
La serie se emitió en 1990 en Televisión Española.
El reparto cuenta con nombres relevantes dentro del cine español. Silvia Munt es Paulina, Tito Valverde, Don Magín y Mercedes Sampietro encarna a la tía Elvira. La pareja formada por María Fulgencia y Pablo está protagonizada por Lydia Bosch y Aitor Merino respectivamente. La música original es de Alejandro Massó y la excelente fotografía corre a cargo de Rafael Casenave.
El rodaje tuvo lugar en diferentes escenarios de la geografía española: Plasencia (Cáceres), Mula (Murcia), Belchite (Zaragoza) y Orihuela (Alicante).

Retrospectiva de Orihuela a principios del siglo XX
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La figura del narrador propicia un acercamiento intenso de la serie televisiva a la obra escrita, ya que algunas frases son trasladadas literalmente de la novela a la voz de éste, que en algunas ocasiones nos deleita con párrafos enteros de las dos obras del autor alicantino.
El rico y variado vestuario nos transporta a la época sin dificultad. Son destacables, en este sentido, las escenas en las que el director se recrea en las procesiones de Semana Santa.
No ha pasado por alto el director de la cinta, la clara diferencia entre las clases sociales, patente tanto en Nuestro Padre San Daniel como en El obispo leproso. La distancia entre los estamentos de la sociedad queda reflejada en varias escenas en las que los “niños pobres” insultan a los “niños ricos”. Pablo Galindo, el hijo de Don Álvaro, es increpado en algunas ocasiones llamándolo “el señorito”.
Las mentalidades que conviven en las dos novelas son plasmadas con eficacia en el film, donde el conservadurismo más radical choca y cohabita con el progresismo. Así mismo, el asfixiante poder de la Iglesia Católica se observa en cada secuencia, incluso cuando la acción se desarrolla fuera de un entorno religioso.
Las secuencias en las que se muestran los pasajes relativos al proceso amatorio entre María Fulgencia, la monja, y su ángel, Pablo, son de una elegante belleza escénica, comparable al texto literario de Miró. Amor divino y amor humano se funden en uno sólo, se condensan en el amor que siente María Fulgencia por Pablo. Según este concepto, Pablo se convierte, a los ojos de la joven, en un emisario celestial; es llevado a la pantalla con gran maestría, en particular en las escenas en las que el venerado ser angélico dirige el rezo del rosario. El director juega con la cámara; acerca y aleja la imagen de los dos enamorados, a su debido tiempo, consiguiendo un efecto atrayente en el espectador, que se involucra, de manera incondicional, en esta curiosa experiencia pasional y mística. El apreciado valor que el escritor alicantino otorga a las percepciones sensoriales, transmitidas por la visión de los paisajes naturales, se concreta en la figura de Pablo Galindo, cuando va apareciendo entre los naranjos del huerto de su maestro y rival, don Amancio.
La unión de situaciones contrastadas, propia de las novelas de Miró, se hace evidente en múltiples ocasiones en la serie de televisión, donde Manuel Gutiérrez González no disfraza en absoluto esta técnica visual y convierte la película en una sucesión de atractivos contrastes.
LOS LIBROS
Con María Kosty, en el papel de María Fulgencio, y Juan Ribó, interpretando a Pablo Galindo, Televisión Española dedicó un capítulo de la serie Los libros, a Gabriel Miró, más concretamente, a El obispo leproso.
El capítulo, que incluye un documental de Orihuela, tiene como presentador al poeta y ensayista granadino Luis Rosales Camacho, miembro de la Real Academia Española, fallecido en mil novecientos noventa y dos.
El guión y la dirección corrieron a cargo de Julio Diamante, que también se detuvo en la figura del ángel, Pablo Galindo, así como en la amistad de éste con el obispo.
El esfuerzo de estos cineastas es digno de elogio, sin embargo, el mundo de emociones internas que se desprende de la lectura de las obras mironianas, convierte a éstas en novelas difíciles de adaptar al cine. Por esta razón, la experiencia cinematográfica del espectador, dista mucho del mundo de beldad narrativa que infunde al lector la palabra escrita por Gabriel Miró.
Mª José Arques