SONETOS DE SEPTIEMBRE
IV
Como un perro minúsculo, perdido
en algún punto de la noche, vengo
a tocar a tu puerta: yo estoy solo
y tengo hambre, ¿estás ahí, limosna?
La noche es grande, es grande: soy un perro
que ladra y no se escucha: no hay adónde
ir, adónde, a escarbar en el insomnio
un hueso malo, ¿entiendes tú el ladrido?
No estás ahí, no sabes esta sombra
que tu sueño vigila, no me has visto
ni escuchaste ladrar ningún fantasma.
Si has abierto la puerta, la cerraste.
Y yo, que estaba ahí, tampoco quise
entrar, sólo olfateaba lo que hay dentro.
V
Cualquier pretexto es una justa causa,
pero el agua que no podrás negarme
no es un pretexto ingenuo, sino el triunfo
sobre mi sed constante de belleza.
Tú agredes mi lugar, cruzas el bosque
pues sabes que el león está tendido
como un dios satisfecho -entre sus garras
yace un dulce venado, sangra un beso.
Y pasas por la noche, por la esquina
donde se juntan, frescas, las memorias
a conversar de mí: desnuda, pasas
y yo te visto de mi propia luna
o de una estrella triste, o del pretexto
que necesito como un vaso de agua.
VI
La ciudad me olvida. Dame un ángel.
Manuel González Busto
Si la ciudad te olvida, encuentra un ángel
bajo la última piedra de la noche.
Será un derrumbe triste. Será un bosque
donde el sueño es un álamo que cae
para siempre. (Ciudad que en sus ladrillos
no conserve tu amor, tú no la sientas,
déjala hundir su corazón de piedras
en la ciega escombrera de tu olvido.)
Pero a mí, que te aguardo -centinela
de la noche- alumbrándote sus calles,
rezando porque acudas, que no faltes
al bosque donde un álamo te espera,
a mí, que ya toqué todas las puertas…
Si la ciudad me olvida, dame un ángel!
VII
Tan ángel, tan verdad, tan evidente,
tan luminosa, tan redonda y pura,
tan gracia, tan estrella, tan locura,
tan dulce, tan fugaz, tan inocente.
Tan cruz, tan herejía, tan serpiente,
tan difícil, tan ciega, tan oscura,
tan estatua, tan nube, tan altura,
tan cruel, tan imposible, tan urgente
como un trozo de hielo al mediodía,
como la sangre al corazón con gana,
como la música melancolía,
porque yo sé que esconde la manzana,
porque su nombre es Eva todavía
y el Paraíso puede ser mañana.
VIII
Cuando vuelva a nacer, tendré cuidado,
cuidado de los ángeles pequeños
que vienen de jugar con otros sueños
y nos dejan, de pronto, sin pasado.
Yo, que mi nacimiento lo he soñado
no lágrimas, no grito, no violencia,
recién descubro que perdí inocencia
desde el momento justo en que he llegado.
Porque, cuando partí, yo no sabía
de un ángel que su paso apresuraba
midiendo el salto, adivinando el día
para caer, terrible y espantado
sobre mí, que temblaba, que temblaba…
Cuando vuelva a nacer, tendré cuidado.
IX
Ángel mío,
que ya casi a esta hora estás volando,
yo -que soy un diablo pobre- te concedo
la gracia de elegirme o destronarme.
Vete, pero no escapes: deja un trazo
de perfume, una sombra que me diga
hacia dónde partió lo que era mi alma.
Vete, pero dibújame una oveja
o un perro triste, o un cajón sin fondo
en el que pueda echar todos mis sueños:
soy un príncipe, y no tengo tus astros…
Ángel sin mí, mañana, cuando faltes
-cuando hayas elegido- en mis memorias
voy a fundar el reino de la ausencia
y pondré a toda soledad tu nombre.
(oración de Telémaco)-
…vengo navegando en un
barco sin puerto posible
el mar tiene un increíble
color de esperanzas y un
viento que gira según
la pobre vela soporte
nadie sabe qué resorte
mueve la inquieta marea
no importa la única idea
es el norte el norte el norte…
…pero el norte el norte gira
también con la pobre vela
y va escapándose de la
brújula inútil que mira
y entiende el norte delira
ojo adentro en su delirio
de olas el sol es un cirio
que en su luz última hiere
de norte a sur se nos muere
un barco
todo el delirio…