RETORNO


    De tu lado, Padre, siguiendo fugaz luz,
    partí buscando un horizonte incierto.
    Siempre de Ti lejos, seguí un camino extraño,
    hasta apagarse el último fulgor en el cielo.
    Tentaban los paisajes que nunca había visto,
    cantaban los pájaros despertando mis sueños;
    Y llegó la noche, sin luna, sin estrellas;
    noche del alma que engendra pena y miedo.


    En la honda soledad, sintiéndote lejano,
    me invadió la náusea y el temor de lo eterno.
    Pero llegó el día, y con la tormenta fuerte
    y la noche inmensa, se alejó, Dios, tu miedo.
    Volví a andar sin temor, bajo el cielo vacío
    que me recordaba tu existencia muy lejos.
    Llegué a la ciudad tentadora de piedra
    donde las mujeres de ojos dulces y buenos
    -el corazón podrido por el desengaño-
    vendían las breves delicias de sus cuerpos.
    Vinieron a calmar mi ansia, sin alivio,
    mi amargo corazón de infinito sediento,
    y, embriagado, olvidé mi existencia y la tuya,
    sintiendo la ilusión profunda de sus senos.


    Mas llegó la hora triste. Fui olvidado de todos,
    por la ciudad errante, con mi sueño protervo,
    entre los bazares que brindan sus promesas,
    tras las duras lunas que celan sus secretos.
    Entre gritos de guerra, vi cómo morían
    los hombres frente al cielo, soñando ser eternos,
    por ideas volubles y mundos aparentes,
    que arrastra, en su tormenta, sin remisión, el tiempo.


    Allí sentí la muerte rondarme constante,
    cantar en mi alma, gritar en mi cuerpo,
    bajo el aire perenne, como un muerto vivo,
    entre sedas azules y diáfanas de cielo.
    Como un vivo enterrado que fuertemente anhela
    romper, en su ansiedad durísima, este suelo
    con sus uñas inermes, ahogando su grito
    en honda agonía, infinita, sin tiempo.
    El alma más dura; la esperanza, agostada;
    la ilusión, agónica; el corazón ya seco;
    y el odio, encendido como un fuego en el alma,
    que en mi ser ha creado amargo sentimiento.
    Pero un día, Padre, huyendo de este mundo,
    te busque fuera, en el claustral silencio,
    de donde salí, el alma más inquieta,
    el pensamiento, triste; el corazón, sediento…
    ¡Pero nunca, por Ti herido, podría olvidarte!
    Te buscaba en todo sin yo pretenderlo,
    entre la niebla honda, entre la niebla oscura,
    en que se desvelan todos los objetos.


    Triste, enfermo, por la ciudad inhóspita,
    sintiendo en el corazón el desasosiego,
    me sentí solo bajo el agua y la nieve,
    teniendo el cielo por abrigo y por techo.
    Nadie me escuchaba mientras recordaba,
    tu nombre de Padre común, de Padre bueno,
    cargada mi alma con cien noches de pena,
    y mis ojos sin brillo, llenos de ansia y miedo.
    ¡Y me sentí solo, solo sobre la tierra!
    ¡Y para todo lo humano, se acabó, Dios, mi sueño!
    Volví a Ti, lleno de temor, pero Tú saliste
    a mi camino, para ofrecerme tu corazón, tu reino.