Reencuentro de madre e hija en toma del ‘Bronx’

Cuando Luz Nelly supo por la televisión que el Distrito se había tomado el ‘Bronx’ –ese deprimido sector del centro de Bogotá, a una cuadra de la Dirección de Reclutamiento del Ejército y a dos del comando de la Policía Metropolitana–, no dudó en salir corriendo a buscar a su hija.

La encontró dormida en una carreta, con la somnolencia que dejan años de inhalar pegante y de vivir entre la alucinación y la realidad.

Leidy creció como hija única, viendo a su mamá sobrevivir de las ventas en los buses y compartiendo incómodos cuartos. “Recuerdo que los policías le quitaban el plante. Sufría mucho por eso. Vivíamos cerca de la Caracas”, cuenta.

Las parejas de Luz Nelly eran consumidoras. Fue así como la pequeña Leidy tuvo el primer contacto con las drogas. “Mi segundo padrastro echaba bóxer delante de mí y siempre llegaba a agredir a mi mamá”, dice.

A los 11 años, Leidy comenzó a ‘capar’ clase para pedir dinero en los buses, que gastaba en marihuana. En esa época, ya era adicta al pegante. “Comprábamos bolsitas de 500 o 600 pesos –afirma–. Caminaba ‘pegantiándome’ desde el Cartucho hasta la avenida 19. Una vez apuñalaron a un amigo”.

La niña terminó en instituciones de recuperación, de las que huía. “De Villa Javier me escapé por ansiedad, amarrando unas sábanas. Allá supe qué era estar atada a la calle”, relata.

Leidy vivía unas épocas con su papá y otras, con su mamá. A los 13 años terminó trabajando en un semáforo de la calle 26. “Vendía bocadillos y mandarinas y tenía hartos amigos –dice–. Yo soy rebuena para tener amistades. Ganaba harto.”

Todo anduvo bien por unos meses, hasta que las peleas dentro de la familia de su papá la hicieron refugiarse en las malas compañías del barrio San Jorge. “ ‘Parchaba’ de 7 a 10 de la noche y otra vez comencé con la marihuana. Llegaba con los ojos chiquitos a la casa y con mucha ‘gurbia’ (hambre)”.

Leidy terminó inhalando pegante con un novio en las montañas del barrio Guacamayas. “Con la plata que recogíamos en los buses nos echábamos de a 5 o 6 tarros diarios. Estoy viva de milagro”, admite. A los 16 quedó embarazada y a los 17 tuvo su bebé. Ella dice que durante la gestación no consumió droga, pero después el Bienestar Familiar detectó fallas en el cuidado del bebé. “Me lo quitaron. No encontré ninguna salida. Lo perdí para siempre”, se lamenta.

Lo siguiente fue el peor capítulo. Leidy comenzó a prostituirse en el barrio Santa Fe. Así conoció el ‘Bronx’. “La plata que me ganaba me la gastaba en ‘bichas’ (droga). La vida allá es muy triste. La felicidad dura solo pocos minutos”, afirma.

En las sórdidas calles del Bronx, Leidy aguantaba hambre, hurgaba en la basura y dormía en el piso. Peor aún, comenzó a fumar bazuco, se hizo novia de un ‘jíbaro’ y expendió marihuana y pepas. “Llegué a vivir en Panadería, una olla en la 16, y conocí otras, como Nacional, Escalera y Mosco”, recuerda.

Así pasaron cuatro años de decadencia. “En esas calles picaron a mi mejor amiga por coger algo que no le pertenecía. La sacaron en bolsas”, dice. Ese largo capítulo se cerró el pasado 19 de febrero, día en que comenzó el operativo de la Alcaldía. “Sentí escalofrío. Todos los niños salieron corriendo”, rememora.

Un final feliz

Al otro día, todos los habitantes de la calle estaban confinados en la 16. Además de Luz Nelly, varios hombres y mujeres buscaban a sus hijos. Una mujer encontró al suyo cuando le mostraba la foto a un periodista. “En el parque del Voto Nacional se me acercó drogado y me dijo que no se sentía capaz de salir de la calle”, contó.

En otra esquina, Samuel Moreno sacaba fotocopias de las fotos de su hijo de 16 años para repartirlas en el sector. “Vive aburrido. Dice que su vida es la calle. Me dijeron que robaba celulares para drogarse. ¿Cómo dejan que los niños entren aquí?”, preguntó.

La única historia feliz de ese día de polvo y toneladas de basura fue la de Nelly. Apartando a los antimotines, gritaba: “Mi hija está acá”. Alguien le dijo que efectivamente conocían a la ‘indiecita’ y así fue como la halló. “Dios mío. Ella dormía dentro de una zorra”, se conduele.

Nelly acepta que la vida de su hija es resultado de días sin amor, de hambre, malas decisiones y pobreza. “No fui la mejor mamá, pero la amo. Pocos entienden el mundo en el que vivimos”, afirma. Desde hace 10 días, Leidy está en un hogar del Distrito, luchando con ese monstruo llamado ansiedad y soñando con un mundo perfecto, en el que ella es una ‘dotora’ y donde nunca perdió a su hijo.

250 millones de pesos invertidos

En casi 20 días de intervención se han entregado 16.000 refrigerios y albergado a 5.580 personas en ocho alojamientos. Se han identificado 437 personas que residen de manera permanente en el sector, de las cuales 215 viven solas y el resto pertenecen a uno de los 64 grupos familiares registrados.
Hay 32 niños y 69 personas mayores de 51 años.

‘Vamos a eliminar las terapias de choque’

Han sido diez las historias de personas que encontraron a sus familiares tras 20 días de acciones sociales en la ‘L’ del Bronx. “Aún no las tenemos sistematizadas, pero la idea es habilitar un espacio del reencuentro”, dijo la secretaria de Integración Social, Teresa Muñoz Lopera, que a pesar de las amenazas dice que no se va a ir del sector hasta terminar su tarea.

Los cambios irían más allá de llevarse a los habitantes de la calle a lugares de paso; también quiere cambios en estos. “Me he enterado de que en esos hogares estaban utilizando terapias de choque y eso tiene que cambiar. Creemos que hay otras formas de asistir que son más libertarias”, explicó. Según la funcionaria, estaban llevando a los adictos al extremo. “Los trataban como basura –agregó–. A una persona que ha sido vulnerada por la sociedad toda su vida hay que tratarla con amor, garantizarle su dignidad”. Muñoz ha visitado algunos hogares y está en la búsqueda de procesos diferentes. “Por ejemplo, miramos el programa del Hospital de Nazaret, en el Sumapaz. Los adictos son libres en el encierro y tienen una inmersión en el arte y la cultura”, contó.

Ella quiere trabajar de la mano con la Secretaría de Salud. “Tenemos que investigar cómo manejar la ansiedad de las personas adictas, de aquellas que ya están tan enfermas que no pueden vivir sin consumir”, añadió. Muñoz es partidaria de un cambio en la mentalidad de la sociedad, de manera que existan espacios de consumo controlado, para tratar, como enfermos, a los adictos. Cambiar la atención de los habitantes de la calle y sacar el negocio del microtráfico del Bronx son sus prioridades.

CAROL MALAVER
Redactora de EL TIEMPO