TIEMPO DE REFLEXIÓN

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No quiero utilizar a los muertos como estímulo para remover conciencias, ni a los vivos para recriminar conductas. Solo deseo, cuando la tragedia que padecemos nos está debilitando la mente, recuperar el tiempo perdido en banalidades y homenajear a quienes de verdad sufren y lloran no solo por el adiós de sus deudos (si es que alguno de ellos ha podido despedirse), sino también por los efectos derivados del comportamiento humano. Digo esto a tenor de lo que está sucediendo en las esferas políticas, en ciertos medios de difusión, redes sociales, y en infinidad de casos por la irresponsabilidad de quienes utilizan el móvil para promover situaciones políticas ventajosas. Unos por ideología y otros por hacer caso de lo bulos y necesidad de descargar su ira aventando falsedades, aprovechan el aburrimiento que les corroe para envenenar las conciencias que únicamente desean el restablecimiento de la normalidad. Whatsapp por estandarte de la ignorancia, desde el amanecer hasta más allá del tiempo normal de descanso nocturno, las hablillas, patrañas y memeces circulan a lomos de las ondas hertzianas para fastidio de quienes desean borrar insidias y dormir.

 

 Me pregunto, indignado: ¿No hay libros, bibliotecas virtuales gratuitas; música de cualquier clase y calidad a coste cero? ¿Escasean las películas en la TV? Sí, pero para muchos y muchas esta alternativa al aburrimiento no mola. Necesitan dar puntapiés a las conciencias y no nos queda más remedio que soportarlos por ser virus mentales necesitados de invadir las neuronas sanas o incontaminadas. La cultura les molesta; es el antídoto que neutraliza el veneno especulativo de los descerebrados. También el vomitivo que obliga a más de uno a desembarazarse de su mala fe. No pocos de ellos, incluso, envidian a los muertos; pero les faltan dídimos para emular a los vivos que, cansados de su existencia, optan por escoger la vía rápida. Bastantes de estos pobres seres satanizados son capaces de dañar al prójimo por pura diversión. Otros, porque las propinas de quienes desde la tribuna alientan la discordia, les favorecen. El caso es que, entre unos y otros, aunque sea con fines distintos, están emponzoñando una situación gravísima que debemos evitar. 

 

 Sería una necedad creer que el Gobierno lo ha hecho todo bien; pero de igual manera, pensar que su labor ha sido nefasta. En una situación como la que estamos viviendo, con la normal inexperiencia para afrontar una pandemia de proporciones insospechadas, faltos de medios humanos, de hospitales, de material sanitario; fustigados por el hábito de frecuentar playas, consumir en las terrazas de los bares; en el caso de la cultura mediterránea, la proliferación de besos, estrechamiento de manos y, en definitiva, necesitados del contacto corporal, confinar a la ciudadanía conlleva respuestas negativas además de gestos humanizados con fines neutralizadores entre la rabia y el deber. Pero ¿cómo es posible escapar de la trampa tendida por la imprevisión? ¿De qué manera se pueden burlar los efectos de los constantes recortes presupuestarios para la investigación y ciencia, imprescindibles para el buen funcionamiento de un país progresista, y de la creciente privatización de la sanidad y la educación? ¿A qué gobiernos atribuimos estas carencias? ¿Al PP, al PSOE? Mejor será echarles la culpa a los comunistas de Podemos, únicos cofrades de la Cosa Nostra política que están hundiendo el país. Entre tanto (adelante con los faroles), los de siempre se forrarán los bolsillos con la guata de las prebendas y canonjías. ¡Arriba España!