LA PAJARRACA

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Ahí está ella: expectante, atenta al menor descuido, dispuesta al ataque. Su objetivo dista de centrar la atención en la juvenil explosión de júbilo, en su dinamismo y desprecio al temor. Prefiere la carne putrefacta, carroña del tiempo. Me ha elegido como modelo de sus apetencias. La comprendo, mas desprecio sus intenciones escatológicas. Me defenderé con el estilete del aprecio a la vida, motor de mi verdad. Si quiere guerra, la va a tener. Si paz, que la busque donde la ignorancia cede el mando a los corruptos, a la mugre, a la rapiña. La rapaz y yo nos conocemos y nos respetamos, al tiempo que, en las laudas del camposanto, los duendecillos de la noche escriben epitafios por si acaso los vivos los necesitan.

 

 Sé que cuando todo haya concluido y la mascarilla ceda el paso al carnaval, yo, todavía atento por si las moscas, por si acaso (más vale prevenir…), seguiré escrutando el cielo nocturno, la parra y el olivar en prevención del autillo, del búho o del mochuelo. Porque ni de los arrendajos me fío. Prefiero la vigilancia. Aunque siga recluido en los límites marcados por la prudencia, protegido por las oraciones cósmicas, por mis plegarias al cielo. Sin miedo, mas ojo avizor. No sea cosa que algún apasionado de la tarantela napolitana nos traiga a los viejos la sombra viral de algún espécimen resentido. Los jóvenes, siempre dispuestos a obtener de la vida sus dones, seguirán buscando los besos y abrazos; bucearán en los abismos carnales y se divertirán mostrando a las damas su virilidad. Yo, viejo octogenario sin otro poder que el del grillo, con mis élitros entonaré coplillas a la noche. Ya de día, me vestiré con las galas del alba para esperar el trino del jilguero enamorado. Esas, unidas a mis libros, música y redacción, serán las armas que utilice para vencer a la pajarraca.

 

 Todavía no he entregado el testigo a mi futuro sucesor. Respiro los efluvios del atardecer y el ocaso me regala fragancias orientales, vigorosos recuerdos de mi niñez y loas que encaramo al árbol de la existencia, la de todos y de todas, al frondoso carrujo donde las abejas endulzan nuestro destino; y me dejo llevar por la poesía del cielo estrellado, de la mar en calma, de la sedancia emanada de las rosas, mientras la pajarraca levanta el vuelo y chilla… groseras intenciones que despiertan todas mis alertas. Porque soy viejo. No “mayor”, para minimizar la decrepitud: viejo, pero con ganas de seguir dándole árnica a la rapaz. Que se muera ella, que los tiernos brotes de la existencia me regalen siquiera sea cinco minutos más para dar gracias a la vida por haber nacido, aunque haya sido para espantar a la pajarraca. 

 

César Rubio Aracil