CUANDO LLEGUEN LOS DUENDES En el día de mi cumpleaños (55), hoy 12 de enero de 2006, a mis adorables y eternos abuelos, in memoriam… Luigi abrió los ojos y un cielo negro y brillante le mostró el camino. Memo, parecía dormitar. Los prados artificiales de las afueras de la
Cuento
CUANDO LLEGUEN LOS DUENDES
En el día de mi cumpleaños (55), hoy 12 de enero de 2006, a mis adorables y eternos abuelos, in memoriam…
Luigi abrió los ojos y un cielo negro y brillante le mostró el camino. Memo, parecía dormitar.
Los prados artificiales de las afueras de la colonia modular, le ofrecían el mejor de los escondrijos para soñar -como los otros niños- con la mañana, y con aquella estrella que no titilaba, allá, muy lejos de sus pupilas celestes…
La Colonia
La quietud de la noche mostró a las dos lunas reflejadas en el cristal que acampanaba el valle de los hombres, protegiéndolos del frío de ese silencio oscuro que comenzara a envolverlos…
Las lunas, oblongas y blancas, presidían el rutinario velar de la colonia, entibiando su hondonada con tímidos reflejos.
Era la noche sobre las colinas azules, y el pozo ébano de la llanura viviente, circuido por ellas, dormía sus sueños de conquista a la espera de imposibles regresos…
Dormían los hombres. Y las mujeres. Y las máquinas casi humanas que convivían con ellos.
Dormían los hombres y las mujeres y las máquinas, pero los niños no; excepto uno.
Los niños estaban despiertos; excepto uno, esperando el día…
No había ruidos en aquel lugar. Ningún ruido. Sólo la acompasada respiración de Memo enrollado en una gruesa manta, y el sonido acezante que las ideas de Luigi dejaban escapar en trémulos suspiros.
Los ojos del niño se entrecerraron al desviar la mirada. A un kilómetro estaba su hogar: en aquella caja blanca y plástica que lo viera nacer…
Supo que amaba a su ciudad, y a su gente joven, tan particular. Todo estaba claro para sus diez años. Sin embargo, aquella noticia lo había trastornado. A él y a los demás niños.
Un poco más a él, porque había sido el primero en enterarse. Su padre trabajaba en el Centro de Datos de la Colonia. Era el hombre mejor informado de la ciudad y formaba parte, además, del Consejo Gobernante.
Luigi confiaba y creía en su padre como cualquier niño puede y debe confiar en el suyo. Por eso se había mantenido sereno. Junto a ellos vendría un cúmulo de promesas novedosas, de ternuras insospechadas, de vivencias jamás soñadas…
Pero se trataba de algo extraño. Nunca visto.
Más allá estaba Memo, su amigo. Memo tenía su misma edad pero semejaba un adulto. Tenía una inteligencia especial para captar ciertas cosas.
