Argentina después de la tormenta

Luego de una crisis sin precedentes entre el sector del campo y el Gobierno, Argentina tiene una posibilidad

Tribuna cultural

El Gobierno equivocó la estrategia: si enviaba desde un principio al Congreso el pliego de las retenciones móviles es muy probable que Diputados y Senadores lo aprobasen sin enmiendas. La soberbia hizo que Cristina Fernández de Kirchner deseara imponer su voluntad (y la de su marido Néstor) por fuera de la Constitución. Obligada por las circunstancias, y de manera condescendiente y tardía —habían transcurrido tres meses y medio de crisis— la Presidente envió el tema al Congreso.

Ganó 129 a 122 en Diputados, y perdió 37 a 36 en el Senado. Game over.

Argentina después de la tormenta

El Gobierno equivocó la estrategia: si enviaba desde un principio al Congreso el pliego de las retenciones móviles es muy probable que Diputados y Senadores lo aprobasen sin enmiendas. La soberbia hizo que Cristina Fernández de Kirchner deseara imponer su voluntad (y la de su marido Néstor) por fuera de la Constitución. Obligada por las circunstancias, y de manera condescendiente y tardía —habían transcurrido tres meses y medio de crisis— la Presidente envió el tema al Congreso.

Ganó 129 a 122 en Diputados, y perdió 37 a 36 en el Senado. Game over.

El lapso entre el comienzo del conflicto y su final en el Congreso significó que la ciudadanía se involucrara y tomara partido. Al comienzo nadie sabía lo que significaban las retenciones. Al final, una mayoría (tanto los que votaron a favor como los que lo hicieron en contra). Esto es positivo en un país acostumbrado al facilismo de delegar decisiones en otros.

Después de mucho tiempo, además, el Congreso tuvo que trabajar y los legisladores debieron posicionarse y argumentar y, en muchos casos, “dar la cara” a la comunidad que dicen representar.

Estos cuatro meses fueron cruciales, y posiblemente definan un antes y un después. Por lo pronto el Gobierno ahora sabe que la ciudadanía sabe y que el campo sabe. El Gobierno ahora sabe que los votos automáticos y la obsecuencia no siempre reditúan, y que aún en los casos más indignos de sumisión a la autoridad (o a los “pesos”) hay quienes pueden pensar por sí mismos y dignificar el cargo para el que fueron investidos por la ciudadanía.

El Gobierno ahora sabe que no perdió por el voto del vicepresidente Julio Cobos, sino por la increíble suma de errores, prepotencia e ignorancia que acumuló en un puñado de días.

Horizonte cerrado

Algunos deberían dar explicaciones. Los senadores Ramón Saadi y Ada Maza, en primer lugar, cooptados bochornosamente por el Ejecutivo para que modifiquen su voto. Y los intelectuales que abrumaron con un discurso crispado, repartiendo culpas y denuncias por doquier y autoerigiéndose en estandartes de una moral meliflua, que no vacilaron en tratar de golpista y oligarca a un campo que es demasiado amplio y complejo como para reducirlo a dos o tres adjetivos de barricada.

Hay sectores del campo que en otros momentos del país apoyaron golpes militares, ciertamente, pero ese campo no es el de ahora. Ni todos los trabajadores del campo son terratenientes: hay pequeños, medianos, grandes y muy grandes. Hay gente de campo que arrienda tierras porque no las posee.

Que se haya agrupado esta gente de perfiles disímiles con un objetivo común, y que hayan recibido el apoyo de sectores de la sociedad que habitualmente desconocen lo que es el campo y ocupan su tiempo en otras cosas, ya debería haber alertado al Gobierno. Pero la cautela, en el manual kirchnerista, es para los débiles.

No apreciar las diferencias que anidan en la welstanchaung “campo” (una construcción intelectual, en suma, y como tal artificial) trasluce una ceguera inconcebible, que lleva a extremos de penosa estupidez. El Gobierno hasta se jactó de su propia ignorancia: «Puedo dar clases de vacas y soja», argumentó graciosa la Presidente mientras el Congreso debatía.

Pero nadie le pidió pedagogía, sino lisa y llanamente que gobierne para todos los argentinos (como gusta de pontificar desde al atril) y no para un grupo de sumisos que lucra con la necesidad ajena mientras engorda el bolsillo propio: las retenciones, al no ser coparticipables, sirven exclusivamente para alimentar la caja del Gobierno, que utiliza ese dinero discrecionalmente en beneficio propio, comprando voluntades y premiando obsecuencias.

El horizonte que se vislumbra en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires está fragmentado por edificios, vías y villas miseria. El de provincia es mucho más dilatado, lleno de vacío y espacios abiertos. La diferencia no es inocua, por más que en provincias también haya ciegos voluntarios que observan al mundo con anteojeras de caballo.

La imagen puede resultar bucólica, pero también gráfica: alude a una forma, un concepto por el cual el porteño medio se considera el ombligo del mundo y donde todo gira alrededor del obelisco. El país, sin embargo, como bien descubrió Martín Caparrós, se extiende mucho más allá de la avenida General Paz, y difiere sustancialmente de lo que el ciudadano de la Capital Federal imagina.

La miopía del dueto gobernante no puede adjudicarse, evidentemente, a su falta de perspectiva en una provincia que carece no sólo de límites, valga la figura, sino también de habitantes, pero cabe mencionar un matiz que suele pasar desapercibido: Santa Cruz no es agrícola, sino minera y pesquera. Minería y pesca, en Argentina, no sufren retención alguna.

Falacias y lenguaje

La violencia verbal surgió, primero, del Gobierno. Luego los intelectuales más obsecuentes se allanaron a ese estilo impúdico y lo fijaron desde sus artículos y columnas de opinión.

En lugar de serenar y orientar la discusión en un terreno racional, la Presidente esgrimió una parafernalia lingüística que exacerbó los ánimos: «piquetes de la abundancia», «las cuatro por cuatro», «ese yuyo que crece solo» (por la soja; «yuyo», según el Diccionario del habla de los Argentinos de la Academia Argentina de Letras, es «hierba inútil»), y ya luego del desempate, la perlita: «A los traidores, ni perdón».

Además, sectores oficialistas exhumaron el lenguaje faccioso de los setenta, hablando de “gorilas”, “enemigos”, “vendepatrias”, “grupos de tareas”, “comandos civiles”, instaurando un revival grosero y fundamentalmente falso.

El Gobierno peronizó la protesta de un sector que, en buena medida, pertenece a ese partido. De hecho Cristina Fernández ganó las elecciones con el voto del campo. Establecer entonces la dicotomía “amigo-enemigo” cuando se trata del propio sector, si bien es un ardid propio del justicialismo, en cierta coyuntura es también un suicidio.

La votación en el Congreso terminó mostrándolo en forma elocuente: sectores no sólo peronistas, sino de la misma línea que la Presidente, el Frente Para la Victoria, votaron en contra. El hastío sobre un modo de hacer política cunde.

Horacio Verbitsky, fiel a su papel reciclado (de conducir ideológicamente a Montoneros y seleccionar sus objetivos civiles y militares, a asesorar al Gobierno K), abundó con tono medido pero conceptos erráticos en una entrevista complaciente que Rosario Lufrano (rostro visible del oficialismo en Canal 7) le hiciera mientras se debatía en el Congreso. Mempo Giardinelli, en el colmo de la tosquedad intelectual, llegó a asegurar que si ganaba el campo este sector pediría la renuncia de la Presidente (cfr.

Diario “Página/12”, 15/07/2008). Nada más ajeno a la realidad: fue el mismo Gobierno quien el jueves 17 evaluó la posibilidad de una renuncia orquestada para provocar masivamente el apoyo popular y mejorar una imagen que todas las encuestas dan en su nivel más bajo. Por suerte supieron frenarse a tiempo. La debacle que la maniobra hubiese generado habría tenido final incierto y el riesgo institucional (ahora sí) se habría disparado.

No hay que olvidar que el lenguaje no es inocente (menos cuando lo esgrimen periodistas y escritores), y que cuando ciertos sectores oficialistas machacaban con la posibilidad de un golpe de estado estaban en realidad fomentando la paranoia y la violencia y creando las condiciones necesarias para que algún bárbaro encendiera la mecha. A estos señores les cupo mayor responsabilidad, y deberían dar mayores y mejores explicaciones a una sociedad harta de violencias, mentiras, desprecios y manoseos.

¿Dónde están los “golpistas” de los que escuchamos hablar durante cuatro meses? Ningún argentino atentó contra la democracia. Al contrario, el sector del campo (que se equivocó al bloquear las rutas, pero era lo único que le quedaba hacer después de meses de infructuosos reclamos) bregó desde un comienzo por un debate civilizado en el ámbito adecuado para ello, según el sentido común y la Constitución: el Congreso de la Nación.

Y ese sector fue sistemáticamente burlado por el Gobierno con reticencias, promesas vacuas y sorpresivos cambios de horarios en reuniones ya pactadas, marchas y contramarchas que tendieron a ganar por cansancio antes que generar respeto y consenso. La intransigencia del Gobierno hizo el resto. Néstor Kirchner quería ver al campo «de rodillas» (sic). Sin embargo fue él quien, luego del desempate del vicepresidente Julio Cobos, no hizo declaraciones.

Al emitir su voto Cobos pidió disculpas si se equivocaba, y dijo que la Historia lo juzgaría. Ineludiblemente juzgará a otros, también, que durante cuatro meses azuzaron y agredieron irresponsablemente al campo y a quienes lo apoyamos.

Un documento

El problema es que la virulencia prolifera aún después del Congreso. El país se mantiene escindido, como si los legisladores, sea a favor o en contra del Gobierno, no hubiesen realizado su trabajo: evaluar y votar. ¿Qué se esperaba que hicieran? Deberá transcurrir un tiempo para que todo se aquiete, pero no deja de llamar la atención el nivel de hostigamiento alcanzado.

Y en esto le cabe la principal responsabilidad al Gobierno, que es por derecho, obligación, lugar que ocupa y simplemente por contar con las herramientas institucionales adecuadas quien más debe velar por la seguridad y la tranquilidad del país todo con un discurso apaciguador. La Presidente en cambio ironizó sobre «los que no comprenden», esos a «los que hay que darles tiempo para que lleguen».