¡Mentira! ¡Mentira cochina! Utilizáis a España para vuestros fines. Ni siquiera tenéis el pudor de incrementar vuestros salarios transcurrido un tiempo prudencial, después del ajetreo electoral. “¡A por ellos, que son pocos y cobardes!”. Sin siquiera comparar el jornal de un albañil, la prima de un pescador en la mar grande o la miseria salarial de un temporero con los indecentes incrementos de vuestras retribuciones. Por eso mismo condenáis las huelgas; porque no necesitáis arbitrios para obtener haberes indecorosos, además de injustificables primas, prebendas y canonjías. “¡Amáis a España!” y os enfundáis la bandera a modo de trapo cobertor de vuestra impudicia.
Lo siento por mí, que en estos momentos estoy que trino y mi sanctasanctórum ha sido invadido por mil y un demonios. Sin embargo, vosotros, patrioteros y salvadores de chicha y nabo, enmudecéis cuando el empresariado pugna por incrementar la edad de jubilación y por reducir la indemnización por despido. Tampoco le preguntáis al ilustre señor Feijóo qué significa eso de prometer una pensión “sostenible” a los jubilados; ni le ponéis pegas a los repugnantes bulos con que se envenena la paupérrima formación política e intelectual de la mayoría de españoles. Sí, de ciudadanos educados al socaire de los vientos progresistas.
Por España y para España, sí, pero sin los españoles; o al menos al margen de quienes algún día, Dios no lo quiera, puedan incluso empuñar las armas en defensa de vuestro podrido ego. Miserables quienes de tal manera os comportáis. Claro, ni tan solo uno de vosotros estáis dispuestos a, mano sobre el pecho, entonar el mea culpa que os enseñaron cuando lo del catecismo. Porque Dios os importa lo mismo que a mí vuestro hipócrita servicio a la Patria.
No deseo incurrir en perjurio. Por eso no juro ante Dios que en adelante habré de ser tan perverso como vosotros, quienes os merecéis las más duras diatribas. Sé que mi arrebato en estos momentos no podría sostenerlo, porque no soy de vuestra calaña; pero sí que estoy dispuesto a ser uno más de los pocos que se atreven a deciros: ¡Miserables!
Pido perdón a los políticos honestos, que también los hay, si por diversas circunstancias han tenido que incrementar sus retribuciones. También ellos conocen cuál es la dimensión de la podredumbre que asola la formación política a la que pertenecen. ¡En todas!, entiéndase bien; porque, por desgracia para el prestigio de la humanidad, cualquier partido, entidad estatal u otra institución, está compuesta por hombres y mujeres. Y aunque sea predicar en el desierto, le suplico a todo dios que analice a su manera cuál es la situación económica, cultural y política de España. También, a quienes se ocupan en divulgar bulos, que pienses en los efectos de su dogmatismo. Amar a España no significa obedecer consignas emanadas del submundo de la mentira, sino velar por el interés comunitario y dignificar la bandera no como un trapo cualquiera, sino en calidad de símbolo de amor y concordia.
Ya aplacada la irá que me ha impulsado a denigrar a tirios y troyanos, al menos por estética literaria vuelvo a pedir disculpas; pero sin retirar una sola coma capaz de reducir mis acusaciones a tanto hideputa como transita por la política de jauja. ¿Se me entiende? Pues eso.