Los nacionalismos son a la unidad de los pueblos lo que las religiones monoteístas (sólo por citar las más importantes) representan respecto a la búsqueda de un Dios único: cada credo defiende a su Dios, y por su Dios -el dólar- tortura, propicia el hambre de los pueblos y asesina sin piedad.
Desde esta visión política quiero alertar al lector. La física cuántica halla en el átomo una asociación corpuscular (electrones, protones y neutrones) que estabiliza la materia en base a sus principios conocidos. Luego vendrán los enlaces químicos que unirán los átomos a las moléculas, y éstas, debidamente asociadas, conformarán los sólidos orgánicos que otorgarán vida consciente, e inconsciente (cualquiera sabe), a determinados elementos constituyentes del universo. ¿Qué quiere decir todo esto en relación con la política? Veamos.
Si clérigos y políticos fuesen seres sensibles a las necesidades humanas, no habría en el mundo más bandera izada que la de la paz y la concordia, ni más Dios que la tolerancia aplicada a la diversidad de las creencias. Con esto no quiero decir -sería ingenuo por mi parte- que desaparecerían los odios sobre la faz de la tierra; pero sí que, a más alto nivel de conciencia, la sociedad mundial impediría las guerras y atemperaría los rencores. Seguiría existiendo el egoísmo, aunque no con la desmesura de hoy. Sólo la justa ambición natural, necesaria para conservar la especie.
¿Qué representan los nacionalismos en comparación con los sistemas atómicos? En mi opinión, la rebeldía política a formar parte indivisible de la unidad total. ¿Cómo podríamos alimentarnos si la química orgánica estuviese supeditada a la voluntad egoísta de los átomos libres? ¿Podrían existir las complejas moléculas en las que los carbohidratos, los aminoácidos, los lípidos y los minerales forman parte indispensable de nuestro sustento? En vez de pan comeríamos, como bien expresa nuestro buen amigo Meria, «mierda marrón».
Decía Hermes Trismegisto en su famosa «Tabla Esmeralda»: «Lo que está abajo es como lo que está arriba». No soy quién para enmendarle la plana a tan notable alquimista. Sin embargo, estimo que no tuvo en cuenta la virulencia nacionalista. Lo que está «arriba» obedece las leyes universales; de ahí que potentes agujeros negros se traguen fabulosas galaxias enteras sin hacer caca. Pero no sucede lo mismo en la tierra puesto que ciertos políticos disgregadores, considerándose «estrellas de neutrinos», se convierten en potenciales agujeros negros dispuestos a colapsar la unidad de los seres inteligentes. «Divide et impera», reza la máxima política enunciada por Maquiavelo. «Disce pati, si vincere voles» (Aprende a resistir, si quieres vencer), propongo desde este artículo a las personas conscientes del inmenso valor de la unidad.
Los nacionalismos son una lacra. Un lastre que los EE.UU. de América fomentan cuando les conviene, e invalidan con las armas o con malas artes cuando les es de provecho propio. Por eso pienso que los políticos nacionalistas triunfadores, los que logran dividir un territorio, están obligados a tributar de manera ignominiosa al padre Bush, o al que mande en el mundo y sobre el mundo en cualquier momento, porque lo que realmente les interesa es sentirse reyes. Y quien aspira a ser rey es porque acepta tener plebeyos que le obedezcan.