Las ratas
Vienen del albañal de los Franciscos.
Son voraces y turbias y membrudas.
Por los bancos del prebisterio,
por las rendijas de las tumbas,
desde el armonium de Santa Cecilia,
voraces y velludas,
hasta el tirso de las azucenas
de San Luis Gonzaga, pululaban, rotundas.
Asomaban sus pelajes verdes
en las tardes de lluvia,
en los días de sol y de fiesta,
en las noches desnudas…
Llegaban las ratas…
Se escondían entre las casullas,
entre las capas de brocado,
entre los ornamentos… Son inmundas:
se comen las reliquias sagradas,
los códices y los Evangelios,
las formas consagradas… Son oscuras,
son horripilantes y obscenas.
Llegan del Más Allá, de la ultratumba.
¡Vade retro, Satanás! – les dice
el Padre Bellod, y las azuza
para que nunca más se le aparezcan,
para que nunca más acudan
a sus sueños de miedo y de zozobra,
a sus temores y sus dudas,
a su pavor y su delirio,
a sus noches de calentura…
Que se asomaban sus pelajes verdes,
y son demonios, trasgos que lo asustan,
presencias que le hablan de la muerte,
sensaciones confusas,
presagios misteriosos e imposibles
que nunca disipar consiguió nunca…
Así, en Nuestro Padre San Daniel lo cuenta
Gabriel Miró. Lo expresa con finura,
con la ternura casi franciscana
que su prosa rezuma.
Francisco Alonso Ruiz