La opulencia ignorante

Ciro Alegría, que tenía  esa grandeza conmovedora de un maestro de escuela, defendía como Montagne la tan difícil de entender sabiduría de los ignorantes, o lo que los ilustrados llamaban la bondad natural del buen salvaje; y se solidarizaba con esa cultura incipiente, muy inorgánica, e incapaz de vivir todas las Patrias, como soñaba Arguedas para todo hombre no embrutecido por el egoísmo. Desconocía, sin embargo, que esa sabiduría tradicional, instintiva, sin padre inmediato, es un poder desconocido, que a veces se pierde, como tañido de campana, cuando el hombre considera la riqueza como entelequia sustitutoria de la cultura, y es envilecido por la ignorancia y la  opulencia.


La rebelión de los pobres registrada a partir de 1940 en Sudamérica, y fundamentalmente en el Perú, bajo los soportes emblemáticos de esa sabiduría instintiva producida por la necesidad de los marginados, que migraron en masa del campo a la ciudad, produjo por eso un fenómeno social de incontrolables dimensiones.  Pero también, advertida o inadvertidamente, una amorfa cultura con su incultura, que ha competido con los modos de vida de individuos de gran conocimiento, que actuaron con malevolencia al haber dejado que la ignorancia invada como forma de conducta el territorio de su intelectualidad. Ese quebrar estructuras y romper esquemas, generó una clase media conservadora, que simplemente trabajaba para sobrevivir y capear el temporal de la miseria, pero también dos tipos de opulencia: una ignorante y rastrera, peligrosa y vanal; y otra altruista y virtuosa, humanitaria y consecuente, que en ningún momento renunció a esa reserva moral que trajo desde los pueblos más humildes de la patria.


No hay datos estadísticos para establecer cuántos ignorantes adinerados existen en el Perú o cuántos ricos altruistas o virtuosos; ni podríamos basarnos para su cuantificación, en los índices de analfabetismo confirmados: no todos los analfabetos son opulentos y la ignorancia no se circunscribe exclusivamente a ellos ni a ese producto tardío que es la instrucción o la educación; y no todos los ricos son ignorantes o no todos han ido mas allá del territorio de la malevolencia.(“No todas las serpientes ni todos los hongos encierran ponzoña mortal”, decía Ingenieros). Pero los hay.


Se podría alegar que la ignorancia ya no ronda la opulencia; que el rico dejó de ser ignorante cuando aprendió a manejar los resortes de su riqueza. Pero eso es relativo, desde el punto de vista de la conducta, por que la ignorancia sola es a veces generosa y anodina y la opulencia puede llegar al altruismo y la filantropía, pero juntas son muchas veces una alianza para el envilecimiento.


Los filósofos sostienen que vestir a un ignaro con el ropaje de la ilustración es, como diría Marcos (2:2l-22), “echar vino nuevo en odres viejos: el vino nuevo rompe los odres, y el vino se desparrama y los odres se pierden; o como poner  remiendo de paño nuevo en vestido viejo; el mismo remiendo nuevo tira de lo viejo y se hace peor la rotura” y que puede pasar lo que Tito Livio y Plinio cuentan que le pasó a Tulio Hostilio, que intentando producir la descarga eléctrica según las fórmulas de un manuscrito de Numa, cayó fulminado al no saber evitar las consecuencias del choque por retroceso.


El ignorante con plata es un personaje típico de ese capitalismo ciego y sórdido, ajeno a toda elevación intelectual y moral, y uno de sus productos culturales más grotescos. Pero también existe, en forma  parasitaria, en la sociedad socialista, en donde el Estado, exclusivo productor de bienes monopoliza el comercio y prohibe toda especulación económica de carácter privado.


Parte de la descripción que José Ingenieros (1) hace del hombre mediocre, cae en cierta forma al adinerado envilecido, pues “hace mal por imprevisión y por inconsciencia; traiciona por descuido; compromete por distracción; es incapaz de guardar un secreto. No asciende a la idea ni concibe el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y sólo llega al chascarrillo. Tiembla ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa gracia del espíritu que es la paradoja.