COLORES POLÍTICOS Y BANDERÍAS

… y mientras tanto, España no cuenta. No cuenta, decimos, porque implícito en el sentimiento patrio hay algo sumo, según dictamen de ciertas mentes preclaras, que fundamenta el devenir gubernamental de nuestro país. Sin poner en duda los valores éticos de nuestros semejantes, y aún menos de quienes, dada su clarividencia, son merecedores de respeto y admiración, no es fácil confiar en el elevado rango de conciencia política necesaria para regir una nación como la nuestra, donde las continuas cuchilladas al adversario demuestran lo contrario. ¡No lo podemos creer! Lo digan los ilustres o la madre que parió a la cordera.

Precisamente en estos cruciales tiempos, cuando a vistas claras ciertos dirigentes de Podemos están poniendo en peligro la puesta en marcha de la unidad de las izquierdas, hablar sobre sentimiento patrio causa cólera; pero no sólo el comportamiento de la citada formación. ¿Acaso el proceder del Partido Popular puede avalar el criterio de quienes, mentes preclaras o sabios del cucurucho, confían en el sentimiento patrio? ¿Con VOX en calidad de aliado se puede gobernar con acierto? ¿Con la señora Ada Colau imaginando reparto de poder municipal en manos de distintos alcaldes y en una misma legislatura? No habiendo nadie capaz de ceder su puesto político para configurar la necesaria e imprescindible unidad de España, ¿adónde queremos ir?

Los rescoldos del franquismo siguen brillando. Millones de españolas y españoles enfrentados iluminan los deseos groseros de quienes nos gobiernan, nos han gobernado y nos gobernarán en adelante. Mientras persistan las batallitas sociales y en el Parlamento suenen aplausos, vítores, voces agrias e incluso ciertos alaridos satánicos, la imagen de la discordia seguirá viva. Siento decir que el comportamiento político de la sociedad respecto a la dirigencia tiene cierta semejanza con el alabeo y comba de una mujer bonita. Parecen estar enamorados de las formas y modos del dirigente de turno. Un considerable número de votantes fanatizados, hijos de la ignorancia, defienden a ultranza una idea, una postura o un dictamen de quien se siente encumbrado; pero sobre todo cuando se trata de salvaguardar el espíritu de la bandera. Como si la veneración a la enseña supusiera una obligación. En mi criterio, basta con profesarle el respeto que demanda la mayoría y, al menos por educación, no ofender a quienes la idolatran. Del mismo modo, también a los exaltados convendría recomendarles que no la utilizasen para ocultar su egoísmo, impiedad ante la miseria humana y defensa de intereses fraudulentos, que de todo hay en la viña del Señor.

Lo que se nos avecina no es en absoluto agradable. Si bien España no es una nación modélica en cuanto a la distribución de la riqueza se refiere, al menos quienes la poblamos deberíamos centrarnos en la justicia distributiva, en la defensa de los logros conquistados, sean por parte de la Derecha o de la Izquierda, sin olvidar qué partido político es capaz de aumentar los beneficios económicos y sociales de los más necesitados. Teniendo en cuenta las tendencias de cada formación, es fácil colegir dónde se encuentra el padrecito de los humildes; pero hasta éstos optan por lo menos conveniente, teniendo en cuenta los votos obtenidos por VOX, incluso en ciertas áreas andaluzas donde la miseria se centra año tras año en épocas de recolección agrícola.

Lo auténticamente triste no consiste en quién ganará las próximas elecciones. Legislatura tras legislatura el reparto de poderes ha estado más o menos equilibrado, pero en esta ocasión la participación de VOX supone un grandísimo peligro. Un partido que pretende negarles a los sin papeles la asistencia médica pública debería quedar eliminado de la nómina política; es sólo por poner un ejemplo, uno nada más de los múltiples que “atesora” en su haber; porque el Partido popular no se atrevería a tanto, aun a pesar de que lleva años intentando liquidar la Sanidad Pública en favor de la privada. ¿Queda claro, pues, cuál habrá de ser la responsabilidad de la ciudadanía a la hora de votar?

Dejemos al margen de toda esta reflexión el colorido político y la bandería. España necesita una profunda reflexión por parte de los votantes.