El camino a los altares de la madre Laura

La mamá no quiso verla cuando nació. No era capaz de mirar a los ojos a ninguno de sus críos sin que antes recibieran el sagrado sacramento del bautismo. Por eso, a las cuatro horas del parto, Dolores Upegui envolvió a la recién nacida en una manta y salió con ella rumbo a la iglesia principal de Jericó, en el suroriente de Antioquia, ubicada a tres cuadras de su vivienda. (Lea: La ruta de la primera santa colombiana).

–¿Qué nombre le van a poner a la niña? –preguntó el cura.

–¡Dolores, como la mamá! –respondió Juan de la Cruz Montoya, el padre.

–No, ¡Leonor! –intervino la madre.

–Ninguno de los dos. Se llamará Laura, sentenció el sacerdote.

–¿Laura? ¡Pero ninguna santa se llama así! –refutó el católico progenitor.

–Pues esta niña está llamada a ser santa. Será santa Laura –puso punto final el cura y la bautizó María Laura de Jesús Montoya Upegui.

Ahí, sobre una pila bautismal de piedra que se conserva en la casa donde nació, en Jericó, comenzó el camino a los altares de la que será la primera santa de Colombia. Así lo narra la hermana Magnolia Parra, encargada del museo en el que hoy está convertida la vivienda donde Laura llegó al mundo el 26 de mayo de 1874 y que es recinto de romería para sus devotos.

Ese llamado a la santidad al que hacía referencia el sacerdote que la bautizó fue confirmado por el papa Benedicto XVI el 11 de febrero pasado, cuando anunció su fecha de canonización: el 12 de mayo. “Benedicto XVI es devoto de Laura, la quiere mucho”, considera la hermana Ayda Orovio, superiora de las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena, nombre de la congregación fundada por la educadora y religiosa antioqueña. Si Benedicto se hubiera marchado sin concretar ese asunto, el proceso de Laura –que fue instaurado en el Vaticano en 1960– podría haberse aplazado, incluso, varios años.

Pero es un hecho. Colombia, un país histórica y mayoritariamente católico, por fin tendrá a un santo propio para rezarle. En la emblemática plaza de san Pedro, en el Vaticano, el recién elegido papa Francisco le anunciará al mundo que la colombiana Laura Montoya se ganó un cupo en el santoral del cristianismo.

Ese día, una vitela de cinco metros con su imagen será descolgada en las paredes de la Santa Sede. ¿Pero por qué es santa Laura Montoya? Responde la hermana Ayda: “Por ser dueña de una fe en Cristo a prueba de todo, les entregó su vida a los más explotados y despreciados de la época: los indígenas; fue mística y escritora, y fundó una comunidad de misioneras que hoy ayuda a los más pobres y marginados de 21 países”. Por eso. Y por los milagros que, como todo santo, ha concedido y de los cuales varios han sido certificados por el Vaticano. Uno de ellos, el más reciente e impresionante, el del médico paisa Carlos Eduardo Restrepo, que se encomendó a ella en su lecho de muerte y días después, sin ninguna explicación médica, empezó a recuperarse. Restrepo tuvo que ir a Roma a contarlo ante el comité científico del Vaticano y a explicar que su sanación no era otra cosa que un milagro de la madre Laura. Ese fue el testimonio aprobado por el Vaticano en junio del 2012 para proceder a la canonización.

La vida, obra y milagros de Laura Montoya se podrían resumir así. Nació en un hogar católico. A los dos años quedó huérfana de padre porque al médico Juan de la Cruz Montoya –según contaba ella en su autobiografía– “lo asesinaron los liberales por ser un conservador consagrado”. Soportó hambre y necesidades, y la infancia y la juventud las pasó arrimada, de casa en casa de parientes, aguantando humillaciones, mientras conocía de Dios por su propia cuenta. Creció, se hizo maestra, fundó un colegio en Medellín y más adelante conoció a una comunidad de indígenas emberas que eran cruelmente explotados en Dabeiba.

Acompañada de su madre y tres amigas, decidió adentrarse en el monte con ellos, a enseñarles a hablar español, a mostrarles a su Dios y a convencerlos de que sí tenían alma y no eran animales, como les hacían creer los gamonales para ponerlos a trabajar gratis.

Una mujer de gran talante

En Dabeiba, población del Urabá antioqueño, a seis horas de Medellín, comenzó su apostolado, que a la vez se convirtió en activismo por los derechos humanos de los nativos. Allí se hizo religiosa por primera vez mientras fundaba su comunidad, con un carisma especial: las misiones.

“Ningún otro blanco ha defendido y amado tanto a los indígenas como la madre Laura. Nos enseñó que Dios existía, pero respetó nuestras tradiciones, nos puso a estudiar y nos dejó la semilla de que debíamos luchar por nuestros derechos”, opina José Leonardo Domicó, líder de la zona.

El 21 de abril de 1949, a las 6:45 p.m., Laura murió víctima de una linfangitis, enfermedad causada por el colapso del sistema linfático. Tenía 75 años. Era una mujer robusta que fue aumentando de peso con el tiempo. Ocho años atrás había caído en una silla de ruedas y nueve meses antes de morir quedó postrada en una cama, de la que nunca se pudo parar por sus propios medios. Calculan que pesaba 180 kilos.

“¡Vengan, vengan a conocer al monstruo!”, se burlaba de ella misma cuando iban a visitarla en su lecho de enferma, en la romería en que se convirtieron sus últimos días. Eso lo recuerda claramente la hermana Estefanía Martínez, que a sus 90 años es una de las pocas personas que la conocieron en vida. En la Medellín parroquiana de la época –comenta–, muchos querían conocer a esa mujer a la que habían tildado de loca y que casó sendas peleas con la misma Iglesia católica, que no veía con buenos ojos que una mujer se fuera a evangelizar al monte. “Laura causaba mucha inquietud porque se salía de todos los moldes; en ese entonces, el rol de las mujeres se limitaba a las cosas del hogar”, sigue Estefanía, quien presenció la angustiosa agonía de la santa, que duró 72 horas.

Laura murió en ‘olor a santidad’, término común en el ámbito religioso con el que se refiere a un buen cristiano que por sus obras se va derecho para el cielo y al que, seguro, algún día se le podrán pedir milagros. Sí, milagros.

A la madre Laura le tienen mucha fe y ahora que va a ser oficialmente santa, esa fe ha crecido como espuma. Las peregrinaciones al santuario donde reposan sus restos, en el barrio Belencito Corazón, en la comuna 13 de Medellín, han aumentado, según la comunidad. Lo mismo sucede en Jericó, donde nació. En ese pueblo, conocido por ser la tierra donde se fabrican los típicos carrieles antioqueños, las tiendas de artesanías y artículos decorativos han incrementado las ventas. De eso da fe Alba Lucía Ramírez, administradora de uno de estos almacenes, quien estima que el comercio inspirado en la santa ha crecido en un ciento por ciento.

La habitación en la que murió se conserva intacta, con la cama de tendido blanco, la silla de ruedas, sus hábitos, su escritorio, los libros que escribió y sus retratos. Existe la creencia de que el enfermo que acuestan allí se levanta curado.

Afuera del dormitorio hay centenares de placas de agradecimiento por favores recibidos, muletas, sillas de ruedas. Hasta allí llegó Mercedes Escobar, una caleña de 60 años que cubre con un gorrito de lana el poco pelo que le dejó el tratamiento contra un cáncer de estómago que padece, y asegura que se está sanando gracias a que se le encomendó a la madre Laura. Viajó desde Cali a agradecerle que la mantenga con vida. Y alista sus ahorros para viajar a Roma a la canonización.

“Que Colombia tenga una santa es un milagro para los creyentes. Y para los que no creen debe ser, al menos, el ejemplo de una colombiana admirable que luchó por los más pobres”, dice Mercedes, cierra los ojos y aprieta con fuerza entre su pecho un escapulario con la imagen de la madre Laura.

1874

Bautizada a las cuatro horas de nacida

En esta pila de piedra fue bautizada la pequeña María Laura Montoya Upegui cuatro horas después de nacer. Ahí, decía ella, comenzó su filiación divina. Laura Montoya aprendió a rezar desde muy pequeñita. Su madre le enseñó desde los primeros años el valor de la compasión y de la misericordia de Dios. Una vez le preguntó quién era el hombre por el que rezaban todos los días el rosario, y la madre le contestó que era el asesino de su padre.

1881

Primer encuentro místico con Dios

Tenía siete años cuando Laura, dice en su autobiografía, tuvo contacto por primera vez con Dios. Observaba a las hormigas y se sintió herida por un rayo: “Aquel rayo fue un conocimiento de Dios y de sus grandezas, tan hondo, tan magnífico”.

1890

Comienza a formarse como educadora

Nunca fue formalmente a una escuela. Tenía 16 años cuando ingresó a la Normal de Medellín para formarse como maestra, pese a que sus conocimientos eran empíricos. En 1883 le asignaron la Escuela Superior de Amalfi (Antioquia). Catorce años después se fue a trabajar con su prima, Leonor Echevarría, que recién había fundado el colegio de La Inmaculada, en Medellín. Allí, fue conocida como la ‘señorita Laura’ (arriba, a la izquierda), gran formadora de jovencitas.

1905

Escribe el primero de sus libros

Tenía 31 años cuando hizo su primer libro, ‘Carta abierta a Alfonso Castro’, en respuesta a una novela en la que la tildaban de beata amargada y manipuladora de sus alumnas. Ahí descubrió su virtud en la escritura mística. Escribió, en total, 22 libros.

1914

En la selva con los indígenas embera

El 5 de mayo de 1914, Laura Montoya, su madre y tres amigas salieron de Medellín, a lomo de mula, rumbo a Dabeiba, en el Urabá antioqueño. El viaje duró 10 días. Allí comenzó su trabajo evangelizador con los indígenas de la zona, que eran explotados y no conocían a Cristo.

1949

Muere en su convento, en Medellín

La madre Laura falleció el 21 de octubre, víctima de linfangitis. Ocho meses atrás había caído postrada en una cama y se movía en silla de ruedas desde 1941. Su lecho de enferma se convirtió en una romería: en la Medellín parroquiana de la época todos querían ver a esa monja que “moría en olor a santidad”.

1960

Buscan la santidad en el Vaticano

Comienzan en Medellín los trámites para abrir su causa de santidad. En 1989, la Santa Sede reconoce sus virtudes heroicas, que son el primer paso. En 1991 la proclaman ‘venerable’.

2004

Juan Pablo II la proclama beata

El 25 de abril, Juan Pablo II la proclamó beata de la Iglesia católica, dejándola a un paso de la santidad. La ceremonia se llevó a cabo ante miles de fieles en la Plaza de San Pedro del Vaticano. La beatificación fue aprobada después de la comprobación de un milagro, gracias a la intercesión de la madre Laura, de una mujer de 87 años que se sanó de un cáncer sin explicación médica.

2013

Benedicto XVI anuncia que será canonizada

El 11 de febrero, el papa Benedicto XVI anunció la fecha de canonización de Laura Montoya. El 12 de mayo del 2013, después de 53 años de haberse instaurado su causa de santidad en el Vaticano, por fin será proclamada santa. Después de dar a conocer la esperada noticia, Benedicto XVI renunció a su pontificado (por lo que esta y otras 802 canonizaciones pasaron a un segundo plano). El papa Francisco será el encargado de proclamar santa a la religiosa colombiana.

El médico al que ella sanó

En el 2006, el anestesiólogo y especialista en medicina del dolor Carlos Eduardo Restrepo estaba a punto de morir. Ya le habían puesto los santos óleos. Tenía un hueco en el esófago imposible de sanar, entre otros males. Pero en su lecho de muerte se encomendó a Laura y a los pocos días empezó a recuperarse sin explicación médica. Su caso fue estudiado y avalado por el Vaticano en el 2012 para la canonización de la madre Laura. Era el último paso que hacía falta.

Devoción por la santa paisa

Cientos de placas de gratitud

En su santuario, en Medellín, hay cientos de placas de agradecimiento. Le atribuyen la sanación de todo tipo de males. Abundan los testimonios de mujeres que aseguran haber quedado embarazadas después de encomendarse a la madre Laura. Hay sillas de ruedas y muletas de quienes afirman haberse curado tras su intercesión.

Su cuarto es un santuario

Por la habitación donde falleció, en el convento situado en el barrio Belencito Corazón, en la comuna 13 de Medellín, circula una romería. Se conservan sus pertenencias y su cama, a la que califican de milagrosa. Hay testimonios de enfermos que aseguran haberse curado después de acostarse allí.

Mercadeo con la madre Laura

A propósito del anuncio de la canonización, en Medellín y en Jericó ha aumentado la venta de productos inspirados en ella: imágenes, postales, escapularios y camándulas, entre otros artículos.

JOSÉ ALBERTO MOJICA PATIÑO
Enviado especial de EL TIEMPO