Mírame a los ojos. Como yo te miro.
Clavando tus pupilas en mi anhelo.
Fundiendo tu ansiedad
en el crisol de mi añoranza.
Como yo te miro.
Siempre así.
Rozando tu mirada la piel de mis sentidos.
Mas si la angustia
y el pulso del silencio
te obligan a ser sombra de tu ayer,
dímelo sin gestos ni sonidos.
Mirándome a los ojos.
Después, clávame en la cruz
de tu silente soledad
y añádele al madero
el peso solemne de mi ocaso.
Pero mírame a los ojos.
Porque en ellos, los tuyos,
que ayer fueron palabras atrevidas,
está el misterio de tu adiós
que quiero desvelar.