Habia una vez una joven que decidiò no abandonar nunca su habitaciòn. No habìa mucho que sus padres y hermanos pudieran hacer al respecto ni nadie màs que pudiera convencerla. No tenìa amigos ni conocidos. Sòlo se rodeaba de soledad. La ventana del cuarto nunca estaba abierta y nunca entraba el sol. Sòlo unas pocas velas iluminaban el lugar.
Noche tras noche su familia escuchaba el llanto pero nunca nadie le preguntò porquè lloraba… consideraban que era algo
propio de la edad y que pasarìa pronto.
La noche en que la joven cumpliò los 21 años el llanto fue mucho màs intenso, increiblemente claro; y de pronto, silencio. No hubo màs llanto ni sollozos…ni trizteza.
Su familia pensò que se habìa dormido y ninguno se equivocò.
A la mañana siguiente del cumpleaños, no se escuchaban ruidos en la habitaciòn… ni siquiera el ruido del làpiz escribiendo,
haciendo garabatos sobre un papel que guardarìa sus sentimientos màs secretos y serìa su amigo màs fiel.
Intentaron abrir la puerta pero no pudieron…
Pasaban las horas y nada se escuchaba; intentaban e intentaban hasta que un click les hizo saber que sòlo faltaba empujar;
y una vez que lo hicieron desearon cerrar la puerta y no volver a abrirla nunca màs pero no podrìan olvidar.
Estaba la joven sobre la cama con los brazos abiertos, la mano izquierda bañada en zangre; sobre la cama…sangre; sobre el
piso… gotas que marcaban el camino hacia la libertad.
Sobre la mesa y la silla, papeles, tristezas y dolores.
Sobre su rostro una sonrisa y a su lado, en un papel, escrita, la frase màs deseada, la màs inalcanzable; tres palabras que
habìa buscado toda su vida sin saber que se encontraban al final…
El papel rezaba… *Ahora Soy Feliz*.