El día en que amaneció en la choza del hombre gris, Valcárcel se despertó flotando en un aire caliente salpicado de insectos. Había soñado que atravesaba un bosque de arbolocos y ya no supo si los pájaros que parecían anunciar su llegada al Putumayo estaban en el sueño o agarrados a las vigas del techo de la choza en la que se encontraba. En las tinieblas de la desorientación, tampoco supo cuánto tiempo llevaba durmiendo con la ropa puesta. Bajó de la hamaca y caminó hacia una puerta abierta al vacío desde donde colgaba una escalera de travesaños amarrados con bejucos, y que formaba parte de una jaula donde aparecía un puma, que estrelló los ojos de incendio en su mirada de asombro y después en sus manos buscando comida. Vio abajo un fogón encendido. Al lado, un hombrecillo sentado en la tierra le sonrió con un dedo en la boca. Por único vestido llevaba un taparrabos y una pierna envuelta en hojas verdes.
– ¡Hola! -le hizo con la mano un saludo desde arriba.
Pero el hombrecillo no se inmutó. Sólo se movió cuando un bicho cayó al suelo. Era un resto de lagarto comido por los pájaros que anidaban en las vigas del zarzo de la choza.
Valcárcel sintió el olor dulzón de un racimo de plátanos maduros colgado del brazo de un árbol que parecía subir y agujerear las nubes. Sostuvo la mirada en un pedazo de cielo opalino que dejaban ver arriba las copas de los árboles. Se preparó para bajar y, en el primer peldaño de la escalera, se dio cuenta de que estaba descalzo. Retrocedió para buscar las botas hasta una pared donde colgaban una escopeta, un sombrero, una camisa, un reloj de bolsillo y un yatagán con la funda floreada. Después de buscar y no encontrar las botas, tomó la Biblia e inició el descenso por encima del puma. Se espantó ante la visión de una serpiente enorme que salía de la vegetación con una pluma en la cabeza. En un instante eterno su lomo, correoso y largo como un tren que no acabara de pasar, entró por debajo de la choza. Por el mismo camino llegaba el hombre gris, el machete terciado a la cintura, un cuchillo en la mano y yerbas en la otra. Habló en un idioma incomprensible y, como un perro obediente, la serpiente desapareció, dejando en el espacio inmediato el zumbido de su intimidad desfallecida. Como saliendo de una pesadilla, Valcárcel examinó cada cosa: un cerdo que ramoneaba alrededor del patio intentaba en vano escapar hacia el bosque, lo que le impedía la horqueta que le atrapaba la nuca; doce caracolas, colgadas con hilos del alero de la choza, silbaban con el viento. Una guacamaya chilló a sus espaldas y la Biblia se le escapó de las manos y fue a caer por entre los barrotes a la jaula del puma. Allí se quedó. Necesitaba hablar, hacer memoria, y preguntó, cómo habían llegado.
El hombre gris sintió piedad por él. La selva que lo rodeaba era la misma que se extendía desde Venezuela hasta el remoto Brasil, con seis horas de luz en días de sol y el resto del tiempo diluido en un vapor turbio donde hasta los árboles se lamentan, presos en su propia maraña, enrevesados y duros para un misionero que venía de Bilbao, de escucharle conciertos a la banda municipal bajo la arboleda del Arenal.
– Al pasar bajo el bosque de arbolocos -le dijo-, después de tanta oscuridad, usted se desplomó. Lo cargué al hombro y ahora está en mi casa. Mi nombre es Alvaro Pío. Itoto Ocaina, el de mi compañero -y señaló con la punta del cuchillo al hombrecillo que en ese momento masticaba las yerbas que le había traído para la llaga en la pierna. En un mudo entendimiento con el hombrecillo, éste le enseñó los dientes verdes. Entonces preguntó si es que no hablaba.
– Dejó de hacerlo cuando voló -dijo. Y volvió a señalarlo con el cuchillo-. ¿Ve esa llaga en la pierna? ¿Le ve esas cicatrices en el pecho? Todo eso se lo hizo aprendiendo a volar.
El hombrecillo destapó la llaga y la enseñó. No hablaba, pero estaba claro que oía.
Después de la presentación, Valcárcel se quejó de no haber encontrado sus botas. Alvaro Pío llamó la atención del indio:
– Itoto -le dijo-. Entregue las botas.
El indio, que hasta entonces, no se había movido, se levantó. No medía más de un metro. En el mismo clavo donde colgaban el arco y las flechas, de los cordones colgaban las botas. Sin quitarse el dedo de la boca, se las devolvió el plácido hombre volador. Asando un mono para la comida del puma, Alvaro Pío continuó su presentación. Le contó que salía cada tres meses para vender sus pieles de serpiente en el mercado grande de Leticia. Se levantó el ala del sombrero con la punta del cuchillo de cocinar, lo miró a los ojos, y remató su ficha.
– Entré a la selva hace diez años huyendo de la ley.
Valcárcel lo conoció discutiendo sobre venenos de serpiente en la bodega del Mongó Cha Cha. No ignoraba que era el prófugo descrito por el cocinero del barco. Había escapado del penal de Araracuara colgado del fuselaje de un hidroavión pilotado por Moloch.
El hombre gris no vio que a Valcárcel le importara lo que acababa de escuchar. En su cara se leía un abatimiento profundo, pero había que reconocer que bajo esa barba de una semana se contaba el tiempo que no había comido por estar durmiendo arriba la resaca de los bolonchos de coca que rumió durante la travesía. Alvaro Pío dedujo que si sus ojos inquietos saltaban de un lado para otro era porque ignoraba dónde se encontraba la serpiente que acababa de ver. No fue necesario que lo preguntara. Se lo llevó al pie de un árbol que parecía la catedral de Burgos, lo introdujo por debajo de una de sus raíces como arco cisterciense, y lo dejó sin aliento al enseñarle la serpiente arrollada y maciza como llanta de tractor sobre su nido de agua. Desde la penumbra, turbia por los vapores de la tierra virgen, su cabeza pardo-amarillenta exhaló un viento helado cuando la levantó.
– Como puede ver, aquí vivimos muy bien acompañados.
La cueva de la serpiente le devolvió la imagen de los túneles que le habían hecho perder la memoria y entrar en la desidia que lo dejó sin ganas de hablar.
En cuanto al puma -siguió diciendo el hombre gris al salir de la cueva-, no hay que temerle, porque no sabe comer carne cruda. Cuando lo dejo en libertad vuelve aquí a buscar la carne asada. Aquél no es un cerdo salvaje como los que se comen los desperdicios en el mercado de Leticia. Es un tatabro frontino con una horqueta en la nuca para que no se escape. Dispara de la glándula de su lomo un almizcle de un olor que repele a las fieras y con el que las ahuyenta.
Sobre los gritos de la selva, un canto nítido se integró en los ecos. Apareció como una señal para que el puma comiera. Agazapado con la tripa pegada a la tierra, un momento después el puma devoraba un mono parecido a un niño chamuscado. El hombre gris aprovechó entonces para sacar la Biblia intacta de la jaula, le limpió las tapas con la manga de la guerrera y se la devolvió diciendo que durante el reinado de León XII, estuvo prohibida en el Amazonas.
Con lo que demostraba conocer la Iglesia. Valcárcel le preguntó si el puma era muy viejo. El hombre gris hizo chisporrotear la candela con la punta de un leño, colocó una olla de barro sobre el fuego y, con un pie sobre el barrote de la escalera, le contó su historia:
– Cinco años hace ya que le armé la trampa en el Llano de la Mosca. Las dantas suelen subir hasta allí a tomar el sol y las fieras a buscar comida ya que, a falta de equidos, los pumas cazan paquidermos. Era sólo un cachorrito cuando se hundió en el hueco cubierto por las ramas que le puse. La madre se alejó seguida de los otros cachorros y yo bajé del árbol, lo enlacé y con dos metros de cuerda lo voleé por los aires. Le di las vueltas suficientes para que se mareara. Me lo traje a la choza borracho, le llamé Neique y esa noche me acosté con él. ¡Era tan hermoso!
Valcárcel tuvo el presagio nítido de que si levantaba la vista del puma iba a encontrarse con la risita silenciosa del indio que conspiraba en secreto. Pero no. Sin moverse del nido que tras tantos años de estar sentado en el mismo sitio había hecho en la tierra, el indio parecía esperar el relato de su hazaña de hombre volador.
– Como le decía -continuó el hombre gris-, ahí donde lo ve hecho un desastre, este indio de la tribu de los Ocaina se hizo unas alas con las plumas de los pájaros de vuelo alto que cazaba. Cuando tenía suficientes pieles secas al sol, las cosió una a una, y sobre dos triángulos escalenos templó la piel de pieles que sacó de pájaros de todos los colores. Atada al brazo con tiras de cuero, estuvo aleteando un ala durante mucho tiempo. Hasta el día en que se ató las dos. Primero se lanzó desde el marco de la puerta, una y otra vez. Más adelante trepó a los tembladores. Aquellos árboles altos que se ven allá. De uno de esos árboles despegó con las alas abiertas, pero cayó. Lo ayudé a bajar de la maraña de ramas en que quedó enganchado, le pedí que no lo hiciera más y hasta le escondí las alas. Le curé los rasguños y creí haberlo convencido para que abandonara la idea de volar. Olvidó el asunto por un tiempo. Hasta que volvió a la costumbre de mirar el hueco azul de arriba, pues, saturado por el desencanto, se pasaba los días viendo aletear a los pájaros que anidan en las nubes. Traté de explicarle algo de física. Le conté cómo había terminado Ícaro. Sin la menor devoción, le resumí la Historia Sagrada al hablarle de los ángeles del cielo. Lo único que conseguí fue darle más aire para que levantara el vuelo, porque un día amaneció allá arriba y con las alas puestas. “¡Itoto!” -le grité- “¡Baja, que quiero hablarte! ¡Quiero que nos despidamos, baja!”. Nada. No movió una pluma. “¿Llevas el amuleto? ¿Lo llevas?”. Cerró el ala derecha al intentar tocar la placa colgada del cuello, y se dio cuenta de que lo había olvidado. “¡Baja por él, baja, hombre!” -le insistí, y le recordé que esa placa era la que lo había salvado cuando era un muchacho de morir quemado vivo en La Chorrera. Así lo convencí. Se vino volando y se posó en el patio. Sin decirle más, lo dejé espulgándose las plumas y me metí a buscarle sus cosas. Entró cuando ya le tenía sus flechas y demás pertenencias preparadas. “Anda lejos” -le dije-. “A volar donde yo no te vea. No quiero un Ocaina destripado en el patio de mi casa”. Por entonces el indio hablaba y, viendo el fogón apagado, dijo en su lengua: “Toa miriño”. Y dejando allí mismo alas y flechas, agarró el hacha y salió a cortar leña. Se puso a quemarla y nunca más volvió a preguntar dónde le escondí sus alas.
Seducido por los encantos pacíficos de la sonrisa tierna del indio, Valcárcel se relajó contemplándolo. Su placidez parecía confirmar cuanto se decía de él, como si escuchara su propia historia por primera vez. En el fogón la olla hervía activando el hambre.
– Pasó mucho tiempo hasta que un verano, y sin que nada me hubiera anunciado su intención de intentar volver a volar, voló. Las caracolas colgadas de los hilos registran, según el sonido, el origen del viento. En uno de esos vientos anunciado desde el Cono Sur y que, según las caracolas, había cruzado las pampas argentinas en dirección al Atlántico, Itoto Ocaina voló hasta caer al mar. Tres meses después, en el mercado de las pieles de serpiente en Leticia, tuve noticias de lo ocurrido. Decían que de no haber sido por un costero inglés que patrullaba el caucho, el indio se habría ahogado. Los tripulantes del patrullero que lo descubrieron en el cielo gritaron que eso era como un pájaro de otro mundo. “¡Lo que sea viene hacia nosotros!”. La tripulación lo vio caer como un gran cóndor herido. Subieron a bordo al ave desconocida: una gigantesca concha de plumas de colores. Cuando lo sacaron de las alas donde se había escondido, reía. Descubierto y con las alas caídas, con una mano se cubrió los labios. Desde entonces no se saca el dedo de la boca.
La noticia del hallazgo del hombre pájaro se repitió en los programas de radiocomunicaciones, hasta que llegó al apostadero naval de Leticia. Lo único que sabían decir los de la guarnición era que el hombre pájaro había caído en picado a una milla de la costa. Que los intentos de localizar su origen se dieron por fracasados al considerar casi imposible entrar en comunicación con él, pues no hablaba, y que, según los primeros análisis, sus alas demostraron ser las de un pájaro de este mundo y no de otro. Por lo que, sin más trámites de rigor, soltaron al pájaro.
Doce lunaciones gastó en volver. Apareció por esa trocha una tarde en que traía la alegría cogida con los dedos en la boca y esa pierna, donde tiene la llaga, enrojecida. Como si se hubiera tragado la lengua durante el vuelo, no volvió a hablar.
Esto ocurría al verano siguiente de haberle escondido las alas y cuando parecía que había perdido las ansias de volar. A mi regreso de uno de los viajes a Leticia, no encontraba al indio por ninguna parte. Mas sí plumas de sus alas por el suelo. Corrí a donde las mantenía escondidas y no estaban. Me puse a buscarle el rastro, hasta que alcancé a verlo trepado en aquel árbol que sobrepasa a todos. Las plumas de sus alas reverberaban movidas con el límpido final del verano y sentí alivio. Él había visto que yo andaba buscándolo por el olor, creyendo que su esqueleto llevaría dos días colgado de la maraña, comido por las aves carroñeras. Era como si sólo esperara mi regreso para verme por última vez, porque se desprendió y, extendidas las alas, echó a volar dando un medio aletazo como para atrapar por la derecha el aire. Primero me reí mucho. Pero cuando, poco a poco, los colores de sus plumas, sustentados en la luz, se fueron desintegrando y ya no se vio más al hombre sino al pájaro elevándose sobre el horizonte de la selva, y a punto de desaparecer allá detrás de nada, me entró de todo. Vi que perdía a mi único compañero, y sentí tristeza o no sé qué. Me dejó por mucho tiempo mirando a las alturas.
Capítulo 11 de la novela «Crónica de los infiernos», en busca de editor…