Dicen que estoy en estado de coma. Se lo he oído a los médicos, a las enfermeras, así como a mis parientes y amigos.
Me angustia cuando especulan “desconectarme”, como si ya no lo estuviera en cierto modo. Lo hacen murmurando, porque no saben a ciencia cierta si comprendo o no lo que hablan. Esta idea me atormenta: ¡No quiero morir!
Salvo por el sufrimiento que percibo en las personas que me aman, así me encuentro muy bien; mejor que nunca.
No tengo la más remota idea de cuánto tiempo llevo así. He perdido toda noción y nadie lo comentado delante de mí. Tampoco me interesa.
A veces, me resulta sumamente difícil distinguir cuándo estoy dormido de cuándo no lo estoy. Los sueños se me confunden con la realidad y viceversa, lo cual me parece maravilloso.
Ahora tengo todo el tiempo del mundo para pensar y sentir, y plasmar mis pensamientos y sentimientos en cuentos y poemas; recrearme con ellos silenciosamente, y seguir corrigiéndolos y puliéndolos indefinidamente, sin la urgencia de publicarlos o difundirlos.
Ya nada anhelo, a no ser la vida -esta forma de vida- y que mis seres queridos hallen el sosiego perdido debido a mi estado. De no ser por esto último, finalmente habría alcanzado la paz que tanto anhelaba.
Y ahora que lo pienso, no tengo razón para aferrarme al mundo ni motivo alguno para preocuparme por los demás; porque siempre, siempre nos sucederá lo que nos corresponde, lo que sea mejor para todos.
Ahora que lo pienso (y que lo siento), al fin soy libre.