Cane de llugo a nacido
mas umillado que vello,
con el cueyo presegido
porel llugo para el cueyo.
¡Que el poeta, desde su prematuro Parnaso, tenga a bien perdonar mi atrevimiento! Pero, ¿quién podría descubrir entre esas, llamémoslas manchas de tinta, la primera estrofa de uno de los poemas más hermosos jamás escritos en lengua castellana? ¿De qué modo podríamos encontrar, entre los garabatos, la emoción ante el pequeño yuntero descrito por el corazón y el genio del poeta de Orihuela? Pueden tacharme de exagerada, pero presten un poco más de atención cuando tengan entre sus manos un periódico, alguna revista, cualquier medio de información escrito, y comprobarán que no ando tan desencaminada. Sus páginas aparecen plagadas de faltas de ortografía, de puntuación, de morfología y, cómo no, de erratas tipográficas. No hagan la prueba con la televisión, la radio o Internet, porque entonces me habré quedado corta, y podría causarles daños irreparables a su cociente intelectual.
Nos invade una epidemia de desprecio por la lengua, por su correcto y ajustado empleo, digna de mejores esfuerzos, olvidando que ninguna cosa “existe” hasta que no le asignamos una palabra para definirla, o que el lenguaje es la única cualidad que singulariza a los humanos de entre sus primos los animales, o que es la primera y fundamental herramienta para el entendimiento; que es vehículo de emociones, de sentimientos, de pensamientos y que tiene más fuerza que las pistolas, que es capaz de cambiar las mentes y los corazones de los hombres y mujeres. Se merece más respeto.
No se entiendan estas palabras como una crítica a la innovación, a la evolución lógica de todos los idiomas que, como cualquier cuerpo vivo, se transforman y adaptan a las circunstancias, sino al descaro con que algunos, ignorantes de su propia ignorancia, nos regalan prosas y versos que no puedo calificar ante la imposibilidad de comprenderlos (aunque me temo que sólo oculten su mediocridad y su desaforado egocentrismo), y a la indiferencia de los llamados medios de comunicación, que anteponen la cantidad a la calidad, la rapidez a la pulcritud, las firmas a los contenidos, la apariencia al rigor, sin comprender que le hacen un flaco favor a su propio prestigio y a su credibilidad.
¿Nadie ha reclamado el importe de la entrada cuando las imágenes de una película están manipuladas o estropeadas? ¿Nadie ha pedido que le cambien un bolso de marca porque alguna costura estaba mal rematada? ¿Nadie ha protestado en un restaurante ante unos langostinos anunciados como recién llegados de Santa Pola” y que saben a recién llegados de las profundidades del congelador? ¿Por qué no nos quejamos de que nos den palabras estropeadas y nos martiricen la vista y los oídos con insensateces y despropósitos? Ninguno de nosotros merecemos esa desconsideración.
Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.
Disfruten de la belleza, tanto estética como conceptual de este inmortal poema de Miguel Hernández, que les invito a releer y, ¡no lo duden!, si encuentran alguna falta de ortografía en estas líneas, quéjense.
Mercé Sànchiz i Baell
