No ha sido por un casual que el botellón se haya impuesto como norma de diversión semanal, puesto que existen razones de peso para que la juventud opte por el pasotismo. La política, la religión y la tecnología, amparadas por los intereses minoritarios, justifican la desazón social y el desamparo del gran rebaño humano. Sin el botellón, ¿en qué puede solazarse la juventud los fines de semana, después de estudiar unos/as y de trabajar otros/as y de que la TV, con su programación cutre, les invite al desmedido consumo? Con salas cinematográficas junto a las grandes superficies comerciales, las zonas portuarias habilitadas para el jolgorio, pubs en las playas y fútbol los miércoles, jueves, sábados y domingos para abrir boca, ¿qué se puede esperar de la fermentación sanguínea juvenil? Demasiado poco de malo hacen los mozos y las mozas para responder a los estímulos publicitarios y a las animaciones municipales, más centradas en recaudar fondos -¿con qué fines?- que en promover la cultura. Luego -generalmente los lunes- aparecerán en las prensa local las noticias impactantes refiriendo ciertos desmanes, casi siempre los mismos: un anciano ciego apaleado junto al rompiente, una muchacha violada en los aledaños de cualquier discoteca, un muchacho ingresado en el hospital por sobredosis de estupefacientes, la farola apedreada… Y menos mal que, por ahora, se respetan las fachadas de los ayuntamientos y son escasos los vehículos incendiados, comportamiento éste que, pese a tantísimo atropello, mitiga el concepto de barbarie que se podría tener de los jóvenes.
Después de lo expuesto hasta aquí, me pregunto con qué cara los responsables municipales dictan normas para invitar a la sana convivencia. Normas que no se cumplen, pero que tratan de justificar los “desvelos” municipales por mantener el imposible orden que les haga felices. También me pregunto en qué estarían pensando los ediles del PSOE alicantino, cuando aceptaron una subida salarial del 40 por ciento de sus ingresos, precisamente el mismo día que apoyaron, con su voto al PP, el denominado “Plan de Rabasa”. Especulación, la que ustedes quieran; preocupación por la juventud, casi nula.
Uno, que para conocer con certeza lo que escribe frecuenta los lugares públicos donde, en las madrugadas domingueras se ritualiza el botellón, sabe lo que sabe y denuncia lo que puede demostrar. Más cosas podrían decirse, algunas bárbaras; pero me planto aquí en evitación de problemas que no sería capaz de eludir. Sin embargo, me sirven para novelarlas. Sí diré, en cambio, que siento un hondo pesar al ver a tanto joven aburrido, la mirada perdida en el horizonte marino cuando, al alba, la primera luz natural ilumina sus arcanos. Pobres chicos, pobres chicas, pobre juventud valiosa, arruinada por sentirse esclava de los sabios del cucurucho. Ediles, diputados, consellers, asesores, juristas, legisladores, curas; Autoridad Portuaria, Diputación, entidades de ahorro…, ¡qué sé yo!, siempre dispuestos a prometer, pero anclados en las aplaceradas aguas de la inhibición. Envidiables sueldos que sólo sirven para la prosperidad personal, con el aditamento de la foto que encumbre cada vez más a los responsables de la quisicosa. Mientras tanto, en espera de un milagro, chicos y chicas, a eso del amanecer, contemplan en el horizonte marino su propia miseria espiritual y, con unas lágrimas secas que yo licuo en mi alma dolorida, lloran porque en el fondo de su ser ansían un mundo mejor.
Augustus.
