CENICIENTA

Cenicienta


Cenicienta grisácea que llora cerca de la lumbre ahogada,
recuerda el ayer sofocado, evoca las palabras y los gestos del cariño,
rememora las cálidas sonrisas de la pasión,
las miradas incandescentes, la fogosidad de ese amor pasado.
El amor, al igual que tú, tiene arrugas en el rostro y en el corazón,
le duele las piernas, las manos  el alma y la vida,
no distingue en este almanaque amarillento el hoy del ayer, el ayer del mañana,
sus días están hechos de momentos huecos y deslucidos,
de frases sin sentido, de vocablos que se repiten para rellenar el vacío.
Amor, amor…
¿ Cuándo se desvaneció el amor? ¿Cuándo se extraviaron las caricias?
Cenicienta ya no recuerda. Se pierde en ese pasado reciente,
se revuelve afligida en la materia opaca de la indiferencia,
en el lodo gris de la indolencia, en el barro  pardo  de la desgana.
El espejo mágico refleja el rostro pálido de la princesa para recordarle
que ya no tiene veinte años, que le han salido las primeras arrugas,
que su pelo perdió su brillo y nacieron las primeras canas,
que los sueños hechiceros tienen un fin,
que los príncipes se cansan de las bellas damas, de sus ideales, y de su conversación,
que hoy sus miradas mudas y desiertas se extinguen en la pantalla de un televisor,
en un vaso de whisky  barato o en la carrocería de un Laguna último modelo
 y que el amor fue sólo un espejismo que duró el tiempo de un cuento de hadas.
Cenecienta, ya no eres  princesa…
No te duermas, despierta. Ya no eres princesa…
Pero puedes ser reina. Despierta…
La corona te espera


Harmonie