Un macuto estropeado debajo de la cama. Una maleta color del tiempo deslucido, de los días apagados, de las horas sin vida.
Un macuto con olor a rancio, a humedad, a recuerdos mustios, a pasado añejo.
Y él.
Él. El otro. Él no sabe de dónde es ni a dónde va. Él que no tiene la piel blanca, él que no tiene el pelo liso, él que come con las manos, él que no se lava porque no tiene agua, él que no reza por que ya no sabe en qué creer.
Él. No es él. Es un ser que viene de la hambruna y se dirige hacia la nada de los países modernos donde el hombre es hombre si alcanza el éxito material.
Emigrante, balsero, patero. ¡Qué importa! Venga de donde venga es carne de cañón. Lo juzgan como el culpable de los males del país, de la delincuencia, de las mafias.
Su piel oscura es la osadía que el diablo le ha dejado como huella para que todos crean que él es el responsable de la decadencia de un país que pierde sus valores, como otros pierden su vida saltando vallas electrificadas, cruzando mares asesinos.
La muerte embalsama su vida. Antes, mientras y después le acecha para llevárselo en un santiamén hacia un país donde ya no será el otro.