“El caracol del faro” en las líneas de un acróstico

“El caracol del faro” en las líneas de un acróstico
 
 
 
 
Esplendoroso el día, transparente,
Lascivo, alucinante de tan claro.
Comencé a caminarme la mañana, encogidos los pasos y
Absorbiendo mis ojos con sensual lujuria el fulgor de la isla.
Remonté a mediodía hasta el faro, por compartir mantel con los fareros.
Ala tarde, en mi alcoba, la foto de Gabriel, y aquellos caracoles, y el recuerdo:
Cómo hacía sonar la esforzada sirena,
Orgulloso al creer que salvaba de enconados peligros las incautas barcazas.
Late, aún, su júbilo y su alma en la carne de nácar de esta concha, explica el farero,
Declaróse una noche un temporal aciago, y el mar, dios poderoso,
Estrelló su lengua de agua y escombró a Gabriel, abrazado a su fiel caracola:
La que queda a la izquierda, ¿la ve?; la otra es muda. Las cogí y, al oírlas,
Formulé mi sentencia: “son iguales”. Mas no supe dejarlas como estaban.
Al declinar la noche, presentí la sombra de la madre y la observé azorado,
Refugiaba su rostro en la pétrea garganta y sonreía… porque
Oía a Gabriel en aquella voz profunda de viento y de agua. 
 
     El caracol del faro vio la luz en 1921, formando parte del libro titulado El Ángel, el Molino, el Caracol del Faro. Su tema principal es la muerte, pero no la crudeza del dolor que produce, sino la pervivencia del recuerdo, la fascinada relación con el hijo ausente, a través de la voz de torrente de un caracol de mar.
     El acróstico tiene sus reglas, una contención que ha requerido dejar de lado aspectos temáticos que, sin embargo, considero relevantes para la comprensión del conjunto. Por ejemplo, los detalles del entorno familiar que cuenta el farero un atardecer de viento crecido: la antipatía manifestada entre sí por los dos torreros que lo ayudaban; su común acercamiento al muchacho, al que acompañan en sus correrías; el regalo que ambos le hacen de idénticos caracoles marinos, deseando cada uno de ellos que sea el suyo el preferido por el niño; el desconocimiento real de a quién pertenece el colocado a la izquierda, que Gabriel siempre prefiere, y la certeza de ambos de que se corresponde con el suyo; la fuerza fetichista de este caracol, y la emoción que despierta en la madre la creencia fervorosa de que escucha a su hijo a través de la que ella cree su caracola: la única que suena.
     Tampoco ha sido posible evidenciar los rasgos estilísticos de este texto, escrito en una prosa que ofrece más intuición que revelación; más precisión que derroche narrativo; más escena que trama, y en la que el autor nos invita a imaginar, a recrear…, sumergiéndonos en un mundo en el que imperan las impresiones, las sensaciones, las emociones, el lirismo mágico de una prosa, más poesía que prosa.
 
Rafaela Lillo