¿POLÍTICA O DEMONISMO?

Dados los desencuentros, constantes, al parecer irremediables, entre las diversas facciones políticas, surge el cuestionamiento en torno a la filosofía doctrinal. Si el arte del buen gobierno consiste en favorecer los intereses públicos, ¿por qué motivos se priorizan los beneficios minoritarios? Banca y atractivos empresariales cobran fuerza en comparación con las rentas medias y bajas. El Poder Legislativo, sea del color que sea, en principio y ante todo, se ejerce en función de los dictados categóricos del momento, de manera prioritaria por parte de naciones dominantes, en ocasiones por exigencias propias del señorío económico. No obstante, en el diario acontecer dichos parámetros no cuentan, al menos para la mayoría electora; se barajan los más variados artificios mentales con fines disuasorios. El ciudadano y la ciudadana, dueños teóricos del curso democrático, quedarán excluidos de cualquier decisión poselectoral por ser los políticos nominados por el pueblo quienes tendrán en sus manos las riendas del devenir nacional. Con ello se pretende, ¿cómo no?, además de ningunear al votante, mantenerlo en el silencio mental más profundo posible; para que su cerebro solo destile el repetitivo mensaje de odio hacia el contrario. El dueño y señor de voluntades ajenas no aportará soluciones a los variados y múltiples problemas nacionales; para el medro político basta con la mala fe, desprecio al opositor y que el factor continuista quede inoculado en la conciencia ciudadana. Inyectado el virus de la discordia colectiva, nada hará temer un cambio sustancial en el criterio popular. Una buena dosis de populismo propiciará el ensanchamiento de las tragaderas sociales y el estrechamiento de los derechos cívicos. De esta manera nada quedará al azar, salvo en casos fortuitos germinados en alguna mente esclarecida. No obstante, el portento podrá quedar sujeto al mercantilismo político. Un puesto relevante, ciertas prebendas, y en caso de resistencia a la traición ideológica la consabida extorsión, serán suficientes medidas para frenar al atrevido pensador. Porque ¿quién de entre los filósofos, intelectuales o ideólogos destacados del momento será capaz de contradecir al gobernante de turno en casos graves sin el apoyo de la parte opositora, conociéndose el alto grado de su honestidad? ¿Por simple altruismo va a exponerse a la organizada respuesta bastarda, aun en contra de sus obligaciones familiares? En el santoral ya no hay cabida para mártires ni elegidos, ni el Poder Judicial tiene potestad para modificar las leyes. Solo en el milagroso plebiscito, forzado por alguna contundencia, podrían subsanarse las graves diferencias entre política y pueblo; pero el proletario es como ha sido formado a través de los siglos, y una respuesta categórica por parte de las masas solo será posible cuando desaparezca Cáritas Diocesanas o en los contenedores de basura no exista alimento que llevarse a la boca. Entonces sí, la forzada respuesta ciudadana obligará al gobernante cabrón hideputa, no al honesto mandatario; al acaudalado y al disfrazado, falso místico de la política despótica a pedir clemencia en el santo nombre de Dios. Así son los miserables. Quiero, no obstante, entonar una loa por los hombres y mujeres de bien que no están implicados en la quiebra de la moral cívica; por los incorruptibles caballeros y damas de la gobernanza, que los hay en cualquier formación política, relegados no al ostracismo sino al mundo de las sombras y el mutismo. A ellas y a ellos, desde mi profunda desolación, un fuerte abrazo.

No tardará en dar comienzo la campaña electoral de julio. Tirios y troyanos, hartos de ensayar modos y modas verbales extraídos del repertorio expresivo del bareto, culminarán sus respectivas estrategias electivas haciendo uso de la oratoria acostumbrada: la provocación por el dicterio, la humillación e incluso la calumnia. ¿Qué más da si, hoy por hoy, el fundamento político hinca sus profundas raíces en el poder personal, la mentira y el desprecio al contrario? ¿Acaso la dualidad no contempla la existencia de ángeles y demonios? Pues eso. Demonio será el vencido y ángel rubio el triunfador. En cuanto al pueblo, ¡ay, el pueblo!, que le vayan dando: cariño, buen fútbol y promesas post mortem. Todo lo demás, poder y fausto, corresponde al demonismo, tiempo ha implantado en nuestra querida piel de toro.