MÚSICA DE ESTÍO

Invariable. Como si el tiempo fuese un aliado de los viejos hábitos, el soplo tradicional nos muestra la faz soporífera de la música ratonera. Sin remedio; porque así lo demandan el folclore estival y los timbales del solsticio veraniego, ¡vaya por Dios!

La noche de San Juan es mágica, mas los días y madrugadas que le anteceden, al menos a mí que padezco de insomnio, me descomponen los átomos de mi configuración física. ¡Virgen de la Pata al Hombro!, ¿cuándo acabará este suplicio? El minutero en actividad frenética, inclemente y sádico, responde a mis súplicas con estridencias musicales; y la voz alcoholizada del barraquer responsable, necesitada del aplauso festero, maltrata el ritmo de fusas y corcheas dejando el pentagrama disponible para limpiar las partes pudendas de quienes, como este servidor, estamos hasta los dídimos de tantísima incomprensión. Así. Sin el lógico temor a ser tildado de grosero; sin disculpas a la memoria de quienes, desde antaño y hasta hogaño, autorizaron y toleran que la noche sanjuanera sea del pueblo tal como a la masa se le antoje.

El hecho de ser alicantino, valenciano o devoto del apóstol no faculta a la autoridad municipal a permitir dispensas que puedan perjudicar a enfermos, niños, ancianos o personas necesitadas de sosiego. Existen maneras de contentar al contribuyente. Desplazando la fiesta nocturna adonde la concentración no moleste; en locales donde la algarabía quede amortiguada; pero en la calle, a deshoras y con machacona discordancia musical solo puede agradar a los noctámbulos, al vagabundo, al niño pijo, etc., acostumbrados a sacar partido de la nocturnidad a modo de ligues, fornicios gratuitos, violaciones y hurtos.

Además de lo expuesto en esta desafortunada página debido al atrevimiento de su autor a permitirse connivencias con su enfado, y en algún momento por desequilibrio emocional dada la desfachatez literaria empleada, solo queda retrotraerme al principio de este breve razonamiento. No a la música ratonera sino, con el deleite ocasionado por el recuerdo de sublimes conciertos, a melódicas composiciones. Con ello y una pizca de sentimiento estético, tal vez la nueva tronada que se nos avecina pueda quedar relegada al espacio de la comprensión. Somos conscientes de que en unos festejos populares y más de la naturaleza expansiva de las fiestas sanjuaneras, no cabe la importancia primordial de la belleza; es decir, el esteticismo. Sin embargo, es legítimo pensar que quienes, por su edad u otras circunstancias adolecen de la paciencia necesaria para soportar los embates de una música machacona y zafia, tengan derecho a decir ¡basta! Id a la porra con vuestra música; allá donde os podáis deleitar escuchando los sones desacordes, las voces desafinadas y el alarido guerrero. Nosotros, octogenarios de barba hirsuta, trabajadores de amargo despertar y, por no ser intemperantes, resto de fieles al orden natural, pedimos a la autoridad competente el amparo al que tenemos derecho los enemigos del bullicio nocturno.

Somos conscientes de que, en estos tiempos de promisión, el compromiso de hacer algo en contra del sentir popular resta votos, simpatías electorales y demás provechos corporativos. No obstante, ¿alguien puede decirnos qué sentido tiene la democracia sin el justo cumplimiento de los derechos minoritarios? ¿A qué se juega?

Para concluir: el evangelista al que se dice honrar en la celebración de las Hogueras de San Juan, estoy seguro de ello, debe estar molesto de que en su nombre se cometa la injusta determinación de amargar la vida de quienes no comulgamos con la hipocresía.

Por si acaso se me va la bola los días previos al gran festejo alicantino, tengo preparados unos auriculares para honrar al santo con unas preces de Tomás Luis de Victoria.