ESTADOS DE CONCIENCIA

Escribo al amparo de una rutina de la que extraigo motivaciones, propósitos y diarias experiencias. En ocasiones por valerme de la voluntaria soledad a la que tanto le debo; en determinadas circunstancias, al sentirme inclinado a la reflexión, de manera especial cuando me percato de que establezco comparaciones entre mis críticas al prójimo, al tiempo que observo la escasez de autocensuras por mis acciones. Siempre, sin embargo, controlando los pasos en evitación del acostumbrado subjetivismo. El resultado del examen me sirve para tratar de perfeccionar el modelo de crecimiento espiritual que mi exigente naturaleza precisa.

Dependiendo de situaciones emotivas, mi conciencia adquiere características especiales, no siempre favorables, y a veces contrarias a la razón. Depurar los impulsos sentimentales no es tan sencillo. Cuando se genera un litigio entre el apasionado amor a un ser y la causa del conflicto, duele sentirse deudor con la verdad; porque resulta complicado razonar en favor de la ecuanimidad. La lucha entre la pasión y el raciocinio, normalmente da vencedor al discurso triunfal de la sinrazón. Es ésta una parte, ignoro si primordial o no, de la oscilación de la conciencia, unas veces respondiendo a exigencias impresionables (motivaciones afectivas, románticas y, en general, conmovedoras) y otras, en momentos contemplativos, al aprovechar los ritmos de la naturaleza (alba y ocaso como factores determinantes de los cambios perceptivos).

En efecto, los ritmos estacionales, de manera fundamental la primavera y el verano, tienen una estrecha relación, en mi criterio, con los movimientos de la emotividad y, por extensión, de la inconsciencia. La intensa luminosidad diurna y la melancólica perspectiva estelar, cuando la oscuridad vibrátil (titileo de las estrellas) incide con estados melancólicos o intensamente contemplativos, deben influir sobre los arquetipos (modelos originales y primarios), de los que la conciencia forma parte. En definitiva, se trata del impulso impresionable en brazos de las apetencias menos convenientes; algo contrario al deseo cognitivo.

Teniendo en cuenta que la conciencia está perfectamente relacionada con el avance inmaterial o, si lo preferimos, espiritual, su imprescindible correspondencia con la materia pone en peligro constante el crecimiento anímico; porque la vida humana precisa de los contrastes para alcanzar cotas evolutivas. Es por ello que la libídine o lujuria, como queramos denominar ese apetito, desvía de su curso normal el deseo perfeccionista. De igual manera, el afán desordenado de los bienes terrenos entorpece todo intento de superación personal.

En la senectud, el disfrute voluntario de una vida tranquila exenta de trabajo, de cuidados, y a ser posible de preocupaciones, pone en riesgo la apertura de una amplia expansión de la conciencia. En esta etapa de la existencia humana es cuando los ventanales del conocimiento ofrecen una amplia posibilidad de reflexión. Examen de pretéritos comportamientos, dudas aplazadas, infectas apetencias y un sinfín de arrebatos pasionales fluyen no con intenciones vengativas, sino, como oportunidad única de auténtica liberación, para rendir cuentas de nuestro pasado.

Permítaseme escribir sobre sí mismo. No por deseo egocéntrico; sí, por voluntaria confesión pública. En mi vida ha habido de todo. De bueno y de malo: serias equivocaciones, malignos deseos. En mi adolescencia y madurez, permisividad –que no tolerancia– ante situaciones ajenas susceptibles de corrección que, por interés personal, dejé en manos del olvido. Es ahora, después de lustros de vida sindical, de motivaciones culturales y de preparación autodidacta cuando he hallado mi senda, la reflexiva, creo que capaz de situarme en los albores de una nueva vida: la del encuentro conmigo, en íntima conexión con mi conciencia.