CONCIENCIA COLECTIVA

Sé que me he metido en un berenjenal, porque referirme a la conciencia colectiva cuando apenas conozco la mía, ha de llevarme forzosamente al fracaso. No obstante, mi atrevimiento me sitúa en una cota de observación psicológica o anímica, desde donde puedo alcanzar algún punto de encuentro con la realidad social partiendo de la mía.

Sin ser filósofo ni poder disfrutar de una cultura mínima con que valerme para tal fin, al menos me queda la esperanza de comenzar a saber quién o cómo soy. No ha de ser fácil la aventura, pero sí provechosa.

Parto de un punto, común a todos los seres pensantes: estoy compuesto de átomos. En base a tan simple contextura, eminentemente física, estimo necesario admitir la falta de un elemento complementario para dar sentido vital a la materia. Tal cualidad se puede hallar, bien en el complejo ordenamiento cerebral o en la inmaterialidad. Situado en tal dubitativa posición, y falto de recursos formativos y culturales para abordar la problemática dualidad espíritu/materia, necesito el auxilio intuitivo. Apoyo acientífico este que ha de ubicarme por necesidad en el orbe metafísico.

Tiempo ha tengo asumido cuál es el factor determinante de la vida. Tal asunción, por lo ya expresado, no puede ser la materia ni, grosso modo, el enrevesado mecanismo cerebral, sino la enigmática complementariedad denominada espíritu; envolvente inmaterial desdeñado por el materialismo al uso y por no pocos científicos. Sin embargo, ni doctos pensadores ni experimentados investigadores han podido negar, ni acreditar, la cualidad esencial del espíritu en función de la vida. Pensar en el amor como producto o subproducto de un mecanismo cerebral, me produce sensación de vacío. Por el contrario, hacer lo propio madurando la idea de que el cerebro, tras numerosas y complicadas funciones, viabiliza el encuentro vital de la materia y el espíritu no solo me satisface, sino que también me convence. (Quería decir: el cerebro, como motor de la materia, posibilita el acoplamiento del espíritu para dar vida).

Es ahora cuando, habiendo puesto de relieve el fundamento de mi creencia espiritual, limitaré la particular visión de mi realidad al estudio de la conciencia colectiva.

No creo que se pueda negar la interrelación o correspondencia mutua entre el ser humano y el universo o, por simplificar la idea, entre la conciencia individual y la colectiva, refiriéndonos a la Tierra. Todo lo que el ser inteligente piense, diga o realice habrá de repercutir en el alma grupal. Incluso el simple pensamiento no expresado modificará la conducta personal según sea la importancia de la reflexión, especulación o juicio emitido. Por lo tanto, si existe un giro conductual en cualquier persona, su influencia será, matemáticamente hablando, el sumando que unido a los aditamentos o añadiduras de otras actuaciones modifique la conciencia colectiva.

En función de lo hasta aquí expresado, será fácil comprender cómo la acción individual modifica la vida en la sociedad humana. Algo tan conocido no deja de ser obviado por la mayoría de seres pensantes. Todo esto refiriéndonos a la conciencia social en conjunto, aunque por diversas razones de tipo local, histórico, religioso o étnico puedan darse algunas variaciones que no desvirtúan el concepto general. También, en paralelo, habremos de considerar la relación existente entre todos los planetas con vida del universo. Si en la Tierra la conciencia colectiva depende de la suma individual para configurar el todo, igualmente debe suceder en el universo, puesto que, repetimos, no podemos dejar de lado la interconexión cósmica. La Tierra habrá de ser un sumando, lo mismo que sucederá con cualquier planeta dotado de vida inteligente, hasta desembocar en la conciencia cósmica.

Podremos hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué función puede tener la conciencia cósmica? ¿Con qué habrá de interconectarse si se trata del Todo? Respuesta especulativa la hay en el marco de la lógica metafísica.

En el espacio tiempo de los incalculables milenios, cuando se dé el supuesto final cósmico o big Crunch (lo que la teoría cosmogónica denomina Gran Colapso y también Gran Implosión), surgirá un nuevo ciclo conocido como Big Bang. Del punto inicial en el que se formó la materia, el tiempo y el espacio nacerá una nueva etapa, periodo, ciclo o como queramos denominar a la Gran Explosión, es decir, una nueva era. Sin embargo, en ese inconcebible punto la densidad y la temperatura son tales que bloquean la imaginación; pero en dicho proceso de implosión y explosión deberá estar presente la huella vital o síntesis de las pasadas conciencias antes de la implosión. Algo similar a la conocida Ley de Lamonósof-Lavosier o Conservación de la Materia: “Nada se pierde, nada se crea, todo se transforma”.

Después del punto y aparte, cuando el cerebro reclama su derecho al descanso, la recuperación me exige poner los pies en el suelo. Ha sido un prolongado pensamiento; algo parecido a la esclavitud mental, con el único apoyo de la voluntad y contrapuesto al firme propósito de un anclaje en la rada de la realidad cotidiana. En definitiva, lejos del abuso reflexivo. No obstante, quiérase o no, queda un poso exigiendo el justo reconocimiento de una realidad totalmente opuesta al pensamiento racional. Es lo que estimo competencia ineludible del espíritu.

Si el científico, con el apoyo del complejo mundo matemático, la prueba de laboratorio más la avanzada tecnología no ha podido negar la realidad externa a la materia, ¿por qué yo, aunque profano en la ciencia, he de silenciar mi creencia en el espíritu? Al menos aporto una ide más que, acertada o no, sirve para mi crecimiento como ser pensante. Después el tiempo dirá si la razón final está en lo puramente material o en la ya tan citada complementariedad materia-espíritu.

Al margen de todo lo expresado, existe una evidencia: los humanos creamos la conciencia colectiva partiendo de la individualidad; por lo tanto, somos los únicos responsables de que en la Tierra se mantenga la armonía o triunfe el desacato a la razón de ser; es decir, el fracaso de la humanidad.