Violencia en Argentina (XVI): La «lógica perversa» del peronismo

La «lógica perversa» del peronismo

No sólo el canciller chileno Ignacio Walker señala la «lógica perversa» del peronismo, sino también Martín Sabbatella, intendente de Morón, provincia de Buenos Aires. En La Nación del 10/10/04 (Enfoques, p. 06), Sabbatella sostiene, refiriéndose al aparato del PJ, que «esas estructuras, que tienen una lógica perversa, terminan comiendo a todo aquel que se meta con ellas». La coincidencia no puede entenderse casual, sino fruto de una elección: la palabra «perversión» insinúa patología, es decir, enfermedad. La Enciclopedia del idioma de Martín Alonso (Aguilar, Madrid, 1958; tres tomos) establece: «Suma maldad o corrupción en las costumbres, o de la calidad o estado debido» (perversidad), ó «Sumamente malo, depravado en las costumbres u obligaciones de su estado» (perverso-sa). El diccionario de sinónimos, por su parte, aporta los siguientes: «corrompido, depravado, disoluto, libertino, perdido, vicioso, siniestro, inicuo, avieso».

Olvidos selectivos

Los funcionarios mediocres (como los que los apuntalan pretendiendo ignorar el alcance de sus propios actos) conforman, como estableció con sutileza Abel Posse en Biblioteca esencial (Emecé, 1991), una xiristocracia (del griego jeiristós, muy malo, y kratos, gobierno: gobierno de los muy malos). Sabbatella sugiere lo mismo sin abrevar en los griegos: «hay en Kirchner una profunda contradicción entre la voluntad de cambiar y la estructura que lo sostiene. Yo no me imagino la posibilidad de construir lo nuevo en la Argentina a través de la estructura del PJ o del radicalismo. Y no sólo porque no van a ayudar a construirlo, sino porque lo van a resistir mientras el poder de los partidos tradicionales se base, mayoritariamente, en la degradación: el toma y daca, el clientelismo y la prebenda. Es que lo nuevo pone en riesgo su subsistencia» (Sabbatella, art. cit.).

Esta “contradicción” de Kirchner aparece también en sus actos desmañados, más propios de un adolescente que de una personalidad consolidada. Hasta hace poco el Gobierno elegía la diatriba y respuesta pública antes que gobernar. El cambio suscitado en los últimos dos meses es promisorio, pero no alcanza a diluir las sentencias de Walker y Sabbatella: esa lógica perversa que anida en la indefinida naturaleza del peronismo.

Cuando Kirchner critica la «argentinofobia» de Walker por haber escrito que el peronismo es «facistoide» (palabra que no pertenece a Walker, sino a un autor que él estaba glosando en su artículo), olvida la generosidad de Perón con los genocidas nazis. Olvida también que el terrorismo de Estado comenzó durante el gobierno de Perón, María Estela Martínez y López Rega. Que la masacre de Ezeiza fue el 20/06/73, cuando gobernaba el peronista Héctor Cámpora, y que nunca fue investigada por expresa orden del Gobierno (hasta hoy se desconoce cuántos muertos hubo). Que su partido, aún gobernante, apoyó el Plan Cóndor amparando el asesinato en Buenos Aires del general chileno Carlos Prats el 30/09/74 (Videla recién perpetraría el golpe de Estado el 24/03/76).

Olvidos tan fecundos sólo pueden ser producto de una astuta selección. Ingresamos entonces en la lógica de la perversidad, en donde apelamos a olvidos selectivos para potenciar ciertos aspectos en detrimento de otros que nos son perjudiciales. Pero la Historia, con mayúscula, se escribe con todas las voces, y no con las que algunos personajes enquistados en el poder deciden utilizar en beneficio propio. En otras palabras: Walker no expresa «argentinofobia», sino una realidad trasparente para cualquiera que conozca la Historia nacional. Pretender descalificarlo aduciendo una presunta inquina hacia los Argentinos no hace más que evidenciar, por contraste, uno de nuestros problemas más difíciles de asumir: la propia responsabilidad.

El “ser nacional”

Marcos Aguinis aporta un dato revelador: «En los países en los que predomina la sensación de ser víctimas “es intensa la tendencia a la protesta”» (El deterioro de la Justicia es un freno al desarrollo. La Nación, 11/06/04, p. 13). Jorge Bosch llegó a una conclusión similar, haciendo notar una característica de nuestra cultura: «Nuestro país fue en algún momento rico y casi desarrollado, y en esa etapa los intelectuales no se sintieron atraídos por la manía de definir, delimitar y exaltar la cultura nacional, sino más bien por enriquecerla con todos los aportes de fuera y de dentro. Pero después Argentina cayó en una larga hibernación de subdesarrollo, y entonces algunos intelectuales de este período comenzaron a ejercer una presión encarnizada sobre el tema de la cultura nacional, sus pautas, sus límites, su pureza y, sobre todo, su independencia respecto de influencias extranjeras. Como se enteraron de que sus predecesores inmediatos no habían estado poseídos por las mismas obsesiones, los acusaron de extranjerizantes y antinacionales, sin advertir que aquellos habían respondido simplemente a la dinámica y al estilo de un país en pujante desarrollo, en tanto que ellos, los acusadores, eran fieles representantes de un país estancado que insistía desde las almenas culturales en profundizar su estancamiento y su atraso» (Cultura y contracultura. Emecé, 1992. p. 145).

La apreciación de Bosch pone sobre el tapete el miedo de ser y asumir lo que somos. La lógica de la argumentación es que los problemas nacen afuera y que los argentinos somos víctimas de la maledicencia extranjera. ¿Pero con qué objeto los países desarrollados querrían dañarnos? Nadie ha respondido esta pregunta crucial, quizás porque su (improbable) solución no existe.

Umberto Eco fue contundente: «¿Qué es un argentino? Un argentino es una persona que está sentada ante la mesa de un bar preguntándose qué es ser argentino». El retruécano es ácido, pero verosímil. Y responde, en cierta medida, a la lógica perversa de la que también es parte importante, sino fundamental, el «enano fascista» que señaló Oriana Fallaci. Aún no hemos asumido la premisa de Ortega y Gasset, «Argentinos, a las cosas». Aún no hemos comprendido que la identidad, como la cultura, debe construirse.

Cinismo estatal

El gobernador Jorge Obeid sostuvo que «hace 20 años que se viene destrozando la seguridad jurídica. La responsabilidad la tenemos todos» (La Nación, 18/10/04, p. 08). Coincidentemente, desde 1983 el peronismo gobierna la provincia de Santa Fe. Obeid sostuvo también que él ha «mantenido una línea de conducta», pese a haber apoyado a Menem en los 90 y ahora ser acérrimo defensor de Kirchner, y que «el sólo hecho concreto de firmar decretos no tiene que ver con un esquema hegemónico» (de lo que se acusa a Kirchner, que proporcionalmente ya firmó más decretos que Menem). Estas declaraciones podrán sorprender a algún distraído, pero no a quienes siguen con un mínimo de atención los pasos de funcionarios y/o gestores peronistas.

Basta recordar algunas frases célebres (por la prepotente sinceridad que revelan): «Yo robo para la corona» (José Luis Manzano). «Tenemos que dejar de robar dos años, y me incluyo, para salvar el país»; «Yo no hice la plata trabajando, trabajaba mi mujer» (Luis Barrionuevo). «Me eligieron por mi inteligencia y no por mi prontuario» (Carlos Grosso). «He visto algo de lo que no puedo hablar»; «A mí nadie me avisó»; «Yo tengo sangre en las venas» (Carlos Reutemann). «Las aguas bajaron pero la pobreza queda»; «agredir a Reutemann es agredir a Santa Fe» (Jorge Obeid). «Si nos ganan la provincia, va a pasar como en Rosario, no ganamos más por 20 años. Pero lo más dramático de esto es que van todos presos, desde Reutemann hasta el último barrendero que estuvo en la última comuna» (Pedro González). En la misma forma cabe consignar la obscenidad del “tratamiento” de la Ley de Lemas; la vergüenza de los nombramientos del Tribunal de Cuentas santafesino; los actos del último «día de la lealtad» en Atlanta (en donde Duhalde y Scioli criticaron el poder financiero internacional -que hasta hace poco apoyaban como émulos jerarquizados de Menem-); y la expulsión de la radio rafaelina LT28 del periodista Leandro Miller (Müller, en realidad), testaferro del peronismo provincial (cfr. Edgardo De Luca. Miller y la fugacidad dolosa. Castellanos, 19/10/04).

Así, la “contradicción” que Sabbatella encuentra en Kirchner es ficticia. Puede hablarse de contradicciones en otro estadio, pero no en el Gobierno (a excepción de ámbitos menos importantes, como educación o cultura). Lo que el Gobierno hace es lo que desea hacer, no sólo lo que puede. Difícilmente se trate de actos aislados y yerros accidentales. Si algo caracteriza al Estado es su apreciación de los efectos que pueden provocar sus decisiones. Es sencillo comprenderlo: si realmente nuestros gobernantes se contradijeran, hace tiempo que la Argentina habría desaparecido fagocitada por la selva de la incompetencia y/o algún país vecino con apetito de expandir sus fronteras.

Lo que mejor define al accionar peronista es el cinismo: el 17/10/04 el canciller Rafael Bielsa le obsequió a su par chileno Ignacio Walker dos libros sobre el peronismo, uno firmado por Antonio Cafiero (quien, de paso, dejó asentada la índole derechista del partido cuando afirmó que Menem lo habría retado a Kirchner diciéndole «el gobierno no es para pelearse con todos, aunque no te gusten. ¡Por favor, dejá de juntarte con estos zurdos, de la izquierda neoliberal, de la izquierda social, porque ésos no son peronistas, viejo!», sic. La Nación, 02/07/04, p. 08), y otro del mismo Perón, pero firmado con el presuntuoso seudónimo «Descartes».

El Gobierno argentino procura, con dudoso humor, “ilustrar” a Walker. Más cauto habría sido abstenerse, porque al sentirse obligado a devolver la gentileza Walker podría haberle obsequiado a Bielsa los libros de Uki Goñi o Jorge Camarasa (por citar sólo dos ejemplos pródigamente fundamentados en documentos, bibliografía e investigación) en lugar del último de Ricardo Lagos, como efectivamente hizo el 18/10. ¿Qué habrían aducido entonces Kirchner y su séquito? ¿Que, como sostuvo Miguel Pichetto, senador nacional del PJ, el canciller trasandino «abreva en una bibliografía carente de objetividad alguna y pontifica sobre la Argentina con una soberbia ignorancia»?

Podríamos resumir, entonces, en que la lógica perversa del peronismo se inicia con un objetivo maquiavélico básico, perpetuarse en el poder (llevando al extremo la consigna «el fin justifica los medios»), y luego escribiendo la Historia con una redefinición del papel del partido y aportes espurios de poca o ninguna legitimidad intelectual. Pero una cosa es seleccionar la información y manipularla en beneficio propio, y otra diferente pretender que esa “historia” es cierta. Mentir con férrea convicción es algo que el peronismo sabe hacer. Elegir creerle o no, y actuar en consecuencia, es el deber de todo ciudadano responsable.

© Carlos O. Antognazzi.
Escritor.

Santo Tomé, octubre de 2004.

Publicado en el diario “Castellanos” (Rafaela, Santa Fe, Argentina, el 29/10/04). Copyright: Carlos O. Antognazzi, 2004.