¡VENGA YA!

¿Qué debéis ceder con mayor valor que el de una sola vida, de los millones de existencias que representáis? Porque no entiendo que os paséis el día, jornada tras jornada, recitando los derechos del ciudadano, al mismo tiempo que aumentáis vuestra potestad para dejarlo en cueros, e incluso apagar su voz. Pero la mía no la vais a silenciar con tanta facilidad, porque la palabra la tengo a la deriva en el proceloso mar de mi libertad. La mía, no la que vuesas mercedes me otorgan mediante decretos sacados de la bocamanga, por no mentar las bolas de Juanelo. ¿A qué estáis jugando, y más en estos momentos de luto, de angustia y de justa rebelión de conciencias? ¿A incrementar vuestro poder con un par de millones de votos, robados a la raza hispana con promesas falsas? ¡Venga ya! ¡Uníos de una puñeterísima vez, señorías!, que cuando el pueblo llora no hay que sacar los pañuelos, sino aventar soluciones para escoger la más válida.

De un lado al otro, en movimiento pendular, se me va la olla cuando pienso en las dietas por comisiones de servicio que sacáis del talego popular para arreglar España. ¡Jo con los mendas parlamentarios! Claro, luego diréis que se necesitará seccionar las lenguas demagógicas de los populistas. Doble adjetivación embustera para justificar epítetos, felonías y condenas a los comunistas bolivarianos. ¿No es así? ¡Perra vida! No la vida digna de quienes inclinan su orgullo para besar una margarita, sino la de los mil y un perros cancerberos cuyas tres cabezas las ponen al servicio del banquero.

España necesita con urgencia una unidad indisoluble capaz de afrontar el alud que se nos viene encima. Sabemos de sobra que con las finanzas no existe la mínima posibilidad de acuerdo. Ni con el dinero, ni con los intermediarios de Satanás; pero morir degollado no es lo mismo que fenecer con la cabeza alta. Pensando con el mismo egoísmo que demuestra la mayoría parlamentaria del momento, ¿qué más me da irme ya, después de ochenta y cinco años de penurias, que aguantar en pie los minutos eternos que me puedan quedar de vida? Pero no es eso: quedarán mis hijas y las tuyas y los hijos de los demás. Tal vez por no ser político, la poca dignidad que me han dejado desarrollar los cabalistas del egoísmo y la maldad la emplee para decirles a ciertos parlamentarios, los que todos y todas sabemos, no a sovoz sino con la potencia de la rabia: ¡Unámonos!

Lo está reclamando el pueblo. Las encuestan lo anuncian de manera masiva. ¿A qué esperáis? ¿Valen más los votos que las vidas humanas, que el hambre que nos amenaza con suficiente antelación? La evidencia de que os sintáis seguros en la cueva de Ali Babá, ¿es motivo para despreocuparos de los millones de votos que os auparon hasta las más altas instancias estatales? Despertad, hermanos, que aún confiamos en vosotros. No dejéis que desaparezcamos envueltos en tristeza. Al menos, permitidnos que soñemos en colores.

César Rubio Aracil