UNA CUESTIÓN DE ESTÉTICA

El problema de Enrique era simple y trágico. Como simples y trágicas se presentan en nuestra vida, esas, que llamamos: obsesiones.

Porque lo de mi amigo era una obsesión. Desde jóvenes, unidos a la misma ansiedad por las letras, unidos al mismo sentimiento de libertad con que nos agigantábamos el alma y embriagábamos -como vino añejo- en el dulce repicar de la sintaxis del lenguaje, de sus palabras, habíamos discutido el punto… El punto de equilibrio que resulta necesario alcanzar en todo pensamiento o acto de vida, acompasando a la regularidad murmurante del Universo, acompañando -como Buzzati en sus cuentos- al lector en su aventura, hasta atraparlo, pero sin trampas ni desconciertos, cuidando de no dejar de pensar en él como sujeto y fin de nuestras confidencias o ficciones.

Pero Enrique insistía. Insistía y escribía poco. Es decir, escribía mucho y creaba poco. O mejor, corregía mucho y escribía poco. Buscaba la perfección, seguro de alcanzarla, deseoso de atesorarla, como si aquélla fuera, no un medio o estímulo, sino el alfa y omega de la creación literaria; no un puente, sino el muelle de un lujoso barco, según él, siempre a la deriva, como el Titanic…

Habiéndole un día preguntado el porqué de su inacabable rehacer, no me supo responder; sólo encoger los hombros, con el gesto sorprendido por aquel “sin fundamento” de su seguridad o, más bien, inseguridad poética, pero casi pedante en definir situaciones como éstas, un tanto confusas para su mente revisora y ecléctica.

La limitación del hombre, balbuceé. Eso es la deriva, afirmé.

Pero no sé si entendió. Él siguió en lo suyo, yo en lo mío. Tendría unos cuarenta y pico de años ya, y su perseverancia era admirable. Así y todo publicó dos libros. El tercero fue en realidad una recopilación o antología personal basada en las obras de aquellos otros. Nada nuevo. Excepto, eso sí, y con la aclaración debida de su parte, de tratarse de los últimos originales, y que, para todo objeto -antologías provinciales, nacionales o universales, si la fama, el prestigio o el éxito fueran bienvenidos-, debían tenerse en cuenta. Quizá un lustro o una década después, volvieran a tener otra forma: más exquisita, de mejor calidad, atropellada de sinónimos, de palabras cuidadosa y puntillosamente analizadas, etimológicamente desentrañadas, contextualmente ubicadas. Una labor artística de alto nivel. La Obra de Arte. Dos o tres cosas, pero la Obra. No importaba escribir, en definitiva, para decir o contar cosas, para traspasar la realidad y trozarla o triturarla por la tolva de un pensamiento en tensión aguda (E. Zola, dixit), y dar señales por donde circular el laberinto de la vida o esculpir valores o ideas fundacionales de otros mundos -los de los sueños y la imaginación disciplinada, por ejemplo-… “No”, espetaba; “actitud mesiánica”, sentenciaba. “No me gusta”, afirmaba. “Yo afino. Yo pulo. Volveré mil veces hasta lograrlo. Convenceré a cada palabra, punto y coma acerca de su lugar: es decir, ordenaré el caos de la anécdota hasta nutrirlo de una perfecta racionalidad estética e idiomática”…

Confieso que, para mí, sus cuentos eran pesados, tediosos, atribulados de palabras sobre palabras. Insoportables de leer a más de uno por semana; pero bien escrito, eso sí, con excelente estructura lingüística y argumental. ¿Celos? Muchas veces, me dije, “estás equivocado; no puedo reconocer al mismo tiempo la objetividad de su artificio (¿acaso no era el Arte, artificio?) por el nivel de mis sensaciones gustativas… “. Y pensé: “estoy sesgado; me gusta Bradbury, Gardini o Rowling, y en Enrique no hay nada de poesía en acción a pesar del cúmulo de imágenes barrocas y exasperantes que la obnubilan con alevosa morosidad”. Como si una historia no necesitara reflejar -en el coloquio de acciones o de voz- el ambiente de sus personajes.

De pronto, encontré una salida a la cuestión: me dije, “esos cuentos tienen palabras, pero no tienen alma”. Y el día que hizo lo que hizo, pudo confirmarlo para mi desgracia y la del pobre chico.

Es que, cuando uno crea, pone todo el amor, toda su inteligencia, talento y atención -hasta donde Natura lo permita-, y la cuota -insoslayable, ¿por qué no?-, de trabajo, oficio y transpiración, de paciencia -en levadura- para amasar la idea, darle forma y sentido, y verla pan dorado después del golpe eléctrico o entintado de la pluma en movimiento -fabricante de repulgues evocativos-, acompasado por el pulso enérgico o el rasgo suave de los dedos o las manos desnudas sobre el papel que nace a libro… Y punto. Y allí está. Publicado y presentado. Jugado en sentimiento y esperanza para compartirlo como a un oasis de sueños o un cristal de amarguras, puesto a la mesa del lector -acaso, eficaz leedor-… Pan ofrecido y devorado, vuelto eucaristía. Uno mismo en aquellos otros que lo huelen y lo gustan y lo comen… Multplicado -como en Caná de Galilea- o transfigurado -como en Emaús-. Uno mismo consagrado por el Verbo creador… Sí, gran pretexto el de la Obra para henchir el vientre de tantos otros y nacer de nuevo, una y otra vez, una y otra vez, y mezclarnos y admirarnos en ellos para no sentirnos solos en el cotidiano (¿eterno?) descubrir de lo vivo-vivido, de lo vivo-vivo y de lo vido-por vivir…

Le explicaba todo esto a mi otro amigo, al Edgardo, y él sí que me entendía, y me entendería aún ahora que no está -viajero inesperado inaugurando tumbas- y que armo -horrorizado- esta especie de denuncia literaria, cuando digo que un cuento, un poema, un ensayo, un libro es… como un hijo. Que uno, por él, hace lo posible (porque lo imposible, como contracara, también es relativo e innato a cada uno), y que, entonces, sale. Con un vagido de estupor ante el qué dirán. Y que no es varón sino nena. O viceversa. Y que me gusta o no me gusta. Y que la nariz, que los ojos y el pelo, y que luego va a crecer (¿viste?), y se va a poner mejor, más lindo, más linda (¿viste?). Porque así, chiquitos, son feos, o parecen feos (algunos no, algunos son muy lindos), porque la fricción del parto, y la mollera (fontanella)… Es que es un recién nacido, ¡pero cómo pasa el tiempo!, y que ahora ya tiene cuatro años, y es mío, y es cierto: no tiene aquello pero tiene esto otro, ¿y cómo yo no me di cuenta, y, la vecina, sí?; porque, cierto, carajo, es inteligente, a lo mejor no tan lindo -¿lo seré yo?-, pero sí atrevido, audaz, “tiene garra tu nene, ché”, y ahora se me ha vuelto de doce, de doce años, la pucha, “pero tu pibe es un fenómeno, es un avión, además se porta un kilo en clase; decile a tu señora que tiene que estar orgullosa”, pero lástima, ¿no?, me digo: si esa nariz y esos ojos y el pelo…, ¿por qué así?, tan feucho…

Pero ché, ¿tan estúpido soy? ¿Tan machista me he vuelto en darle a la careta más importancia que al almita del pibe? Mejor ni piense estas pavadas, a ver si termino como Enrique, que, como a sus cuentos, desde que nació y cada tres o cuatro años, le hace al hijo la cirugía estética…

La de problemas que tiene con su bendita obsesión.-
{{{Santa Fe (Argentina), Marzo de 1987. Texto ajustado al 15-05-2006. Publicado en Diario “El Litoral” – Santa Fe (Argentina), el 10-07-87.Publicado en Diario “Epoca” – Corrientes (Argentina), el 12-06-88.Su versión original integró la primera edición del presente Libro “Breve Sinfonía y otros cuentos” (Ediciones Colmegna S.A. – Santa Fe (Argentina), Marzo de 1990), págs. 75/78. integra el Libro “Desde el Umbral (Terrores Cotidianos y de los Otros) – Colección del Horror. Inédito. La Botica del Autor (Santa Fe, Argentina), 2006.-}}}

{{Dedicado especialmente al Taller Literario de la Asociación Santafesina de Escritores (Argentina), que entre 1976 y 1977 me cobijó en su seno, de la mano maestra de dos grandes de la Cultura Regional Santafesina: Miguel Angel Zanelli (1924); y Edgardo A. Pesante (1932-1988), in memoriam}}…