En la mañana del 13 de abril de 1204, mientras Bizancio había sido abandonado a la furia de las cruzadas por Vatacio el herético, la pequeña torre del monje Frigio bullía de actividad. Junto a Frigio había un muchacho de unos 17 años, ataviado con una hermosa túnica roja y un pintoresco manto azul.
– Verás, decía Frigio – toda historia comienza con un equívoco… entonces ¿Cuál crees que sea el nuestro?
– ¿Una venganza, maestro? – preguntó Cristóbal.
– Sí, eso estaría bien. Pero no por cualquier nimiedad, sino por una buena razón – observó pensativo el bueno de Frigio.
– Son muchas las razones que provocan el odio; el poder, la buenaventura… ¡Quién sabe cuantos más!
– ¡No! ¡No! Ninguna de esas, quizá… ¡Desamores! ¡Eso es! Un hombre a quien arrebatan su prometida.
– Sí, genial maestro. Entonces va y desea cobrar el daño a el hecho, mas ¿cómo? -sugirió Cristóbal.
– ¡Por Dios! ¡Poca es tu agudeza muchacho! ¿Y te haces llamar genovés? Si esta claro como el agua, nuestro protagonista se dirige a un cruce de caminos y siguiendo el del libro secreto de San Cipriano grita: Oh, Lucifer, príncipe del infierno, te cojo y te introduzco en el cuerpo de mi enemigo, y si matas a la mañana siguiente a este, prometo que te sacrificaré este gato, y me prestarás servicios. En nombre de las legiones infernales, Bolial, Azazel, Adremech, Asmodes, y Alastar – dijo exasperado por la excitación Frigio.
– ¡Espléndido! Maestro, permitidme que haga un aporte. Un final aleccionario. El hombre es fulminado por un rayo divino, porque según los evangelios debemos amar al prójimo, como lo hizo Jesús, y nunca desearle mal alguno – declaró triunfante Cristóbal.
– Muy bien, te felicito, lindo final. Después de todo creo que serás un buen escriba. Pero ahora solo eres amanuense, así que toma tu estilo y un pergamino de Vellum, y empieza a escribir este relato, que yo te dictaré…
GULLERMO BADIA HERNANDEZ
13 años