Semana de Pasión… y compasión / OPINIÓN

NUEVA YORK. En uno de los primeros actos oficiales de su papado, Francisco les pidió a los cardenales que lo rodeaban antes de salir al balcón de la plaza de san Pedro que aceleraran los preparativos para poder saludar a los fieles que llevaban varias horas esperando bajo la lluvia.

Fue un acto de compasión, el primero de varios observados en los últimos días, que ha tocado una fibra sensible, porque la compasión, que está en la base del catolicismo, parecía haberse exiliado del Vaticano hace tiempo. La defensa del dogma y de la forma por encima del fondo ha alejado del catolicismo a millones de feligreses que, gobernados por una jerarquía poco comprensiva y solidaria, han llegado a la conclusión de que la ética y la moral con que conducen sus propias vidas son más importantes que su adhesión religiosa.

La reacción generalizada al mensaje humanitario del nuevo papa ha sido esa onda de buena voluntad y esperanza, porque, intuitivamente, la gente siente, todos sentimos, que el planeta necesita más compasión. Es posible que un papa compasivo atraiga más feligresía y que sus enseñanzas moldeen a los creyentes de tal manera que el resultado sea un mundo mejor.

Pero la buena noticia es que no hace falta tener carné de afiliación a ninguna iglesia para ser compasivos o para ser objeto de la consideración de los demás. Tampoco hay que dedicarle años o hasta décadas de práctica, como lo sugiere la «meditación compasiva» del budismo. Según lo demuestran las investigaciones del profesor David DeSteno, quien dirige un laboratorio para el estudio de las emociones humanas en la Universidad Northeastern de Boston, la compasión se puede sentir de manera casi instantánea y ni siquiera requiere tener gran fuerza de voluntad.

En un libro que publicó el año pasado y en conferencias en diferentes escenarios, el profesor DeSteno está propagando la idea de que sentir simpatía y ganas de ayudar al otro no depende de que la persona sea buena por naturaleza o de que se lo hayan enseñado en las clases de religión. Tampoco se basa en cuán desesperada sea la situación del necesitado. Basta con descubrir lo que uno tiene en común con el otro para que los mecanismos evolutivos del cerebro generen un sentimiento compasivo.

Una y otra vez, distintos experimentos de DeSteno muestran que reacciones compasivas se producen cuando las personas encuentran temas comunes que las identifican e, inclusive, cuando realizan actividades físicas de manera sincronizada. Su propuesta es usar el atajo que nos señala la ciencia para acercarnos a las personas y categorizarlas basándonos en lo que tenemos en común con ellas y no en lo que nos diferencia. Si le hacemos creer a nuestro cerebro que -como lo dicen las religiones y muchas constituciones- todos los hombres somos iguales, nuestras neuronas harán el resto.

¿Cuál sería el beneficio de practicar esta especie de compasión programada? Aunque el mundo está lleno de personajes viles y ególatras que son exitosas, que nos pueden hacer pensar que la bondad no paga, la sociedad como un todo solo ha hecho avances gracias a las enormes dosis de compasión que han permeado igualmente enormes dosis de maldad y violencia. El progreso sin compasión, programada o no, simplemente no existe.

El trabajo del profesor DeSteno sugiere hacerse la disciplina de pensar en el otro como un igual y rechazar la tentación de excluir a quienes no profesan la misma fe o no vienen de la misma región o no comparten los mismos valores. No tiene tintes religiosos ni pretende convertir a nadie, aunque tampoco está tan lejos del «amaos los unos a los otros» que conmemoramos en esta Semana de Pasión.

ADRIANA LA ROTTA