Selección de textos del libro: Mundo crudo

COPIA FIEL


No fueron suficientes las piedras que recogí
para marcar este territorio.
Además, la madera que señalaste guardar para el fuego
nunca calentó el hogar y la cama continuó tan blanca
y abierta como hasta ahora.
Todo este trabajo fue en vano porque los días continuaron
envejeciendo en sí mismos.
Pero lo que  resultó verdaderamente inútil
fue el animal  que me ordenaste domesticar:
esta bruta representación que come de mí
para alimentarte cada noche.
Después de la luna comienzo a dar vueltas en redondo
y golpeo ceremonialmente el lomo contra los bordes.
Así voy al apetito de mi memoria donde hay un día
idéntico a éste, un día con un tipo contando las piedras
apiladas junto a la leña, al mismo tiempo que acaricia
a un animal cuarentón que habla raro
y que dice resultarle familiar
 tu voz cuando te escucha.


 


HORA DEPUESTA


Una aproximación a la verdad 
es el pollo que gotea  colgado de las patas.
Más abajo, el batir del agua caliente
contornea el vapor  que trepa 
entre espirales blancuzcos
para que la crudeza del ave
se empape a razón 
de una desprolija combustión
que ha comenzado a dorar su espíritu.
A unos pasos de allí, la cocción despiadada
de muslos y pechugas no perturba
ese otro vapor que emanan
nuestras carnes desnudas.
Más tarde, consumido el trámite de almuerzo
y mutua devoración, queda una certeza
que demora el ánimo de las partes
cuando el entorno adormece
el aroma de las luces.
Ver el fuego apagado, ver los huesos molidos
en la basura y ver la cama revuelta bajo tu cuerpo
es una provocación a la desmesura de lo efímero,
a lo poco que puede tentar una verdad
cuando lo doméstico se resume
en la volátil ceniza del mundo
y nuestra existencia es como esa última
gota de grasa que cae sobre el carbón,
como esa última gota de tiempo
que nutre la espera
y hace de la distancia
una mentira posible.


 


VUELO ABIERTO


La mecánica natural del alma
hace que las pequeñas miserias
se conviertan en el riego natural del ojo.
Gota a gota trabaja la tristeza mientras el llanto
activa cada parte, cada minucia ordenada
en la memoria del dolor.
Entonces viene tu abrazo, tu súplica,
y el llanto avanza, transforma tu pérdida
en un sufrimiento líquido.
El ojo se cierra y la gota viene a colgarse de tu nariz.
Cae, y antes de estrellarse, forma en el aire un mundo
ausente de nosotros; un mundo transparente
que alcanza a brillar, a sacudirse como si estuviera vivo,
a reflejar dos rostros sorprendidos que no comprenden
cómo la naturaleza puede perder algo tan bello,
tan perfecto a la hora de reventar y que no los contenga
en cada astilla de agua que vuela cuando se abre.


 



UNA NARANJA


EL cuchillo recorta circularmente la naranja
bajo su cáscara.
Hace correr el jugo entre el filo y la pulpa,
marcando el cauce de un camino líquido
que rodea a la fruta para venirse a tu mano.
Viéndote ejecutar esa maniobra, pienso que
algo terrible ocurriría con mi corazón
si tu apetito cayera en desgracia.
Ese movimiento giratorio, ese descascarar
en crudo para llegar al brillo de la pulpa,
daría con la parte más débil de un hombre
y la desnudez de su sangre brotaría hasta
manchar sus ojos de la manera más vergonzosa.
La diferencia la marcaría el ángel que mueve
tus manos.
Porque la fruta gira entre tus dedos para que
su carne se abra por entero a la luz.
En cambio, un corazón se pudre si no se lo corta
en el momento preciso.
Queda dudando lejos, cavado en una ruina oscura,
a treinta y cinco centímetros por debajo
de la boca.


 


MUNDO CRUDO


Como si estuviera paseándose por una flaca pastura
con hambre de fiera.
Así de animal: revolcándose dolido entre la sequedad
de las palabras.
Con la cuchara del alma cava bocado tras bocado
y no abre la boca.
Nada que alimente, nada que ya no sepas.
Ella quería abrigarlo, ella lo esperaba escuchando poco,
nada, apenas algo.
Él seguía moviendo despacito la boca, así,
como si ese poco de hierba entre sus labios
significara algún mensaje que valiese la pena entender.
Despacio la boca, pensando en el sabor que tendría el tiempo
si el mundo fuese esto que mastica, estas migas de palabras
que se atoran entre los dientes y perduran por años en la memoria
haciéndonos recordar el aroma del silencio, del mismo silencio
que ella guarda en la mirada mientras espera.