Selección de Poemas de Manuel Lozano

CRUZ CON CRISTO RESUCITANDO AL BORDE DE LAS LLAGAS


a Nohemí Sosa Reyna



Bajé de la luz hacia los bosques, de la escarcha hasta el sol


con esa tempestad ebria de corteza y de palpitaciones.


Escudriñé la lágrima de un niño jugando a los dados


para ver cómo sangra mi raza de lobo malherido a la vigilia.


Sumergí estatutos.


Curé infinitos rostros, infinitas máscaras:


parodias de lo humano.


Doré los fósiles de traidores al viento


en mi Casa de Revelaciones.


Trituré inmundicias con mis pequeñas manos oscuras,


acosadas por el perfecto temblor de las chozas.


Vivifiqué hasta el delirio la humillación y la súplica


de los que han sido sin más preguntas que el amor,


impía feria.


Peregriné, sí, por el guardián sendero de Emaús


que aún me llora con su aroma a magnolias.


Exangüe, mordí el gusano


en las hilachas de mi manto lila.


¡Obstinada palidez en este ronco vacío


que nos repite el mundo!


¡Lumbre de altitud,


heredad que no se nombra, escúchenme!


Así es la noche de oro en que debo olvidar


y aborrecer y escupir frente a los muros,


y soplar el vaho hirviente sobre mi carne.
 
                               …………………………..
 
Por eso subo tan llagado


-a través del blanco hormiguero de criaturas, zumbando en grito


mi estupor y mi hambre-


a este Reino de Fuego.


 

Buenos Aires, junio de 2005
Del libro «La Rueca Dorada» 
 


ÜMRANIYE


Ya han comido de mi carne.


Es medianoche y sube el musgo en las paredes


con cruces tatuadas por la muerte.


Una silueta se acuesta con la sombra.


¡Fastuosa cicatriz la del harapo!


Pestilencial, veo su armadura invisible


atravesar muladares y cartílagos.


¿Adónde la libertad de los líquenes?


¿Qué edad tienen los días que mastican


la ruindad de los hombres?


Un teatro de incesto y calaveras


desentierras con la lluvia más fría.


-Vuelve a jugar-, dice el verdugo.


Pero yo he de tajar en piedra


la palabra que salva.


Buenos Aires, febrero de 2005
De su libro «La rueca dorada»


 


ÜMRANIYE 


Já comeram de minha carne.


É meia-noite e sobe o musgo nas paredes


com cruzes tatuadas pela morte.


Uma silhueta se deita com a sombra.


Fastuosa cicratiz, a do farrapo!


Pestilencial, vejo sua armadura invisível


Atravessar monturos e cartilagens.


Aonde a liberdade dos liquens?


Que idade têm os dias que mastigam


a ruindade dos homens?


Um teatro de incesto e caveiras


desenterras com a chuva mais fria.


– Volta a brincar -, diz o verdugo.


Mas eu dei de talhar na pedra


a palavra que salva.


Buenos Aires, fevereiro de 2005
De seu libro «La rueca dorada»


 


INFIERNOS PRIVADOS PARA EL MONSTRUO


Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos…
Marcos, 9:3  


Prisiones se cierran a tu paso.


De mimbre rojo son los dedos del malabarista.


Vastas progenies me cercan.


¿No se reflejan suntuosas las entretelas del crimen,


aun cuando el silencio siembra  temor y temblor?


Himnos de Adán negro suben desde los ojos.


La cabeza es de hierro, moribundo amarillo


hasta la cercanía.


Un diminuto sol cae sobre el desierto blanco.


Así, el niño inscribe fisura y permanencia.


¿Cuál será el lujo de abandono en este Paraíso?


Turmalina y topacio y luego este oleaje.


Has abierto las puertas de lino.


Muelles donde dibujas la sed .


Catacumbas de San Calixto,
6-XI-1998 De su libro «Mansión Artaud»


 


INFERNOS PRIVADOS PARA O MONSTRO


E seus vestidos tornaram-se resplandescentes, muito brancos… 
Marcos, 9.3  


Prisões se fecham a teu passo.


De vime encarnado são os dedos do malabarista.


Vastas proles me cercam.


Não se refletem suntuosas as entretelas do crime,


Ainda quando o silêncio semeia temor e tremor?


Hinos de Adão negro sobem desde os olhos.


A cabeça é de ferro, moribundo amarelo


até a proximidade.


Um diminuto sol cai sobre o deserto branco.


Assim, o menino inscreve fissura e permanência.


Qual será o luxo de abandono neste Paraíso?


Turmalina e topázio e fogo este marulho.


Abriste as portas de linho.


Cais em que desenhas a sede.


Catacumbas de San Calixto,
6-XI-1998
De seu livro «Mansión Artaud»


 


EL SEQUITO


Fue necesario correr entre los muros implacables,


por esponjosas, vampiras destilerías


hechas sólo para entrar como a un edén invertido.


¿Cuándo el cuerpo llenándose de tardías rotaciones


hacia la primera inhumación de la especie?


No me aguardaban esfinges, ni idiomas trasvasados,


ni heredades nocturnas


al compás de un tambor que convoca y redime.


Eran criptas celestes, hebras desusadas


escurriéndose contra todo perdón en la sangre,


abriendo mi boca de destierro bajo un sol de exorcismo.


Y más acá del aluvión, el cortejo invisible


con pupilas que descifran relámpagos en el fondo del vaso,


atajos que olfatean la estrecha salida.


No adulteres respuestas.


¿Y qué pólipos de escalofrío para explicar este vuelo?


¿No fueron ellos los mártires, los furiosos, los obedientes,


los que acecharon la sed y el asco de este mundo


para arrojarse sombríos a las fauces del león


como presintiendo el gusto del infierno?


Grandes despojos decretaron.


Durmieron vanidosos de terror junto al ultraje.


¡La exangüe mansión del escogido!


Se embebieron de un áspero deleite


sin suplicar jamás la llaga en el costado.


De su libro «Mansión Artaud»


 


O SÉQUITO


Foi preciso correr entre os muros implacáveis,


por esponjosas, vampiras destilarias


feitas apenas para entrar com num éden invertido.


Quando o corpo enchendo-se de tardias rotações


fazia a primeira inumação da espécie?


Não me aguardavam esfinges, nem idiomas transvasados,


nem herdades noturnas


no compasso de um tambor que convoca e redime.


Eram criptas celestes, fibras desusadas


escorrendo contra todo o perdão no sangue


abrindo minha boca de desterro sob um sol de exorcismo.


E antes do aluvião, o cortejo invisível


com pupilas que decifram relâmpagos no fundo do vaso,


atalhos de olfateiam a estreita saída.


Não adulteres as respostas.


E que pólipos de calafrios para explicar este vôo?


Não foram eles os mártires, os furiosos, os obedientes,


os que espreitaram a sede e o asco deste mundo


para lançar-se sombrios às faces do leão


como que pressentindo o gosto do inferno?


 


Grandes despojos decretaram.


Dormiram vaidosos de terror junto ao ultraje.


A exangue mansão do eleito!


Embebedaram-se de um áspero deleite


sem suplicar jamais a chaga no costado.


De seu livro «Mansión Artaud»
(Versión al portugués por Antonio Miranda, Brasilia, mayo- junio de 2005)


 


MANSION ARTAUD


Con lepra en la garganta,
he oído
el canto de los ruiseñores.
 
 
Era el incendio
en la cueva del ausente
hacia atrás, golpeándome.
 
 
Tajos, franjas, cenizas
sobre el limo.
¿Y quién no deja dormir
en mármoles finales
el suicidio del cuervo?
 
 
Gira el teatro
arañando la sangre
sin olvidar apenas
el esplendor litúrgico.
 
 
Devueltos, al fin,
blancos portones
devolviendo el soplo,
latiendo clausura.
 
 
Para pintar
la borra de las miasmas
cuando hace frío
y aúlla en la carne.
 
 
 
¿Qué? ¿Quién?
Con lepra en la garganta.
He oído.
 
 
 
Barniz donde se pierde
el despojo,
la insistencia y el crimen.
 
 
¡Vuelvan, vuelvan los iluminados!
Será aún el pródigo
amanecer
que imanta las horas.
Sobrenada este declive.
 
 
Magnético rayo
escalando el vacío
-irrefragable nacimiento-
hasta el vacío.
 
 
Según las caras de la esfinge,
tallarán nuestra cara.
Pero ella misma agrieta
los reflejos.
 
 
Heredad vista de cerca.
¿De un solo golpe,
la ilusión?
Los clavos en la sangre.
 
 
A despertar.
A combatir.
A encender perpetuamente.
 
 
 
 
Luz que diluvia.
Rebélense los huesos
del milagro.


Victoria, Abadía del Niño Dios,
15-18/VI/2001-Buenos Aires, 21/VI/2001

 


LA RUECA DORADA 
 
 
                    El poema va tejiéndose con hilachas desatinadas de viejos tapices, para arrojarse  -de cuajo-  como arpón hacia el abismo que es la casa.
 
 
               ¿No viste que volvería con el silbo de tu cielo, de tu infierno, es decir de las jaurías que te huelen en ángel y te despiertan basilisco? ¿Tu desvarío fue un milagro? ¡Esta es tu casa, el ojo de la aguja! Tu desvarío será tu milagro.
 
 
              Entonces se incrusta en mí como forma de respiración: arquitectura en la representación del Teatro Móvil de los Enigmas en que nos sumergimos. ¡Sombras de la vigilia, alimento lustral esta escritura que revela y devora!
 
 
               Beatitud de carnaval, inclíname los vientos. Confúndelos para que arda hasta el silencio de todo, irremediablemente. 


Villa Santa Lucía de Syracusa,
junio de 2005

 
 
 


MARIA DE NAZARET O AGRIPINA
 
 
Entonces escuché las palabras escritas.
¿Cómo apagar la lluvia del sol
sobre las lápidas hambrientas, musgosas?
Las entretelas cubren al velador de la sumisión
tiritando en el hielo.
El frío frota la prohibida sangre que no vuelve.
¿Pero qué palabra ensayaré para repetirme
en la sombra de este sol que aprieta como un puño
si no debo volver?
¿Tal vez una palabra de cera
como el verdín subiendo por las pieles muertas?
¿La abandonada que recuerde a su sangre
entrando a la fiesta del espejo negro?
¡Crines quiero yo sobre este bloque de mármol,
pelambres de un antiguo dios, hoy sumergido!
Elusiva la canción de esta casa.
El invierno se cubre de espinas
y hay una voz que musita,
-¡Yo conozco un reino blanco!
Aquí está la llave del reino:
en el reino rojo hay un reino negro;
en el reino negro hay un reino blanco;
en el reino blanco…
¿Y las criadas sin voz anhelando otras lluvias?
Reina envenenadora, de un zarpazo
llegas a tu agujero final.
Los días te aterraban
con el borroso fardo de heridas que son
y no son,
y vagan por tugurios poblados de disfraces
¿Y la noche y su caricatura?
Sólo un perro carcomiendo el trofeo de su maleficio.
Llega la astilla encarnada
de una profanación, de un ataúd, de un fuego fatuo.
Salmodio ahora mi cena de cenizas,
palpo la cerradura.
Así los encuentro.
Golpean a la puerta de la colmena tres tamborileros.
Hay telones aquí, como en las pesadillas,
candiles ofreciéndose a las antiguas veladuras,
pequeños asilos dentro de los muros.
¿Qué rayo de escarcha puede esperarte en la memoria?
Padres y madres -desde el comienzo del mundo-
aguardan por caer al precipicio.
Sucumbir, traspasar, llevar desierto.
¿Y qué felicidad de nombrar en bordes rotos?
¡Pánico el amén de tu retrato -María de Nazaret o Agripina-
con el celeste funeral de mis lágrimas!
(Hierve la cuadratura a ciegas
sobre el barro indecible de pezuñas.)
Nos desterraron de las sombras, hafiz.
Ya no hay albergues:
Floras y faunas se suceden para el encantamiento.
El desgarro ha pasado.
Dios tatúa su mudez en lo visible,
aquella que aparece disfrazada de pastora
en el lento jardín de los temblores.
Con solo mirar abres la llaga
bajo el látigo de huesos de una historia radiante.
¿No es un grito la súplica?


Buenos Aires, julio de 2005
De su libro «La Rueca Dorada»