RESPIRADORES Y MASCARILLAS

De acuerdo, la agresión nos ha pillado desprevenidos. No solo a los españoles, sino a la mayor parte de la humanidad. Nos falta de todo para salvar vidas humanas. Los hospitales dudan a la hora de decidir si las plazas de UCI deben reservarse para los jóvenes o para los mayores; para quienes tienen posibilidades de salvación o no, y se somete a dirigentes sanitarios y médicos a jugar al tres en raya con su conciencia, lo más valioso que les queda después de haberlo dado todo, sin descartar la propia vida. Sin embargo, ahí tenemos a la CIA, en Italia o en los países más pobres, en busca de lo esencial para que no se les vea el culo. A costa de lo que sea, porque dinero no les falta, lo mismo que a Israel, dispuesto a negociar con los árabes, sus enemigos de siempre. Vamos a ver, señoras y señores. ¿Tan difícil es la cosa? Me explicaré valiéndome del punto y aparte.


Si los poderosos del mundo quisieran ponerse de acuerdo, en poco tiempo estaría invadido el mundo de respiradores, mascarillas y de lo que hiciese falta. Materiales para la fabricación de los mismos hay de sobra ¿Qué cómo? Facilísimo. Dejando de producir armas para fabricar vida; es decir, el material sanitario que tanta falta nos hace. ¿Entonces? ¡Pues eso!


Ellos –los de siempre– están al pairo en todo momento. Se sienten protegidos y además les conviene el confinamiento como ejercicio para la posterior pérdida de libertades. El neoliberalismo se las sabe todas, más tres. La máxima dirigencia mundial de la quisicosa, ducha en navajazos, se aliará con cualquier símbolo, sacro o de trapo con colorines, para hacernos la puñeta; y volveremos a caer en la trampa, siquiera sea para llevarnos un mendrugo a la boca. Así es, porque antes que el hambre, la indignidad.


No sé si me he explicado más o menos correctamente, pero si algo faltase para concluir con mi discurso, entre todos y todas podemos completarlo a base de un guiso con agallas. Mas si algo faltase, también le podemos añadir al potaje el menudillo de tanto cerdo como hay en el mundo.


César Rubio Aracil