Hay días, hoy es uno de ellos, que le daría un patadón a mi amigo el Diccionario. ¡Hay que joderse! Acabo de consultarlo, y con toda la inocencia del mundo, porque uno es así de memo, espero que me diga qué significa la palabra, {{ {gozar} }}. En primer lugar se lo pido al María Moliner, que me contesta en su segunda acepción: {{ {Poseer sexualmente a una mujer.} }} “¿Cómo?”, me pregunto, no sé si asombrado o con mala leche, hasta que me da por soltar una carcajada. Y así, en calzones (porque es noche cerrada y en mi casa hace calor pese a ser invierno en Alicante), me dirijo a mi biblioteca para ver qué me dice el DRAE.
“¡Coño!”, exclamo. Mi mujer, siempre atenta a mis andanzas nocturnas, me pregunta desde su catre: “¿Qué dices? ¿Necesitas algo de mí? La verdad sea dicha, necesito lo que una señora de su edad, próxima a la mía, no me puede conceder; mas, con disimulo, la calmo con un beso al aire, que en la oscuridad lo interpreta a su manera por el chasquido, y voy a lo mío.
DRAE, tercera acepción: {{ {Conocer carnalmente a una mujer.} }} “La madre que me parió!, me indigno, aunque pensando en { {{voz alta}} } por no volver a molestar a mi compañera.
Cabreado como un mono al que le falta una mona a su lado, me inclino por el Diccionario del Español Actual, obteniendo el mismo resultado, ¡exacto!, del DRAE. ¡Toma ya!
Aunque los gerundios me agradan menos que mis arrugas, prosigo con lo mío y, {{ {analizando} }}, llego a la conclusión de que hacen falta muchas mujeres en la Real Academia.
¿Quieren decir los diccionarios que las damas no gozan cuando joden? Algunas no, claro está, porque {{ {algunos} }} nos las traemos. Sin embargo, que no me digan los ilustres académicos que cuando se chinga, sea una fémina o un varón quien esté arriba o debajo de, no se lo pasa en grande. Mas no queda ahí la cosa, ¡que va!
{ {{Poseer sexualmente a una mujer.}} } Ellas, jadeos aparte –porque ni unos ni otras podemos evitar en esos instantes los resuellos, suspiros y contorsiones, espasmos y otras gozadas-, ¿no nos poseen cuando estamos, dale que dale, por encima de la gloria aramea, cristiana o musulmana? ¡Por Dios, señores académicos!
Mi querido padre –que en gloria esté-, con la carcajada a flor de labios, me preguntaba alguna que otra vez, siempre en catalán: “César, ¿qué pasaría si, viendo a una pareja de novios en un rincón oscuro, en estado {{ {exultante} }}, la sorprendiésemos echando al aire un montón de billetes de a mil y dijésemos: { {{para el que la tenga dentro}} }?” Después de reír a gusto los dos, le respondía invariablemente: “Pues que se acababa el goce de inmediato”.
Yo, que me considero, y sé que lo soy, un tío calamidad para las Letras, hay ocasiones en que me hago cruces repasando el diccionario, y si no les suelto un puntapié –como hacen los ilustres de la Real con las mujeres- a mis queridos mamotretos no es por falta de ganas, sino porque, además de ilustrarme, y a veces de cabrearme, como mínimo me hacen sonreír.
César Rubio (Augustus)