Me recojo en oraciones
por mi alma, por tu carne,
ungida en ti con los óleos
lastrantes de nuestra historia.
Nada me retiene aquí,
sombra apenas de tu vida.
Amor mío, qué quietud
ser molécula de incienso,
penetrar en la vertiente
albergada tras la hondura,
infinita de tu esencia,
y en el tránsito confiar
en un Dios inexistente,
sustento de esencia vacua.
Y tras mi paralogismo
en acto de contrición
en ése mi postrer hálito
de vida, te anhelaré.

