UN EXTRAÑO EN LA COCINA

La bota de los sueños

Fernandópulus era el joven cocinero del rey de una comarca lejana, pero como era tan bajito, nadie lo consideraba digno de un nombre tan largo y le llamaban Fer. En cambio el anciano rey, que era alto, flaco y cascarrabias, pero con una enorme barriga, sí podía llevar su nombre, Alaguano. Este nombre le fue dado porque cuando nació se cayó en un balde de agua; desde entonces odiaba todo lo relacionado con este líquido y cuando lo llevaban a bañarse gritaba "!Al agua no!".

Alaguano adoraba los placeres de la buena mesa, y devoraba con gusto los platos suculentos que le preparaba, con mucho esmero y limpieza, el pequeño Fer. Hacía a veces encargos un poco extravagantes, pero el cocinero se las ingeniaba para complacer­lo, viendo con gusto como la barriga de su monarca se hinchaba hasta reventar los botones de la camisa. Cuando un plato nuevo resultaba muy del agrado del rey, este premiaba al joven con una moneda de plata.

Pero sucedió que de tanto pedir el rey platillos raros, se empezó a agotar la imaginación de Fer. Recurrió a los libros de cocina de su abuelita, a los de las amigas de su abuelita, y hasta a los de las abuelitas de los soldados que cuidaban el castillo; pero el caprichoso Alaguano pedía cada día algo distin­to… El cocinerito se estaba quedando sin recetas.

SORPRESA

Un atardecer, Fer se dispuso a preparar para la cena una sopa de alas de garza, cuya receta le había mandado la esposa del guardabosques; aunque no la había probado antes, se le antojaba una verdadera delicia. Tomó los ingredientes: acelgas, tomates, espinacas, cebollas, ajíes, ajos, papas cortadas en cuadraditos, rebanadas de zanahoria y, por último, las alas de garza, sin percatarse de que alguien había colocado en su lugar alas de buitre, y muy confiado los echó en el agua hirviendo.

El rey, al probar la sopa, dijo que odiaba ese caldo más que al agua y, como castigo, no premió al cocinerito. Este regresó cabizbajo a la cocina, sin poder creer lo que le había sucedido… Esperándolo en un banco se encontraba un dragón.

-Bajito, pero no cobarde- masculló Fer y se acercó al dragón, dispuesto a echarlo de sus dominios. Pero este, con cara compun­gida, le dijo en cuanto lo vio:

-Fer, discúlpame, fui yo el que puso las alas de buitre en la sopa… como a los dragones nos gustan los buitres…- ante el silencio y la expresión de furia de Fer continuó- Bueno, no es para tanto, soy un dragón, pero sé algo de cocina y me encanta inventar platillos; así que para lavar mi falta, mañana prepararé algo especial para el rey y tú lo servirás como si fuera una de tus creaciones… ¿amigos?- y extendió la pata.

¿Qué se puede hacer ante un dragón tan simpático y con el que se comparte la pasión por la cocina? Fer sonrió y estrechó la pata llena de escamas verdes como el perejil:

-!Amigos!

LA MAGIA DE LOS PLATOS

Al despertar muy temprano, como de costumbre, Fer pensó que lo ocurrido la noche anterior había sido un sueño. Se colocó su sombrero y su delantal muy blanquitos y corrió a la cocina… Tuvo que pestañear varias veces para cerciorarse de lo que veía: allí estaba el dragón, vestido de cocinero con un elegante traje, verde oscuro como la cáscara del pepino.

-!Buenos días, Fer!- lo saludó amablemente- Mira lo que acabo de recolectar del huerto, pienso preparar mi crema verde para los dulces sueños- y le mostró una cesta llena de vegetales.

Fer sonrió complacido y se sentó en un banco a mirar como se preparaba el plato; pero poco faltó para que se cayera del susto cuando el dragón empezó a cocinar. Y es que lo hacía cantando arias de ópera. No obstante la sopa le quedó tan exquisita que el rey se tomó siete platos, reventó todos los botones de la camisa y premió a Fer con una moneda de oro, diciéndole que ahora sí era un verdadero cocinero. Luego se retiró a dormir la siesta, con su séquito bostezando detrás.

Fer también durmió, pues había probado la sopa antes de servirla, y soñó que volaba por los aires.

El dragón cocinero era todo un tenor, pero su voz era tan alta y clara que llegaba a los más remotos rincones del reino, despertando a todo el mundo. Fer lo mandó a callar en varias ocasiones, pero el dragón le puso como excusa que el canto lo inspiraba a cocinar bien, así que el muchacho lo dejó hacer, cerrando las puertas de la cocina para que nadie viera al visi­tante, y pensaran que era él quien cantaba.

Como no era muy adicto a las óperas, se conformó con ponerse unos algodoncitos en los oídos mientras durara el concierto; pues por lo demás, el dragón era un conversador muy agradable.

Al finalizar la ópera de turno, el dragón terminaba de coci­nar !Y vaya comidas las que hacía! !Y cómo las adornaba con flores y hojas frescas, llenas de goticas de rocío! El rey no engordaba, pero su enorme estómago se hinchaba cada día más, mientras que las monedas de oro caían como gotas de lluvia en las manos de Fer, que después iba a celebrar con su amigo.

Claro, tenían que salir muy tarde, cuando habían terminado de fregar los platos, y el dragón debía cubrirse con una capa y ponerse un sombrero para no ser descubierto porque, !qué diría el malge­nioso Alaguano si supiera que su verdadero cocinero era un dragón!

Los habitantes del reino se habituaron a despertarse cada amanecer con las óperas que cantaba el dragón con su voz potente como una campana, y al sentir los olores que salían de las coci­nas del palacio, se les abría el apetito y empezaban a hornear panes dorados, pasteles, bizcochos, a hacer caldos y asados suculentos. Pronto se habituaron a cantar mientras cocinaban, pues descubrieron que lo hacían mejor cuando seguían las melodías de las óperas…

primero lo hicieron muy bajito, luego casi tan alto como el dragón. Hasta el propio Alaguano, pese a su perenne mal humor, cantaba mientras iba camino de la mesa.

Esto casi llevó el reino a la ruina, porque ningún forastero se quiso hospedar en sus posadas, !cómo querer ir a un lugar donde no se puede dormir la mañana! No obstante, los dulces que se hacían en el lugar fueron haciéndose famosos y comenzaron a salir cada día enormes carretones llenos de ellos para ser vendi­dos en las comarcas vecinas. Gracias a esto, regresó la prosperi­dad.