SOLILOQUIO PANTEÍSTA

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Es aquí y ahora, en la caleta, donde me encuentro con Dios. A solas. Sin intervención sacerdotal ni agua bendita.

Calma chicha. Cielo despejado y brisa de levante. A proa, las últimas estribaciones de la cordillera Penibética.

Fondeado, me siento invadido por sensaciones múltiples, cada una marcada por una secuencia melódica de singular embriaguez; y en el horizonte, un punto adimensional adonde se desplaza mi esencia trascendente. Todo, alba y tibias luminiscencias; clamoroso despertar y rumoroso bajío, a la espera de la oración matutina al Sol, mi divinidad simbólica a la que dedico aliento y mística mirada. Por la paz en la Tierra.

Quiero sentirme vivo en el bullicio del orto; sin compromiso con el griterío de las aves marinas, ansiosas de luces radiantes. En consonancia con el silencio, el mío, abriéndose paso entre la bruma estival.

¿Me escuchas, Maestro? Porque solo te presiento al percibir los aromas que desprenden tu invisible presencia y los efluvios del anima mundi. Solo quiero, te suplico, que me ayudes a descarnar malignas añoranzas, y ahuyentes de mi pensamiento todo vestigio de ayeres deleznables. No te pido dinero, poderosos estímulos carnales ni, menos aún, que inmunices mi vejez con balsámicas complacencias. En la mar. Sintiendo tu eternidad en el algar, en el roquedo del rompiente… Lejos, muy lejos del bar de enfrente, del prostíbulo inaccesible a mis años, y de la política ¡rastrea, indigna y miserable! con que pretenden engañarnos a golpes de banderas, de patrias ¡y estandartes! A cambio de miserias y caireles.

Siento que mis odios y rencores te hayan apartado de la ansiedad que me invade; que me tengas insensibilizado ante la visión de la Rosa de los vientos. ¿Acaso ayer, al pie de los almendros, maldije a las palomas o me comí alguna flor? Tú, presencia en el místico hontanar, en las cumbres, en los valles y en la relumbrante alborada, hoy me castigas con visiones espectrales de macabros arrecifes, ¡Dios de los dioses!

Confiscados mis bienes sensitivos; humillado ante la antigua amistad con auras y pleamares, ¿qué valores puedo dar a la existencia? Preso de tu poder omnímodo, ¿tiene salvación mi sangre enamorada? Adereza, Luz Eterna, mi tránsito hacia la infinitud; allí donde la mar y los rosales entonan loas a tu creación. Porque sé de tu misericordia, canto rodado, influjo sensitivo, milagro de la siembra, Todo en el círculo de ayeres, de presentes y de esperas.

Como penitencia por mis desvaríos, tu clemencia.