SOBRE “VENEZUELA EN LAS BRUMAS BANANERAS

Yo soy mi propio dictador, porque no podría admitirme como tirano.

Señor Valverde Mudarra, con todos mis respetos: no. Ignoro lo que sucede en Venezuela, porque no he estado nunca en ese país, ni me fío de los medios de comunicación- el “mass media” que todo lo amaña para provecho del poder terrenal-. Sin embargo, siendo consciente de la barbarie cometida en Iberoamérica -de la que no podemos excluirnos los españoles-, de la insistente persecución a que ha estado y está sometido todo movimiento de izquierdas con el aval del Vaticano; del férreo e inmisericorde acorralamiento indígena -del que no deberíamos eximir a las franciscanas misiones apostólicas-, en todo momento sojuzgado por la brutalidad financiera; del expolio caciquil al campesinado y a las clases más humildes; de las atrocidades cometidas por los credos religiosos y políticos, fomentando la incultura para provecho de quienes todos sabemos y, en definitiva, por los genocidios y la pesadumbre de algunos irredentos pueblos de allende los mares, me sorprende que usted, a quien también he leído su artículo sobre el avance femenino, tilde al presidente Chávez de dictador. ¿Es un dictador quien ha obtenido el apoyo de las urnas? ¿No será que se ve obligado a cerrar filas ante el implacable acoso de la CIA, vergonzosa y encubiertamente auxiliada por los países ricos de Oriente y Occidente?

Señor Valverde, he quedado perplejo ante su contradictorio modo de pensar, lo mismo defendiendo a la mujer que, usando los epítetos más desfavorables, atacando al máximo dirigente venezolano, al tiempo que no he leído en su colaboración literaria ninguna referencia concreta al comportamiento político y humano del señor Bush. En cambio, cita en dos ocasiones a determinados jerarcas eclesiásticos para avalar sus asertos (los de usted, señor Valverde), sin tener en cuenta que la Iglesia Católica siempre, desde que puso los pies en el Nuevo Continente, ha actuado en estrecha connivencia con los tiranos (recuerde usted a Pinochet y al triunvirato argentino, por no citar a otros dictadores que gozaron del favor episcopal).

Hispanoamérica precisa con urgencia la revolución pacífica (“pacífica”, por parte de quienes pretenden cambiar lo que está mal desde hace siglos) que está en cierne. Indudablemente, la preparación cultural y política de los nuevos líderes deja bastante que desear. La actitud populista no es buena; pero, ¿qué pueden hacer quienes suplen sus escasos conocimientos por una voluntad romántica de la que carecen los intelectuales corruptos, y los que no lo son, por temor, silencian lo que deberían propalar a los cuatro vientos, en vez de someterse al arraigo de sus intereses? Dejemos que esos hombres nuevos hagan cosas. Sin acosarlos ni bendecirlos. Peor que lo han hecho la Iglesia Católica, los caciques y los dictadores, no es posible que lo hagan éstos. Pero, claro, ¿cómo permitir que sorprendan a las masas con acciones capaces de poner en evidencia los grandes intereses internacionales? ¿Ha pensado usted en lo que podría ser Cuba hoy si no hubiese sufrido el brutal bloqueo que soporta desde tantos años? Fidel Castro es dictador, no creo que por propia voluntad, sino porque ha sido arrastrado a ello. Sin embargo, estimo más ventajoso para los pueblos sometidos una dictadura de las características de Cuba, que una teocracia cubierta por el vistoso manto de la democracia. Al menos, dicho país caribeño pasa necesidad en nombre de su revolución, y no en nombre del Dios que tantísimo daño ha hecho a los humildes. Pero tenga usted en cuenta, señor Valverde, que no estoy hablando de mi Dios, el cósmico, sino del otro, el antropomorfo, báculo en mano, aura alrededor de su venerable cabeza y una metralleta ocultada bajo sus ropas talares. No vaya a ser que los lectores de MCH me confundan con un ateo de bajo nivel. No soy ateo, pero sí un inconformista cuya diaria oración ante un árbol, junto a la mar o sobre el pentagrama de una balada a la confraternidad, pide al hombre que deje de ser un boceto de la creación.

Un saludo cordial, señor Valverde, y disculpe, por favor, mi respuesta a su respetable artículo.

Augustus.