Poemas de amor

VIII

En ese dia, amor, pido permiso para que tú entres en mi vida.
En mi vida tu tendrás mío corazón de veras doloroso.
De veras loco de soledad.
De soledad con soledad, yo buscaría una vida en ti.
En ti yo negaría el pequeño Cristo de manos puestas en la pared.

De manos puestas tú me pedirías sin,
Tú dirías sin al actual deseo de una vida a dos;
De una vida que se di apasionada.
Apasionada en esa noche en que tu estabas lejos
Y yo aquí, esperando por ti,
Sufriendo débilmente,
Trayendo conmigo ese dolor;
El dolor de quien sabia que habría un fin en nuestras vidas.
Un fin entonces, a luz de la luna, iluminaría nuestros rostros
Contentes, con los corazones que no podría esperar,
Que no podría descubrir nuestros verdaderos rostro.

Rugas en tu rostro, en tus labios,
Yo vería al anunciar tu nombre.
Tu nombre en un domingo angelical,
Saciaría mi sed de infinito.
En el infinito en que mi vida era hecha de silencio.

Mirra aquella estrella en el cielo!
Mirra el vacío que hay en nuestros hijos menores.
Con orgasmo pronto empezaríamos el entendimiento
De cuando éramos contrarios en nuestros preceptos.
Preceptos esos divulgado sin fuerza,
Construido cada dia por nosotros.

Mirra esa foto junto a tu cama
Y verás nuestras imagines más allá representadas!
Nuestros nombres llamados sin recelo;
Sin recelo de una vida a dos,
De una vida apasionada.

Pena que yo no tenga lo que tú quieres
Pues lo que quieres aún no comprendo,
No comprendo lo que haces en tu trabajo.
Y al no comprender tu trabajo,
Yo me quedo solo de esa vida.
Solo contigo mía omisión sería justificada con amor.